Salvador
Camarena.
Estuvo muy
mal que el 'argumento' de restauranteros de Polanco para protestar la conjurada
cancelación de la Fórmula 1 en Ciudad de México, que el Gobierno capitalino
pretendía el año pasado dejar sin apoyos, fuera que la de la F1 era una de las
mejores semanas para sus meseros.
Un modelo de
negocio que deja el ingreso de los trabajadores a expensas de las propinas de
los clientes, está por todos lados mal. Debe cambiar. Pero hoy no es el momento
de castigar la rapacidad de dueños de restaurantes y antros, desamparando a
esos empleados.
Es tiempo de
velar por los intereses de los más vulnerables. Es momento, en la antesala de
lo que parece un largo retiro masivo de consumidores de los locales públicos,
de hacernos cargo los unos de los otros. Sin esperar que el gobierno (es un
decir) de López Obrador o de Claudia Sheinbaum se pongan las pilas. Sin
confiar, igualmente, en que muchos empleadores se autocastigarán para subsanar
hoy lo que nunca debieron alentar: 'empresas' que descargaban en los
consumidores la responsabilidad de sostener la mayor parte del salario de sus
empleados.
El
coronavirus ha comenzado a golpear las finanzas de todos los que no trabajamos
para la administración pública.
Entre otras
cosas, los restaurantes se han ido vaciando. Los bares lo mismo. Y eso por
hablar de la capital del país. En otros lugares, por ejemplo Jalisco, que ha
sido más agresivo –en principio para bien– a la hora de cancelar clases y
cerrar lugares públicos, ya no se puede ir a bares, cantinas y centros de
espectáculos.
Ya se sabe
que más de la mitad de la población en México (56 por ciento según el Inegi)
está en la informalidad.
Si frente al
virus los malos escenarios ocurren, nos esperan largas semanas de reclusión. La
clase media lidiará no sin contrariedades el aislamiento forzado. Pero nada
comparado con lo que pasará a aquellos que limpian nuestras casas, empaquetan
nuestra comida en los súper –mayores de edad a diferencia de hace décadas que
eran niños–; nada similar a lo que padecerán quienes viven de las monedas que
agregamos como gratificación por cualquier servicio –desde los despachadores de
gasolina hasta los capitanes de salones de baile–, incluidos los
limpiaparabrisas, a quienes soltamos unos pesos para quitárnoslos de encima.
En los
últimos días, nos hemos emocionado con las imágenes, españolas o italianas, de
gente recluida en balcones que se conectan, en medio del aislamiento, mediante
música, cantos, porras o sorpresas para la anciana vecina que cumple años y que
por temor al virus nadie este año abrazará.
En México,
lo sabemos muy bien desde Los Hijos de Sánchez, buena parte de lo urbano en
nuestro país es promiscuo o masivo. Si lo peor se avecina, no veremos limpios
balcones con arias de ópera de un lado u La Vikina del otro, sino gente
hacinada con los riesgos inherentes de violencia intrafamiliar.
Somos
vecindades saturadas, tianguis atestados, departamentos (que no merecen ese
nombre) en desarrollos (ídem) vendidos por rapaces vivienderas que tuvieron en
los gobiernos a cómplices sumisos o interesados. Somos, en pocas palabras, un
reto mayúsculo a la vista. Porque, a diferencia de España no tenemos esa red de
protección llamada el paro, ni un gobierno como el francés que entiende que
esto va de vida o muerte y hay que inventar apoyos.
Y no
tenemos, por supuesto, a un gobierno y su partido del lado de los ciudadanos. Y
es que, a pesar de que Morena presentó en diciembre pasado una iniciativa en el
Senado para que 'cerillos', meseros y despachadores tengan salario mínimo
(https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/senadora-de-morena-propone-regularizar-a-cerillos-para-evitar-que-vivan-de-sus-propinas),
la realidad es que a ellos lo único que les interesa es el poder, y a la par de
supuestas medidas de apoyo, este miércoles se autoaprobaron facilidades para
reelegirse.
Esa es su
prioridad: están preocupados y ocupados por agandallarse curules y escaños.
Pobres. Olvidan que el electorado no es tonto. Ni hambreado. Hay agravios que
no se olvidan. En las urnas lo recordarán.
Mientras
esas fechas llegan, toca a la sociedad inventarse cosas para que a las bombas
sanitaria y económica que están por caer no se sume una tragedia social. ¿Cómo?
Ah, para eso, para idear cómo evitar al máximo los costos de gobiernos omisos e
irresponsables nos pintamos solos. Llegó otra vez la hora de inventarse algo,
una solidaridad creativa que privilegie a meseros, cerillos, limpiaparabrisas,
etcétera.
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