Salvador
Camarena.
Querida
joven médica y joven médico.
Vengo de un
medio y un tiempo, que es prácticamente el mismo que el del Presidente, por
cierto, en que al médico se le veía con una reverencia casi mística.
Que en una
familia de escasos medios alguien lograra convertirse en médico era visto como
una señal de la providencia. La buena fortuna le había sonreído a esa estirpe.
Sí, casi como película mexicana en blanco y negro o de Cantinflas. Cursi,
quizá, pero no era mala cosa, en absoluto.
Luego nos
hicimos adultos –o pasaron los años, para que no se confunda con que uno agarró
madurez– y como en tantas otras cosas, hoy en la medicina hay mucho (demasiado)
interés mercantil, mas sigue profesando ese oficio –por supuesto– harta gente
buena y humana.
En esas
estábamos cuando apareció Covid-19. Entro en materia.
Joven médica
que estás de pasante en un hospital, o que eres residente rumbo a una
especialidad.
En nombre
mío, pues no soy vocero ni de mi familia, permíteme ofrecerte disculpas. Como
un beneficiario de lo que alguna vez fueron decentes servicios públicos de
salud, como alguien que vive agradecido con la buena atención que el Hospital
Civil de Guadalajara y el IMSS Jalisco ha dado a sus padres y hermanos, te pido
aceptes mi adelantado agradecimiento por los grandes sacrificios que estamos
por pedirte en el sombrío umbral de la crisis sanitaria por el coronavirus.
Estas líneas
son para ti, médica pasante o residente, para los jóvenes doctores, para las
enfermeras, los enfermeros y, por supuesto, también para los camilleros y
personal administrativo y de limpieza de los hospitales.
Nadie de
ustedes, cuando hace unos pocos años logró ingresar a la Facultad de Medicina o
de Enfermería, o cuando quiso trabajar en el sector salud, pidió una prueba
como la salvajada que están a punto de enfrentar en los pasillos de urgencias y
terapias intensivas de nuestro sistema sanitario.
Y lo que se
avecina, que conste, no es una maldición divina. El virus es de condición
humana. O cosa de la naturaleza, si gustan. Hasta ahí, no hay queja con el
destino.
El problema
es que la naturaleza puede tener sus caprichosos designios, pero nosotros no
tenemos excusa (ni perdón de Dios). El virus es letal, pero en México nuestras
defensas institucionales son raquíticas. Como sociedad, nos comportamos, me
cae, como esos loquitos que no creen en las vacunas: nunca reforzamos nuestro
sistema inmunológico, sanitariamente hablando.
Por lo
anterior, me temo que algún día no muy lejano, si los malos escenarios se
materializan, varias generaciones tendremos que explicar con qué cara
demandamos de ustedes la entereza y profesionalismo para enfrentar en la
primera línea de batalla a un virus que ha arrasado con algunos de los mejores
sistemas de sanidad del mundo, como el español.
La historia
nos juzgará como esos mexicanos que, por un lado, durante sexenios permitimos
que ladrones de todos los colores políticos saquearan los sistemas de salud, y
al mismo tiempo respiramos aliviados al saber que, a pesar de todas nuestras omisiones,
ustedes médicas y enfermeras, doctores y camilleros estarán en las clínicas
listos para atendernos en la calamidad.
Qué fácil
para nosotros, los de más de cuarentaitantos, mandar desde nuestras “posiciones
de liderazgo” a las y los más jóvenes a lidiar con el impredecible Covid-19.
Ustedes reforzarán a otros muchos médicos de más edad y experiencia, pero la
juventud tendrá un rol especial en esta difícil coyuntura.
Nadie está
obligado a lo imposible. Que la Patria, con mayúsculas, reconozca a todas
aquellas de ustedes que en la precariedad entregarán lo mejor de su saber
intentando salvar vidas. Pero que nadie juzgue con severidad a quienes, entre
ustedes, duden sobre cómo llevar a cabo esa misión en hospitales que son más
bien barracas donde enfermos de todas edades se pudren por infecciones que
México debió superar el siglo pasado.
El sistema
de salud mexicano era ya una desgracia antes de este sexenio. Pero quiero
pensar que hoy hay todavía un poco de tiempo. Tómenle la palabra a Hugo
López-Gatell, porque no miente ni habla a la ligera cuando dice que ustedes
serán, con o sin equipo (eso lo digo yo), la primera línea de defensa. Por
ello, si el subsecretario les dice como les dijo esta semana que bienvenidas
sus protestas, que expresen sus carencias y sus demandas, yo les digo: hagan
sonar las alarmas ahora que todavía pueden. No se confíen. Ni menos confíen en
nosotros, que no supimos defender en décadas el presupuesto para la educación,
la ciencia y la salud.
Se las
pusimos muy difícil, carajo.
Reciban un
abrazo en la distancia. Y también el reconocimiento va para todas las familias
detrás de cada una y cada uno de esas hijas de México
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