Enrique
Quintana.
Vamos en
sentido contrario y no lo entendemos.
El programa
económico presentado ayer por el presidente López Obrador me recordó aquel
viejo chiste:
Iba un loco
en el Periférico… pero ¡en sentido contrario! Y escucha por la radio un aviso
en el que se advierte a los conductores que hay un auto que viene de frente. Y
el susodicho conductor escucha el aviso y dice para sí mismo: ¡No! No es uno
solo. ¡Son un montón!
Mientras en
todo el mundo se entiende que lo que se requiere en materia de política pública
para incentivar la actividad económica es que el gobierno gaste más, en México…
se gasta menos.
El programa
de 10 puntos enunciado ayer por el presidente López Obrador, en su parte
sustantiva y operable, es en realidad un nuevo recorte al gasto público. El
resultado de éste será acentuar la ya grave recesión que existe en la economía
mexicana.
La visión
del presidente es que los problemas fiscales que podamos tener se resuelven con
honestidad, austeridad y la priorización del gasto en los proyectos que, a su
juicio, son relevantes.
Por eso,
aunque muchos rubros del gasto gubernamental serán ajustados, no lo serán los
que tienen que ver con algunos programas sociales predilectos y con los
proyectos de infraestructura consentidos como el Tren Maya, la refinería de Dos
Bocas y el aeropuerto de Santa Lucía.
En contraste
con las acciones del gobierno federal, el Banco de México sí ha entendido
correctamente cuál es la situación que prevalece y esta semana redujo
nuevamente en medio punto porcentual el costo del dinero y lanzó medidas para
inyectar liquidez para poder asegurar que el sistema bancario cuente con
recursos para poder dar créditos a los sectores que los demanden.
El problema:
la política monetaria, aunque vaya en sentido correcto, por sí sola no podrá
cambiar el curso de la recesión.
Se necesitaría
que al mismo tiempo que se emprenden estas acciones monetarias y financieras,
el gobierno también desarrollara una política fiscal adecuada para estos
tiempos de vacas flacas.
Como una
tijera, se necesitan dos hojas, la fiscal y monetaria, para lograr resultados
relevantes.
Sin embargo,
todo indica que a pesar de la austeridad, las cifras ya no cuadran.
Quizás por
eso, la Secretaría de Hacienda anunció ya la colocación de títulos de deuda por
el orden de 6 mil millones de dólares, por cierto, ya contemplados en el
Presupuesto anual.
Pero no van
a ser ni remotamente suficientes.
Si las
cifras que los principales intermediarios financieros y analistas han
establecido en los últimos días resultan correctas, y no hay acciones fiscales
en sentido correcto, nos vamos a enfrentar a una recesión de proporciones
descomunales.
Tanto Citibanamex
como BBVA, por citar solo dos instituciones, ya han establecido en sus
escenarios más pesimistas caídas de la economía superiores al 10 por ciento en
este 2020.
Un factor
que puede agravar el riesgo de un desplome de estas magnitudes es la posibilidad
de que se prolongue el confinamiento. Esto ocurrirá si la reducción del número
de nuevos contagios diarios no ocurre conforme a lo esperado, y con las
presiones para reabrir la economía y la falta de medidas obligatorias a nivel
federal para asegurar el confinamiento, es un escenario que no puede
descartarse.
Diversos
gobiernos democráticos han tenido que usar su legitimidad para establecer
medidas coercitivas que permitan la reducción de los contactos en la proporción
necesaria.
No hacerlo,
porque “aquí somos democráticos”, es otro ejemplo de que vamos en sentido
contrario.
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