Ricardo
Ravelo.
El
comportamiento del Presidente llama mucho la atención, lo mismo que su forma de
pensar. Imagen tomada de video.
Resulta raro
ver al Presidente de México mostrando en público –y en red nacional– sus estampitas
con los santos que adora o en los que él ha depositado su fe; también es
extraño ver a esta figura, al Jefe del Estado mexicano, enseñando su trébol de
seis hojas, “el de la buena suerte”, según dice él, que lo librará de todo mal
y al país también.
Quizá el
Presidente ignora que eso que él llama “la buena suerte” no existe y que el
bienestar uno se lo construye día tras día; que los llamados santos, adorados
en la iglesia católica aunque la Biblia prohíbe rendir culto a las imágenes, no
salvarán a México ni librarán al mandatario de un posible contagio por
coronavirus, sobre todo si continúa poniéndose en riesgo latente.
Si esto
fuera real o no formara parte de la imaginación presidencial, el país estuviera
en otra situación distinta. Pero todo indica que la fantasía de López Obrador
no tiene límites. Esto se llama no reconocer la realidad real, un problema muy
común en los seres humanos dominados por su automatismo.
El
comportamiento del Presidente llama mucho la atención, lo mismo que su forma de
pensar. Formado en la cultura de lo imaginario, el Presidente es bastante dado
a las suposiciones y creencias; se identifica con todo y suele ver enemigos
incluso donde no existen. Este es el rasgo mecánico de Andrés Manuel López
Obrador, una mecanicidad o automatismo que quizá él no observa porque este tipo
de condicionamientos mentales y emocionales sólo se corrigen con la
auto-observación permanente, algo ausente en el mandatario, como se ve, pues
sólo observa los problemas de otros pero no los suyos. De ahí aquello de la
“prensa fifí” o su pleito permanente con el fantasma que más lo perturba: Los
conservadores. ¿Y dónde está la autocrítica? No existe en el Presidente.
No se trata
aquí de hacer un perfil psicológico de López Obrador, pues no es mi especialidad,
pero sí es objeto de crítica lo obvio: que en lugar de creer en sí mismo y en
sus metas y objetivos como Presidente deposite su creencia en lo que no tiene
ningún sentido práctico para el país. Las creencias y la fe son cuestiones
privadas. Es muy respetable que un ser humano no crea en sí mismo y sí en
estatuas de yeso, imágenes religiosas y en santos a los que se les atribuyen
milagros. Pero sí es cuestionable que un Presidente lo haga público como si se
tratara de un bien para a nuestra quebrantada nación.
Hace unos
días, para ser exacto el fin de semana pasado, López Obrador dijo que tenía fe
en que México saldrá adelante. En las redes lo tupieron porque en sentido
estricto se sale adelante con educación, con proyectos, con inversiones cuantiosas
y con un proyecto de nación que permita sacar al país del bache en el que se
encuentra. No se vale mezclar la fe con la tarea de gobernar. La fe debe ser en
sí mismo y no en lo etéreo, en lo que no tiene ningún sentido. Se gobierna con
proyectos y con la ley, no con la fe.
Esta
actitud, sin duda, es una forma de identificarse con el pueblo, pero al mismo
tiempo refuerza las tuercas de la ignorancia, de las creencias que no conducen
a ningún lugar seguro y que sólo animan la fantasía popular, la fe en la nada,
lo que aleja cada vez más a los seres humanos de sí mismos y de la realidad.
Ningún santo hará el milagro de resolver la pobreza de México. Esto se resuelve
con inversiones y con trabajo.
¿A quién le
importa si López Obrador cree en Dios, en el demonio o en un santo? ¿Qué
importancia tiene para un país que el Pesidente cargue en su cartera las piezas
de su fe, los santitos que adora y a los que se encomienda porque no cree en sí
mismo? ¿Cuál es el sentido de mostrar un trébol y decir que eso le garantiza la
buena suerte y lo libra del mal? Esto es fantasía e imaginación. La
inconsciencia plena.
Sí, en
efecto, le importa a la gente que piensa como él. En México hay libertad de
culto y eso es maravilloso. Pero un Presidente debe guardar su fe como algo muy
privado. El Presidente, como cualquier persona, tiene toda la libertad de creer
en las piedras, en la santa muerte y en la brujería. Pero un Jefe de Estado no
puede exhibirse de esa forma, menos aún, cuando el país, como ya se dijo,
atraviesa por uno de los momentos más difíciles de su historia.
Este
comportamiento, propio de él como populista, sin duda que genera una suerte de
repulsa social, sobre todo entre la gente pensante que observa la debacle del
país causada por la caída de los precios del petróleo, la falta de liquidez, la
ausencia de proyectos concretos que saquen adelante la economía y la ineficacia
del sector salud, rebasado por donde se le mire por la falta de medicamentos y
la amenaza latente del coronavirus que sigue afectando a las personas a cada
momento.
Es
preocupante que el mandatario hable de la buena suerte que asegura le da un
trébol de seis hojas y no tenga el nivel y la seriedad de asumir la posición
correcta frente a la emergencia que representa el coronavirus en el mundo y,
por su puesto, en México.
Por ello, la
Organización Mundial de la Salud (OMS) urgió al Gobierno de México a tomar una
posición seria frente a la pandemia, lo que hasta ahora no ha ocurrido: en el
Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México las medidas no son rigurosas,
en medio de la crisis en Italia, España y otros países europeos la terminal
aérea seguía recibiendo vuelos de Europa como si nada estuviera pasando.
Incluso, de
nada sirvió que el Gobierno de Estados Unidos cancelara todos los vuelos
provenientes de Europa debido a la pandemia y al elevado riesgo de contagios
que existe. El Presidente continúo con sus giras y sus baños de pueblo por
Guerrero y otros estados, abrazando y besando a la gente.
Y cuando se
le pregunta qué medidas está tomando para evitar contagiar o contagiarse de
coronavirus su respuesta es burlona: dice que a él lo cuidan los santos y que
el Coronavirus no le hará nada. Y si analizamos la postura de la Secretaría de
Salud, que hace un llamado a toda la sociedad mexicana para no salir a la
calle, lavarse las manos cada media hora y no acudir a reuniones masivas, pues
vemos que en el Gobierno de México hay un doble discurso.
Por un lado
está el Gobierno y por otro el Presidente, esta dualidad, sin duda, confunde a
la gente, más aún, cuando el Presidente se exhibe mostrándose falto de seriedad
y tomando la pandemia con un sarcasmo propio de su incultura.
Solamente un
ser irresponsable consigo mismo toma las cosas a juego. Es el sinsentido
presidencial. La insensibilidad humana, la inconsciencia que se asoma debido a
su mecanicidad no observada por él mismo. Nada parece afectarle las muertes que
ocurren en Italia cada hora y que ya rebasó en decesos a China, país donde
surgió el virus mortal.
Nada parece
mover la sensibilidad de un Presidente frente al avance destructivo de la
pandemia en España y en otros países y, sobre todo, las complicaciones que ya
existen en México con 118 casos de Coronavirus confirmados hasta el jueves 19,
a lo que se suma ya un muerto.
Tampoco le
preocupa que, de acuerdo con expertos, la crisis más fuerte del coronavirus se
enfrentará en México entre finales de marzo y durante el mes de abril.
Lo que sí
dijo es que frente a la debacle económica que se avecina –cuyos estragos ya se
sienten y bastante fuertes– el país está preparado porque, dijo, existen
suficientes reservas económicas. Bien por esta parte, pero no todo es dinero.
Lo grave es el contradiscurso presidencial. El mismo desmiente con sus
actitudes la postura que asume el Gobierno que encabeza.
Es evidente
que la situación del país no está nada bien. La caída del precio del petróleo
–se cotiza ahora en 14 dólares por barril– es más que preocupante; la falta de
inversión nacional y extranjera sigue sin resolverse, por lo que cientos de
proyectos están parados.
Fuera de la
refinería de Dos Bocas, Tabasco, el aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya
–este último todavía no inicia– el Gobierno carece de programas concretos para
levantar la debilitada economía nacional.
La
inseguridad pública sigue creciendo junto con la oleada de muertes todos los
días, como consecuencia de la falta de una estrategia contra el crimen
organizado y los cárteles mismos que López Obrador se niega a confrontar.
En total
existen 14 cárteles que se disputan a sangre y fuego el control territorial y
el boyante mercado de las drogas y no existe una sola detención de un capo
importante.
Salvo
Santiago Mazari, “El Carrete”, quien vivía en Morelos protegido por el Gobierno
de Graco Ramírez, el Gobierno de López Obrador no ha atacado a los cárteles que
generan la violencia. Ahí sigue, por ejemplo, Ismael “El Mayo” Zambada. Vive
impune y protegido en Sinaloa.
De igual
forma ahí continúan los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, quienes se dan el
lujo de pasearse impunemente por el país mientras la Guardia Nacional se la
pasa turisteando por la República mexicana sin realizar tareas de investigación
ni detenciones importantes.
En suma, no
hay lucha contra el crimen organizado, por el contrario, hay complacencia
oficial. No hacer nada es una forma de proteger al crimen. Eso está muy claro.
El
Presidente López Obrador vive en una burbuja, confiado en que su popularidad no
descenderá. En realidad existe desencanto en buena parte del país porque, hasta
ahora, no hay un solo proyecto importante que se haya concretado. Lo que dice
el Presidente que va bien es la atención social, las becas y los apoyos para la
gente pobre; esto sí lo ha sacado adelante porque le importa electoralmente.
Este es el semillero de votos que necesita para retener el poder presidencial
en los próximos seis años.
En todo lo
demás –economía, seguridad pública, inversiones, combate a la corrupción, entre
otros– todo está por hacerse. Lo que vende López Obrador todos los días en su
conferencia mañanera es un futuro mejor para México. Pero todo, como se
observa, está para después. El presente –que es perpetuo– no existe en la
mentalidad mecánica del mandatario.
Por eso es
muy preocupante que ante esta debacle nacional y frente a un Gobierno que no
termina de carburar el Presidente no se ponga las pilas, como se dice
comúnmente, con hechos concretos y deje de pensar que su Gobierno avanzará por
sus creencias.
Un trébol de
seis hojas es una maravilla de la naturaleza, pero no gobierna ni saca adelante
a un país que, antes que creencias vanas, necesita proyectos, inversiones y un
Presidente más avezado e inteligente que se sacuda su automatismo y deje de
exhibir su incultura.
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