Alejandro
Páez Varela.
Dicen que el
mundo no será igual. Que si el trabajo en casa era recomendable antes de la
pandemia, desde ahora será una necesidad. Que si no sonreíamos al vecino, ahora
es un aliado para sobrevivir. Que si dejamos que los gobiernos diluyeran los
servicios de salud gratuito para darle negocio a los privados, ahora lo mejor
es un Estado que garantice seguridad social. Que si la clase media pensaba que
el dinero era para gastarse, hoy razonará que quizás sea mejor ahorrar. Que
nunca antes la humanidad fue tan globalizada como hoy pero ahora las fronteras
se han sellado como nunca antes. Que si pensábamos que el libre comercio estaba
por encima de la autosuficiencia, ahora sabemos que es necesario producir para
salvarnos del eventual e inesperado cierre total de fronteras. Que los que más
tienen tenían mayores certezas en una pandemia, y no: los que tienen para
viajar la extendieron. Que caminábamos hacia un mundo de libertades, y no: en
el futuro, de ser necesario, todos llevaremos una pulsera que avise a las
autoridades que un virus nos ha intoxicado para podernos sumar a otros en
cuarentena. Que íbamos hacia una sociedad integrada, y no: las “arcas de Noé”
que implementaron España e Italia nos dice que tendremos que agruparnos en
granjas para mantenernos encerrados con nuestros bichos o a salvo de ellos.
Dicen que el mundo no será igual.
Somos más
dependientes que ayer, y el que lo dude véase a sí mismo. Dependemos más de los
extraños que nunca: del que nos trae el súper o del que nos da algo por
llevárselo a su casa; del que se arriesga para abastecer los mercados y de los
héroes que atienden los hospitales. Hoy más que nunca dependemos de las instituciones
nacionales: de que la policía y los bomberos funcionen; de que los trabajadores
de salud estén al cien; de que los bancos operen y de que los servicios como el
agua, la energía eléctrica o el gas estén trabajando. Somos más dependientes
que ayer.
El Estado
diluido por el liberalismo dejó de ser una buena idea, parece. “Los gobiernos
tendrán que aceptar un papel más activo en la economía. Deben ver los servicios
públicos como inversiones, no como cargas, y buscar fórmulas para que los
mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución será debatida otra
vez; los privilegios de las personas mayores y de los más ricos serán
cuestionados. Políticas consideradas excéntricas hasta ahora, como la renta
básica y los impuestos a las rentas más altas, tendrán que formar parte de las
propuestas”. Así lo dijo el Financial Times hace dos semanas. Ya hablamos de
una renta básica (aporte directo y regular del Estado a sus ciudadanos, como
parte del sistema de seguridad social, sea rico o sea pobre). Esto habría
espantado a Carlos Salinas o a Pedro Aspe; a Ernesto Zedillo o a Luis
Videgaray: dinero entregado en las manos a los ciudadanos. De todos los
periódicos del mundo, el más liberal, Financial Times, lo sugiere. Más Estado y
menos manos libres al mercado. “Un efecto a largo plazo de esta experiencia
podrían ser unas instituciones económicas y políticas más redistributivas: de
los ricos hacia los pobres, y con mayor preocupación por los marginados
sociales y los ancianos”, dice Robert J. Shiller, premio Nobel de Economía.
Quién lo diría: El Estado diluido dejó de ser una buena idea.
Dicen que
nada será igual después de la pandemia. Que no nos parecerá una locura hippie
hablar del rescate de los océanos y el agua dulce; de los cielos y los ríos; de
los bosques y las ciudades. Que vendrán gobiernos más responsables y hablaremos
de la sobrepoblación, de la desigualdad, de la pobreza; del daño que causan al
ozono cada fábrica y cada avión que vuela. Que pensaremos en que un salmón de
Chile y un kilo de arroz de Japón gasta demasiado combustible antes de llegar a
nuestras mesas. Que no veremos más como un asunto de comunistas trasnochados el
reparto justo de la riqueza. Que no sentiremos que es una locura que el Estado
se meta incluso en la herencia. Dicen que en la agenda quedará la pregunta:
¿qué haremos por los adultos mayores que nos empacan y se llevan una miseria?
¿Qué vamos a hacer por los organilleros, los que afilan cuchillos, los que
tocan la marimba y hacen canastos de palma por unas monedas? Dicen que nada
será igual después de la pandemia. Ahora falta que yo lo vea.
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