Jorge Javier
Romero Vadillo.
Hace unos
días, unos periodistas del Financial Times le preguntaban en entrevista al
Presidente de Francia, Emmanuel Macron, si alguna vez se imaginó gobernar en
una crisis de la dimensión de la actual, con efectos tan devastadores para la
salud y la economía de la población. Macron respondió que no, que él no suele
fantasear sobre escenarios posibles, pues prefiere estar alerta frente a los
problemas que se presentaran a cada momento, porque un gobernante eficaz es
aquel que sabe responder ante las situaciones siempre complejas y cambiantes
que la realidad presenta. Hace años, cuando presidía el Gobierno de España,
Felipe González comentó que el buen gobernante no es aquel que nunca mete la
pata –algo por lo demás imposible– sino el que la sabe sacar con rapidez.
Tanto Macron
como González pertenecen a la categoría de políticos razonables, pragmáticos,
que entienden las limitaciones que el entorno social y natural, cargado de
incertidumbres, imponen a la política y a la gestión gubernamental. En campaña
los candidatos suelen proponer horizontes utópicos que nunca se pueden cumplir
plenamente, pero los gobernantes sensatos suelen plantearse objetivos
alcanzables y saben cuando cambiar de rumbo si los acontecimientos lo
requieren. Eso no implica que no tengan principios o que carezcan de proyectos
claros: Felipe González encabezó una gran transformación del Estado español
para adecuarlo a Europa y para desarrollar una red de bienestar al tiempo que
impulsó la modernización de las infraestructuras; durante los años de su
Gobierno se consolidó el nuevo régimen democrático, producto, a su vez, no de
un delirio personal sino de un gran pacto social y político. Macron ha ido
avanzando también en su proyecto de reforma institucional, aunque ha debido
enfrentar con flexibilidad obstáculos ingentes, de amplio misoneísmo social.
La
flexibilidad y la imaginación para generar respuestas a las difíciles
concreciones de la realidad, más que los principios inflexibles y el
aferramiento a los grandes proyectos, es lo que hace virtuosos a los políticos
en las democracias, donde el diálogo y la negociación son parte del arreglo
mismo y donde se entiende que no existe una razón única, sino razones que
necesitan contrastarse y conciliarse constantemente. Cuando un gobernante se
pretende como el único depositario de la racionalidad en una comunidad
política, entonces se asoma la cabeza de la serpiente del autoritarismo, con
sus males intrínsecos, y a lo largo de la historia hay pruebas suficientes de
como a grandes terquedades, surgidas de la visión megalómana de la razón
indudable, suelen corresponder grandes desastres sociales.
Frente a los
políticos razonables siempre encontramos a los iluminados, a quienes están
completamente seguros de la justeza de sus objetivos, que confían absolutamente
en sus intuiciones, por encima de cualquier conocimiento técnico, y se imaginan
a sí mismos como los salvadores de la Patria, destinados a cumplir con un papel
heroico que cambie el rumbo de la historia. Es evidente que se trata de
personajes con una visión desequilibrada de sí mismos y de la realidad en la
que se desempeñan, pero que suelen ser exitosos en la política porque son muy
hábiles a la hora de manipular las emociones sociales, sobre todo en tiempos de
crisis o después de grandes fracasos. El miedo, la fe, los instintos
comunitarios, suelen ser el alimento de los caudillos carismáticos que
arrastran tras de sí esperanzas de redención, junto con el oportunismo racional
de quienes creen ver en ellos la ocasión para hacer avanzar sus objetivos, sean
bienintencionados o meramente egoístas.
Los
caudillos suelen ser tercos; de hecho, conciben la terquedad como virtud, pues
suele ocurrir que su empecinamiento es lo que les ha permitido enfrentar los
fracasos en su camino al poder. Sin embargo, si la terquedad es virtud en una
carrera política, suele ser catastrófica a la hora de gobernar, sobre todo
cuando se carece de habilidad para procesar la información que produce la
realidad cambiante y para adecuar las estrategias y los objetivos.
Esta crisis
está exhibiendo de cuerpo entero a los políticos; está descarnando su entraña
ética, pero también su talento –o la falta de él–, su sensibilidad, su empatía,
su comprensión de la complejidad social. Las respuestas ante la crisis y sus
resultados en el mediano plazo van a marcar, en las democracias, los destinos
de los políticos que hoy están en el poder y de sus partidos y coaliciones.
Ninguno va a salir del todo bien librado, pero la manera en la que se reduzca
el daño va a ser producto de decisiones políticas, que requieren de
flexibilidad y capacidad de adaptación. Los políticos europeos se enfrentarán
al electorado cuando pase la tormenta, más pronto que tarde, y el liderazgo se
consolidará o se renovará, para diseñar las salidas en la siguiente ronda. En
los Estados Unidos las elecciones serán este mismo año, si la epidemia remite.
Ahí las sociedades evaluarán si prefieren a los tozudos o a los creativos y
flexibles.
Suele
ocurrir, empero, que las limitaciones conceptuales, sumadas a la obcecación del
juicio que la idea de misión genera en los caudillos políticos, suele conducir
a abismos sociales, de violencia y destrucción de riqueza con consecuencias
generales, a contrapelo de las buenas intenciones y los buenos deseos de los
fieles. Creo que ese eso es lo que nos espera en México.
De verdad
espero equivocarme, pero lo que veo es que la terquedad presidencial le
obnubila la capacidad de análisis de la realidad y que no está tomando
decisiones con base en los hechos, sino en función de sus objetivos
inamovibles. Su idea misional es irrenunciable y todo hecho de la realidad que
lo contradiga es eliminado del análisis. Solo se retroalimenta de los signos
que refuerzan su misión. Los fallos son culpa de los malvados conservadores y
de los acedos neoliberales. Él vino a redimir. Va derecho y no se quita, si le
pegan se desquita.
Dudo mucho
que el empecinamiento presidencial nos conduzca a buen puerto, pero él tiene
legitimidad electoral por cuatro y medio años más. Es urgente, sin embargo, que
tenga un contrapeso democrático en serio. Es indispensable que la democracia
frene al delirio, sin derrocamiento y sin plebiscito de autoafirmación
personalista, de acuerdo con las reglas que hoy tenemos. Es momento de comenzar
a construir una opción electoral para 2021, que se haga cargo de que López
Obrador no debe gobernar sin contrapeso y de que el contrapeso que requiere no
es el de los conservadores reales que dominan al PAN y que acaban por
justificar la retórica presidencial, ni la de los empresarios insolidarios que
buscan solo proteger sus ganancias y socializar las pérdidas, sino el de una
legislatura activa y propositiva, con ideas de reforma del Estado y la política
para lo que viene.
Es hora de
construir una opción de izquierda democrática, razonable y deliberativa, que se
nutra de conocimiento experto, capaz de movilizar a los intelectuales que tanto
maltrato han recibido de este Gobierno. Los restos del PRD deberían comenzar a
hablar con Movimiento Ciudadano, para construir una lista atractiva de
candidaturas comunes; las organizaciones civiles deberían abrir un debate sobre
su abstencionismo electoral y deberían contribuir a construir un programa
alternativo de reconstrucción, para ponerlo en juego en la elección del próximo
año, con rostros que lo defiendan.
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