Pablo Gómez.
El
neoliberalismo no es
una teoría ni una ideología sino un programa político de contenido
social y económico. Es un proyecto para lograr un capitalismo más puro sin
que la burguesía tenga que pagar tasas fiscales para financiar las rémoras del
sistema.
Para ser
neoliberal se requiere una doctrina, un conocimiento, una forma de analizar la
realidad y un lugar desde donde ver, cierto, pero el neoliberalismo no busca
otra cosa que capitalismo, el original, por decirlo de esa manera. Se quiere
volver al pasado. Mas que conservadores, los neoliberales son reaccionarios.
Esa gran
corriente internacional no busca eliminar al Estado, claro está, pero ni
siquiera quitarle autoridad sino gasto social, lo que es otra cosa complemente
diferente. Aún más, el neoliberalismo tiende a un Estado autoritario como forma
de disciplinar a los trabajadores y pequeños propietarios, es decir, a todos
los demás.
En el mundo,
el neoliberalismo avanzó con rapidez ante la caída de los regímenes de
socialismo de Estado y de la crisis del Estado social en los países
capitalistas. En el llamado Tercer Mundo, los neoliberales se colgaron del
desastre de la deuda, las recesiones, las inflaciones y otras muchas calamidades
que ellos, en su mayoría, habían gestionado, como fue el célebre Fobaproa,
cuyos intereses se siguen pagando a los bancos, mes tras mes, luego de 25 años.
Cancelado
en la Constitución mexicana el derecho a la tierra y permitida la privatización
legal de ejidos y comunidades, el combate se trasladó a las pensiones, la
educación, la salud y la energía, las cuales también deben ser privadas, según
el canon neoliberal. En México, esas grandes esferas han estado bajo un fuego
cruzado entre quienes buscan su privatización y los que defienden su
socialización.
El 1º. de
mayo de 1992 (día internacional de los trabajadores) nació el llamado Sistema
de Ahorro para el Retiro que privatiza la administración de los fondos de
pensión y elimina el sistema solidario. Se condenó a millones a jubilarse para
empobrecerse.
También cundió
en el Estado mexicano la idea de que éste no debería “impartir”
obligatoriamente educación superior. Así quedó en 1993 el nuevo texto en la
Constitución, el cual sólo hablaba de “promover y alentar” ese nivel educativo,
para dar entrada al cobro generalizado y amplio de colegiaturas.
Ante la
imposibilidad de crear universidades privadas rentables, los neoliberales
buscaban llevar a las instituciones públicas a operar dentro de un sistema
restringido a quienes pudieran pagar y a becarios de escasos recursos y altos
promedios. Las colegiaturas universitarias fueron derrotadas por el movimiento
estudiantil de 1986-87 y, después, por la prolongada huelga de la UNAM de
1999-2000. Sin embargo, el gobierno respondió con una disminución del ritmo de
crecimiento real de la educación superior pública, la cual era considerada como
de imposible financiamiento en su totalidad por parte del Estado.
El turno
le llegó también a los servicios de salud cuando en la primera Presidencia
panista se creó el Seguro Popular como vía de canalizar recursos a los estados
que se hacían cargo de las unidades médicas con un sistema de aseguración de
tipo privado y cuotas familiares. El planteamiento neoliberal era que el
sistema de gastos médicos privados podía funcionar en el campo de la medicina
pública. Los resultados fueron muy malos, incluyendo la reducción en términos
reales de la capacidad del Estado de prestar atención médica.
Pero la
intervención neoliberal en la medicina fue más lejos. Los hospitales debían en
alguna medida contratar servicios médicos con empresas privadas y, además,
hacer subrogaciones, como aquellas realizadas en masa por el IMSS para el
servicio de “guarderías infantiles”. La venta al Estado de medicamentos e
insumos quedó en manos de unos cuantos comerciantes quienes imponían sus precios.
No estaba
permitido a las empresas privadas la distribución de energía eléctrica, pero el
gobierno autorizó a productores privados que se instalaran para vender fluido a
la Comisión Federal de Electricidad, la cual se encarga de distribuirlo
prácticamente por cuenta de aquellos. Así fue como se profundizó la
privatización de esta rama estratégica y la ruina del organismo público.
El último
presidente panista intentó una reforma petrolera para entregar en concesión los
nuevos yacimientos de crudo y gas del Golfo de México. Durante meses, el
Congreso discutió nuevas leyes sin que al final hubiera una clara victoria de
nadie. El presidente priista que llegó al relevo, puesto de acuerdo con el PAN,
logró la reforma de la Constitución para la privatización de la industria
petrolera, sueño dorado de los neoliberales.
El saldo
de las principales reformas del neoliberalismo difícilmente podría ser más
deficitario. Todo está en crisis o a punto de estarlo.
El
sistema de retiro no será capaz de otorgar una pensión mayor al 70% del salario
que hoy recibe cada trabajador y trabajadora; muchas y muchos no alcanzarán
siquiera un salario mínimo y tendrá que haber subsidio público. La jubilación
ya no será un descanso y una recreación después de una vida de trabajo sino el
momento de una aguda depauperación de los trabajadores de México.
La
educación superior no abarca más del 30% de los jóvenes y, por tanto, sigue
estancada, por lo que hay muchos miles de rechazados cada año, legiones de
jóvenes hacia el resentimiento social.
El
sistema de salud tiene que ser reconstruido en sus bases organizativas y en
muchas de sus unidades médicas. Lograr una medicina universal tardará todavía
unos diez años.
Los
concesionarios de petróleo y gas no han hecho las inversiones a las que se
comprometieron y ahora será peor por la baja del precio del crudo; mientras,
Pemex ha sido saqueada y arruinada, por lo cual durante un tiempo será una
carga sobre las finanzas públicas. La CFE, por otro lado, tiene que recuperar
su función de organismo productivo rector de la industria eléctrica.
El
neoliberalismo mexicano hizo muchas promesas al país, pero no cumplió
ninguna como no fuera despojar, entregar, desmantelar, arruinar.
Mas, a
diferencia de otros países, los gobernantes neoliberales en México han sido
unos corruptos que robaron y desfalcaron lo que pudieron, convirtiendo en
negocio la función pública.
Después de
40 años, México tiene una sociedad más desigual y con mayor número de
personas en pobreza y en pobreza extrema. A esto se le puede llamar el saldo
del desastre neoliberal.
El país
en su mayoría ha dicho no más; ahora faltaría que pudiera decir nunca más.
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