En estos
momentos, se han registrado más de 250 mil casos confirmados de COVID-19 y más
de 10 mil muertes por esta causa en el mundo. Las noticias nos informan
diariamente sobre los efectos visibles que el coronavirus está provocando en
las economías, las sociedades, los sistemas sanitarios y las personas afectadas
por este diminuto agente infeccioso. Sin embargo, el origen detrás de este gran
caos internacional tiene lugar en el mundo de lo invisible al ojo humano, donde
sólo los microscopios de mayor potencia y diversas técnicas de laboratorio nos
permiten ver o detectar al enemigo público número 1: el virus SARS-CoV-2.
¿Cómo este
diminuto agente infeccioso, de apenas 125 nanómetros de diámetro y en el limbo
entre la vida y la muerte, ha sido capaz de provocar tal gigantesco efecto
sobre el mundo? Así actúa el virus para atacar a las personas:
INFECCIÓN
Todo
comienza en el interior del cuerpo humano, cuando el coronavirus entra en
contacto con las mucosas de la nariz, de los ojos o de la boca a partir de
secreciones respiratorias de una persona infectada o por el contacto con las
manos contaminadas por el virus. Es allí, principalmente en las células de la
mucosa de las vías respiratorias superiores, donde el virus tiene la
oportunidad de introducirse como si fuera un caballo de Troya. La infiltración
microscópica ocurre gracias a que este virus ha desarrollado “llaves”
específicas (proteínas) que le sirven para abrir las “cerraduras” de estas
células humanas y tener vía libre para infiltrarse en ellas. Una de las llaves
que utiliza, la proteína S, encaja muy bien con una cerradura, la proteína
ACE2, que está presente en la superficie de una gran variedad de células del
cuerpo humano.
INCUBACIÓN.
Una vez
que el coronavirus ha logrado entrar en las células, este se adueña de las
maquinarias celulares para usarlas en su propio beneficio. Obliga a las propias
células del cuerpo humano a fabricar millones y millones de copias del virus
mediante la síntesis de su ARN (su material genético) y sus proteínas que se
ensamblan para crear nuevos virus. Estos nuevos virus salen de las células,
destruyéndolas, y se dirigen a las células vecinas para repetir el ciclo
indefinidamente.
El virus
SARS-CoV-2 es capaz de expandirse y multiplicarse en las células del aparato
respiratorio (también en otros tipos de células en menor medida, como las
células intestinales), sin que nuestro cuerpo mande señales de alarma durante
varios días. Es lo que llamamos el periodo de incubación, el tiempo que pasa
desde que se produce el contagio hasta que se desarrollan los síntomas; la
calma antes de la tormenta. Este periodo puede ir desde los 2 a los 14 días
después de la infección, pero lo más frecuente es que las primeras
manifestaciones clínicas ocurran a los 4-5 días. Algunas personas pueden no llegar
a manifestar ningún síntoma evidente después de esta etapa, son los casos
asintomáticos de COVID-19.
FASE CLÍNICA.
La
expansión del coronavirus por el cuerpo pone en alerta al sistema inmunitario,
que responde a través de múltiples y complejos mecanismos para detener su
proliferación y atacar a las células infectadas. Es el comienzo de la fase
clínica de la enfermedad, donde los síntomas y signos que padece una persona
están provocados no sólo por la acción del coronavirus, sino también por los
sistemas de defensa del cuerpo humano contra este, a través de mecanismos como
la inflamación. Los síntomas suelen comenzar en las vías respiratorias
superiores y van bajando progresivamente, pasando por los bronquios hasta que,
en algunas personas, llega hasta los pulmones.
La
enfermedad que provoca el nuevo coronavirus, el COVID-19, puede presentarse
clínicamente con unos signos y síntomas muy variados según las características
de las personas. Sin embargo, la tos seca (68 por ciento de los pacientes
afectados), la fiebre (88 por ciento) y la dificultad respiratoria (19 por
ciento) son tres signos clave para sospechar de esta nueva enfermedad. Otros
síntomas muy frecuentes, según ha registrado la Organización Mundial de la
Salud (OMS), son fatiga general (38 por ciento), expectoración (33 por ciento),
dolor de garganta (14 por ciento), dolor de cabeza (14 por ciento), dolor
muscular o articular (15 por ciento), escalofríos (11 por ciento), náuseas o
vómitos ( cinco por ciento), congestión nasal ( cinco por ciento), diarrea (
cuatro por ciento) o expectoración de sangre. Además, múltiples profesionales
sanitarios también han observado que algunos afectados pierden el sentido del
olfato y del gusto durante varios días. Durante la fase clínica es cuando se
produce la liberación máxima de virus por las mucosas respiratorias, aunque
esto también puede darse, en menor medida, en una etapa asintomática o en el
proceso de recuperación.
En realidad,
síntomas como la fiebre o el dolor de cabeza no están provocados por el
virus, sino por la respuesta inmunitaria del cuerpo humano para luchar contra
éste. Algo similar ocurre con la muerte, no es sólo el coronavirus el que
provoca el fallecimiento (a los parásitos no les suele interesar matar a sus
hospedadores), sino que, en algunos casos, está también causado por una
respuesta inmunitaria descontrolada (llamada “tormenta de citoquinas”) que
puede provocar fallo multiorgánico. Aunque aún no se sabe cómo, el coronavirus
puede desencadenar una inflamación desproporcionada que causa más daño que
beneficio en el paciente.
Cuando el
virus consigue desplazarse a los pulmones y el sistema inmunitario responde se
produce la neumonía viral, la principal pesadilla de los profesionales
sanitarios en esta pandemia. Esta neumonía puede provocar desde una dificultad
respiratoria ligera hasta una verdadera asfixia por la imposibilidad de los
pulmones para llevar el oxígeno a la sangre. El virus interfiere en este
proceso al dañar a las células de los pulmones y causar una gran inflamación
que encharca estos órganos, interfiriendo con su función de intercambio de
gases.
Afortunadamente,
en el 80 por ciento de los casos por COVID-19 la enfermedad es leve, hasta
el punto de confundirse con gripes o resfriados. Sin embargo, un 15 por
ciento de los pacientes muestra síntomas graves que requieren hospitalización y
un cinco por ciento desarrolla síntomas muy graves que deben tratarse en
unidades de cuidados intensivos.
CONVALECENCIA
Más del
95 por ciento de las personas se recuperan de COVID-19. Sus sistemas
inmunitarios logran mantener a raya al coronavirus y destruirlo, produciendo
anticuerpos específicos y células defensivas contra este. Los síntomas van poco
a poco remitiendo durante alrededor de una o dos semanas hasta que el cuerpo
vuelve a la total normalidad. Durante esta etapa también se ha detectado la
liberación de virus por las mucosas respiratorias, aunque en baja cantidad.
Los
pacientes que pasan la enfermedad se vuelven inmunes, aunque no podemos
precisar aún por cuánto tiempo. Existe la posibilidad de que esta inmunidad sea
temporal y que dure de meses a años. Este detalle es clave y decisivo para el futuro de la
pandemia. Si, efectivamente, la inmunidad tiene fecha de caducidad, existe la
posibilidad de que el coronavirus nos acompañe cíclicamente en epidemias
durante varios años, a no ser que una vacuna nos libre del virus que ha puesto
patas arriba al mundo tal y como lo conocemos.
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