Adela
Navarro Bello.
En noviembre
de 2018, los doctores Alberto Reyes Escamilla y Alfredo Ornelas, del Hospital
General de Tijuana, el primero adscrito en cirugía general y el segundo en
oncología, se manifestaron públicamente. Entones gobernaba Baja California
Francisco Vega de Lamadrid, y el reclamo de los médicos tenía que ver con el
desabasto de medicamentos en el hospital. También carencias de insumos básicos
como sondas, mascarillas, catéteres, jeringas, gasas, lo esencial para prestar
un buen servicio.
Los médicos
normalmente mantienen un bajo perfil, desafortunadamente acostumbrados a
trabajar con carencias en el sector salud público, trabajan a la par para
conseguir aquello que les hace falta en la iniciativa privada. Pero en 2018 era
tal el desabasto que ni con donaciones propias o de amigos era suficiente para
sacar adelante el servicio del Hospital General de Tijuana, el hospital que
recibe a todos quienes no cuentan con un seguro de gastos médicos, o seguridad
social por parte del Estado. Además a los accidentados, los baleados, los
infartados, y todo aquel que requiere un servicio de emergencia o que es
canalizado de la Cruz Roja, pues esta benemérita institución, a diferencia de
Hospital General, cobra por sus servicios como una clínica privada.
Los reclamos
de los médicos del General no fueron debidamente atendidos. Con política más
que con habilidad administrativa, el Gobierno panista de Francisco Vega les dio
paliativos para acallar la situación, y no abasteció lo suficiente ni de
medicamentos ni de insumos.
Así
terminaron el 2018 y comenzaron el 2019 los médicos del Hospital General de
Tijuana, con desabasto en insumos y en medicamentos, con instalaciones
precarias, elevadores un funcionan a veces, pisos que tienen baches, pisos
enteros sin camas, y muy pocos aparatos para auxiliar a los enfermos
artificialmente a mantener la vida.
Después de
la elección a Gobernador del estado en la que resultó ganador Jaime Bonilla
Valdez, de Morena, la situación pensaban, cambiaría en el manejo administrativo
de sector salud del estado, al cual pertenece el Hospital General de Tijuana.
Pero nada de eso sucedió. De octubre del 2019 a enero de 2020, los médicos
continuaron denunciando el desabasto de medicamentos de insumos. Muchos de
ellos con cargos y espacios en hospitales privados y ejerciendo la práctica en
lo individual, obtienen de ese sector equipo para laborar en el hospital del
estado, pero nunca es suficiente.
En diciembre
de 2019, el doctor Alberto Reyes Escamilla, fue nombrado, en el Gobierno de
Jaime Bonilla Valdez, director del Hospital General de Tijuana; el doctor
Alfredo Ornelas ostenta el cargo de subdirector. Pero poco han podido hacer. En
enero de este año, el desabasto en el General era aun una realidad. No hay
mucho que puedan hacer. Se notan los esfuerzos de médicos que contribuyen con
equipo, donaciones, y áreas de atención a pacientes específicos, pero sin el
apoyo total del estado no se dan abasto.
El sector
salud de Baja California comprende seis hospitales, un General en cada uno de
los cinco municipios, y el Hospital Materno Infantil, que por falta de
inversión ha tomado años su activación al 100 por ciento. Además unos 130
centros de salud. El presupuesto es de poco más de mil 800 millones de pesos, y
como suele suceder en las áreas gubernamentales, el 80 por ciento se va en
nómina. Del 20 por ciento restante se compran medicamentos, insumos, y se le da
mantenimiento a las instalaciones. Poco se puede hacer.
El de Baja
California es un sector salud desmantelado por la desatención de los gobiernos,
del estatal ante la falta de inversión, y del federal que provee la mayoría del
presupuesto asignando en relación a la cantidad poblacional y a los índices de
pobreza, mediciones en las cuales Baja California no está en ninguno de los
primeros sitios.
En esas
condiciones de desabasto y de desatención en el Hospital General de Tijuana
llegó la pandemia del COVID-19. El resultado era previsible. Ya los médicos
tenían meses alertando de la precaria situación en la que estaban laborando.
Pero así como todavía en marzo el Presidente de la República invitaba a la
población de México a no quedarse en casa, a salir de a comer a fondas, el
Gobernador de Baja California, Jaime Bonilla Valdez, no avitualló los
hospitales públicos del estado. La relajación de la cuarta transformación
frente al coronavirus COVID-19, se dio de arriba para abajo.
La última
semana de marzo y la primera de abril, el Hospital General de Tijuana se vio
rebasado. Aparte, ante la falta de insumos esenciales para auto protegerse,
muchos médicos contagiados del virus, y otros con síntomas, fueron retirados a
sus casas para el aislamiento. También los jóvenes estudiantes o pasantes de
medicina de la Universidad Autónoma de Baja California, unos 120 muchachos,
fueron retirados al no poder el estado proveerles de insumos para su
protección. Aun así, 18 de ellos dieron positivo al COVID-19, y más de 20 están
en calidad de sospechosos.
En esas
condiciones, con pocos médicos, con menos insumos, y sin medicamentos, la
situación se salió de control. Con todo y que finalmente el Hospital General
fue reservado enteramente para el tratamiento de enfermos por contagio del
virus, las camas no fueron suficientes y los respiradores tampoco. Todos
estuvieron ocupados esas dos semanas, llegaban tres y se requerían, solo tenían
uno cuando el paciente fallecía, y así.
Entonces la
desesperación de los doctores los llevó a al denuncia social. A través de
medios de comunicación, por redes sociales o asociaciones civiles, comenzaron a
evidenciar lo que el Gobierno negaba por aquellos días: no contaban con
medicamentos, ni con equipo, y las instalaciones estaban en condiciones muy
desfavorables, como cuando llegaron más respiradores y no podían encenderlos
porque la carga de energía al edificio del hospital no era suficiente y estaba
fallando.
La sociedad
contribuyó con donaciones de materiales esenciales y medicamentos básicos, tan
funcionó, que en los últimos días el Gobernador Bonilla dio a conocer los
números de cuentas y asociaciones oficiales para recibir donativos en dinero y
en insumos para el Hospital General de Tijuana, exhibiendo así su propia
desinformación al haber asegurado que estaban abastecidos, y además, la
incapacidad de su Gobierno para proveer recursos extraordinarios para la
habilitación eficiente de áreas y la adquisición de medicamentos y material de
trabajo para los médicos.
Baja
California es un estado con mucha población flotante que no entra en las
fórmulas de entrega de recursos, trabajadores del campo, migrantes nacionales e
internacionales, población de paso que busca internarse a los Estados Unidos,
migración de norte a sur y de sur a norte. Un estado fronterizo que ha estado,
lo mismo en gobiernos del PAN como ahora de Morena, en el abandono. Y el
Hospital General de Tijuana no fue la excepción.
La crisis
por el COVID-19 en México es la mayor prueba para los gobiernos de Morena, para
el federal que encabeza el Presidente Andrés Manuel López Obrador, y para el
estatal de Jaime Bonilla Valdez, y si por los números de casos positivos, las
neumonías atípicas, los sospechosos, las pocas pruebas que se realizan, la
falta de mantenimiento en los hospitales, los fallecidos, y lo rebasado de la
situación, se califica, van reprobando. No se prepararon pues, andaban de gira,
en fondas, en jornadas ciudadanas, sin atender hospitales, sin asumir su
responsabilidad con la seriedad y la responsabilidad que la pandemia requiere.
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