Enrique
Quintana.
Vivimos
tiempos oscuros.
Lo serán por
lo que nos va a ocurrir en materia de salud como por lo que ya nos está pasando
en materia económica. Pero, en ambos ámbitos se pondrá mucho peor.
Ojalá me
equivoque, pero no es imposible que México vaya a ser de las naciones más
golpeadas por la crisis, en salud, por la tardanza en instrumentar medidas más
severas de distanciamiento social, y en economía, por el hecho de que veníamos
de un año de estancamiento.
Con este
panorama, ¿por qué habría que ser optimistas?
Porque
este tipo de crisis no son eternas y hay 'un día después'.
Y es
probable que en ese momento tengamos un país mejor que el que hoy existe.
Las grandes
pandemias en la historia, en algunas ocasiones, desataron cambios que a la
larga fueron para bien.
Quizás el
caso más notable fue la llamada 'peste negra' en Europa y algunos lugares de
Asia en el siglo XIV. Tras diezmar a cerca de la mitad de la población europea,
acabó creando las condiciones para que se gestara el Renacimiento un siglo
después.
Hoy los
tiempos tienen otros ritmos porque la enfermedad se propaga mucho más rápido y
las transformaciones a las que puede dar lugar no tendrá que esperar un siglo.
Pero, ¿qué
podemos esperar específicamente en el caso de México?
El 'día
después' traerá consigo un profundo cambio en el ánimo social que hoy ni
siquiera imaginamos.
Quizá lo
vivido en el terremoto de 1985 y sus secuelas sea lo que más se pueda parecer a
lo que viviremos.
Las
coordenadas políticas y económicas del país cambiaron radicalmente entonces.
Tuvimos una erupción inflacionaria de la que ya pocos se acuerdan y un sexenio
completo sin crecimiento, pero también un resquebrajamiento del sistema
político que cambió la historia del país que a la larga propició apertura y
democracia.
Tiempos como
estos ponen a cada quien en su lugar, ya lo veremos.
En crisis
como la que viene también se hace posible lo que parecía imposible. Se parece a
esos momentos en los cuales las personas tienen algún evento –enfermedad o
accidente– que casi las lleva a perder la vida. Sus valores, sus hábitos, su
perspectiva de la vida cambia desde entonces.
Así las
sociedades.
Una crisis
como la que viene puede amortiguar la polarización. No la va a eliminar porque
los fanáticos de uno y otro extremo no van a desaparecer. Pero muchos van a
sentir la necesidad de sumarse a un esfuerzo colectivo en el que los distingos
ideológicos quedan en segundo plano.
Además, las
restricciones que nos va a imponer el distanciamiento social y la crisis misma
van a ser un desafío a nuestra creatividad e imaginación, para sobrevivir. Y
vaya que en otras ocasiones hemos mostrado que sí las tenemos y podemos
usarlas.
Pero también
serán un reto para las autoridades. Si no se emprenden acciones del tamaño de
la crisis que se nos viene encima, este gobierno no tiene futuro.
Cuando la
revisión de las perspectivas económicas, al comenzar una crisis, empieza en una
caída de 3 por ciento del PIB, como la encuesta de Citibanamex mostró el
viernes pasado, las noticias son malas, pues usualmente se subestiman al
principio los impactos de estas crisis y luego hay que revisar a la baja.
Ser
optimista en tiempos oscuros no es sencillo. Pero es una necesidad si queremos
tener el espíritu que se necesita para salir adelante en la tormenta.
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