Raymundo
Riva Palacio.
Vale como
pleonasmo: nada es más importante para Andrés Manuel López Obrador, que Andrés
Manuel López Obrador. Se planta como un Quijote que defiende, con todo y contra
todos, su proyecto de país, definido como la cuarta transformación, y como un
visionario que previó la crisis económica que vendría y atajó con el Plan
Nacional de Desarrollo. Sabía que el neoliberalismo entraría en crisis y creó
una “vía mexicana”, inversión pública para el desarrollo y bienestar del pueblo
para mostrar al mundo cómo se hacen las cosas. “Nosotros estamos pensando
incluso -subrayó- que va a ser un modelo a seguir”.
Valga la
precisión: el neoliberalismo es un modelo agotado, y, aproximadamente, desde
hace una década, el mundo –no así México– viene haciendo ajustes para resolver
la profunda desigualdad que generó. Ese modelo rebasado no fue causante de la
actual crisis económica, sino la guerra comercial entre Estados Unidos y China,
y la guerra petrolera entre Arabia Saudita y Rusia. La pandemia aceleró esas
contradicciones, ciertamente, y el mundo no volverá a ser igual, aunque
tampoco, como sueña López Obrador, usará a México como modelo.
La mañanera
de este lunes fue un notable ejercicio de megalomanía presidencial, cargada de
sofismas y aseveraciones sin sustento. Iluminó la soledad con la que toma las
decisiones, sin importarle que el resto del mundo –neoliberal, socialdemócrata,
comunista, demócrata, autoritario o totalitario– siga un curso contrario al que
tomó. También dejó claro que no le importa quedarse solo en su diagnóstico,
solución y manejo de los problemas.
La encuesta
de El Financiero, publicada este lunes, revela su deterioro público. La
aprobación (60 por ciento) cayó tres puntos en tan solo un mes, pero la
desaprobación de cómo ha manejado la crisis del coronavirus (56 por ciento)
supera dos a uno a quienes piensan que lo ha hecho bien (26 por ciento). De
diciembre a marzo, la evaluación sobre su liderazgo cayó nueve puntos (de 58 a
49 por ciento), y las críticas a la falta de liderazgo se incrementaron 13
puntos (de 21 a 34 por ciento). Lo más preocupante, para él, es lo que piensan
sobre su capacidad para dar resultados: entre quienes lo apoyaban perdió 16
puntos (bajó de 51 a 35 por ciento) y los que desconfían de él aumentaron 18
puntos (de 24 a 42 por ciento).
Esta caída
en la aprobación, que lleva a un quiebre en el consenso para gobernar, tiene
consecuencias para 130 millones de mexicanos. López Obrador actúa por
presunciones, y por instinto, no por el método del análisis técnico de la
información. Como agravante en la ineficiente y riesgosa toma de decisiones, es
que el presidente está rodeado de mudos. Su staff y el gabinete acatan lo que
les ordena y no les permite digresiones.
El que
callen ante sus demandas no es acto de institucionalidad, sino de cobarde
irresponsabilidad. La forma como los maltrata públicamente, los humilla y los
aplasta ante la opinión pública, es proporcional a su sumisión y su incapacidad
para ponerle un alto, por dignidad personal y ética profesional, al saber que
lo que está diciendo es un disparate y, sin embargo, los hace repetirlo.
Todo esta
percepción de zozobra dentro del gobierno llevó a que durante el fin de semana
circularon numerosas cadenas en WhatsApp con una lista de cambios en el
gabinete, que decían se anunciarían el domingo, y que en realidad reproducían,
sin citar, a Mario Maldonado, que publicó en El Universal que se darían
finalmente ajustes al gabinete en mayo. Herrera, reveló Maldonado, renunció
pero no se la aceptaron. Romo, que se iba a ir hace poco más de un año, ha
vuelto a mostrar en su entorno la fatiga de lidiar con un presidente que dice
en público lo contrario a lo que señala en privado. Si uno ve objetivamente lo
que han luchado por cambiar las cosas en el gobierno y la forma como el
Presidente los ha mancillado, hace tiempo debían haberse marchado.
Renunciarle
al Presidente podría parecer un acto de mayor irresponsabilidad en este
momento, y podrían acusarlos de saltar de un barco hundiéndose, como las ratas.
Sin embargo, el Presidente no cree que su barco se está hundiendo y se podría
argumentar que sería mejor que le dieran algo similar a un choque eléctrico,
que es lo que representaría su salida del gobierno, para buscar que reaccione
López Obrador.
Otros
miembros del gabinete que se han vuelto prescindibles, salvo para ocupar las
carteras y evitar presiones al Presidente, son las de Olga Sánchez Cordero y
Graciela Márquez, en las secretarías de Gobernación y Economía. Las dos han
sido ignoradas por el Presidente y sus tareas principales han sido asignadas al
secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, quien recibió este fin de
semana una nueva asignación: se ocupará de coordinar a los sectores esenciales
y no esenciales de acuerdo con las cadenas de suministro dentro de la región
del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
La tarea se
la dio el jueves, después de que los líderes empresariales que hablaron con
López Obrador en Palacio Nacional, se lo pidieron, porque no lo tenía el
gobierno en su radar. Lo debía haber planteado Márquez, pero ni siquiera la oye
el Presidente. Si renunciaran ella y Sánchez Cordero, hacia el interior del
gobierno no habría mayor problema, pues sus funciones las hacen otros, pero
externamente sería una llamada de atención al Ejecutivo de que el maltrato y
las humillaciones públicas tienen un límite.
No va a
pasar nada de esto. El gabinete carece de calidad ética y un superávit de
irresponsabilidad. Pero no deben olvidar que se juegan décadas de trabajo y
prestigio, muchas y muchos de ellos, y cuando tengan que rendir cuentas por el
desastre, deberán explicar porqué en la carrera al precipicio callaron y no
hicieron nada para evitarlo.
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