Enrique
Quintana.
El flautista
de Hamelín es un cuento de los hermanos Grimm, que narra que en una población
infestada de ratas, un flautista acuerda con sus habitantes liberarlos de la
plaga a cambio de una paga.
El flautista
logra expulsar a las ratas hechizándolas con la melodía de su flauta. Logra que
las ratas lo sigan, se lancen al río Weser y perezcan ahogadas.
Ya libres de
ellas los pobladores se niegan a pagarle y entonces el flautista vuelve a tocar
su flauta y hechiza a los niños. Algunas versiones del cuento popular señalan
que los encerró en una cueva y los liberó hasta que le pagaron. Otras, más
crueles, dicen que, al igual que a las ratas, los hizo lanzarse al río.
Hoy,
escuchamos las notas de la flauta en nuestros oídos.
Funcionarios,
empresarios e incluso trabajadores, gritan y reclaman que ya es tiempo de que
regrese la normalidad y salgamos de nuestro encierro.
Donald
Trump, el hombre más poderoso del mundo, demanda a los gobernadores de su país
que ya reabran. Las presiones se sienten en todas partes, desde empresarios y
funcionarios, hasta los más modestos trabajadores. La melodía de la flauta nos
levanta.
Es evidente
que hay un cansancio por el confinamiento. Y también hay desesperación por el
desastre económico que se está produciendo. La melodía resuena en millones de
oídos.
¿Es una
decisión racional reabrir pronto las economías o se trata de un engaño que nos
va a llevar a arrojarnos alegremente a la corriente mortífera?
¿Bajo qué
condiciones y a qué ritmo debe normalizarse la actividad económica para no
arriesgarnos a que la desesperación nos haga perder la razón?
Emprendimos
el confinamiento, gobiernos y sociedades, para evitar una mayor propagación del
Covid-19. Si el punto en el cual está en algún lugar el proceso epidémico
permite que a través de alguna modalidad se pueda reactivar la actividad
económica, está más que justificado que se busque normalizarla.
Pero, si la
fase de la epidemia en la que se encuentra una región o un país, todavía impide
la normalización de la actividad productiva, salir del confinamiento sería
exactamente lo mismo que arrojarnos al río.
Es
totalmente falso el dilema entre tomar una decisión que tiene costos económicos
y otra que tiene costos humanos.
El proceso
civilizatorio de la humanidad no deja lugar a dudas: la vida humana es
invaluable y no hay ningún costo económico al que se equipare. Cualquier otro
criterio implica retroceder siglos en nuestros valores.
Los países
que empiezan a abrir su economía de manera inteligente –los hay– lo hacen de
modo gradual, controlado, y con base en la aplicación de una gran cantidad de
pruebas que aseguran que la abrumadora mayoría de la población no es portadora
del virus.
Normalizar
las actividades productivas sin tener estas condiciones o en una fase demasiado
temprana del desarrollo de la epidemia, tendrá como resultado la aceleración de
los contagios, así como el incremento desmedido de la demanda de servicios
hospitalarios y se dispararía igualmente el número de fallecidos.
Sería un
asesinato deliberado de muchas personas. Suena feo. Pero eso es.
En el caso
de México, la posibilidad de normalizar algunas actividades en zonas del país a
partir del 17 de mayo requerirá de controles estrictos en materia de movilidad
y de un cambio en la visión de la vigilancia epidemiológica, para aumentar
significativamente el número de pruebas.
Es legítimo
preguntarnos si eso es posible. ¿O esa fecha se estableció para satisfacer el
ansia del presidente López Obrador?
Y en el caso
del 30 de mayo, va a ser necesario un descenso muy significativo de la curva de
nuevos casos diarios en todo el país.
Esperemos
que los médicos que deciden lo anterior sean suficientemente honestos para que
no acomoden las cifras a los deseos presidenciales… o a sus deseos
presidenciales.
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