Julio Astillero.
Fiel a su
estilo e historial, Andrés Manuel López Obrador se sostuvo en cuanto a los
lineamientos de política económica frente a la crisis derivada del coronavirus
que dio a conocer este domingo en Palacio Nacional, e incluso redobló la
apuesta: dijo que no hay un plan alternativo, aunque se declaró dispuesto a
corregir, si las circunstancias así lo demandan más adelante, y consideró que
esta vía mexicana será emulada en otras naciones.
La postura
optimista del Presidente de México navegó entre aguas embravecidas de sus
opositores partidistas, empresariales y mediáticos, que fluctúan entre la
exigencia de que el gobierno de la República destine suficientes fondos para el
rescate no de las grandes empresas sino de las medianas y pequeñas, y la
abierta descalificación del ejercicio andresino de poder, deslizando la demanda
de que AMLO deje la silla del máximo mando nacional.
La embestida
contra el Presidente de la República tiene varios niveles. En un plano
institucional, aún no desbordado, empleados que a la vez son directivos de
cámaras y órganos de representación de empresarios y patrones plantean la
necesidad de diálogos que permitan corregir el rumbo anunciado por López
Obrador este domingo. Estos empleados-directivos presionan declarativamente
mientras sus jefes, los verdaderos dueños de los grandes capitales, se reúnen
con AMLO en Palacio Nacional para negociar lo que va más allá de los discursos
y las arengas. Ayer fue la primera de estas reuniones cumbre y duró más de tres
horas.
El otro
plano de presión hacia López Obrador trata de alcanzar los resortes defensivos
de los ciudadanos ante presuntas o reales amenazas. En las redes sociales y en
ciertos medios de comunicación tradicionales se desarrolla una intensa campaña
de descalificación del Presidente de México desde presuntos parámetros
políticos, físicos y mentales. Se busca sembrar y asentar la percepción de que
el país va rumbo a un abismo y que el capitán al mando ni siquiera se permite
darse cuenta de la tragedia que asoma.
Esta versión
pretende fortalecerse y confirmarse ante la inminencia de riesgos reales que se
derivan de la crisis global del coronavirus y del acelerado y traumático diseño
de un nuevo orden mundial a partir de dicha crisis: si se multiplican las muertes
por el citado virus (que se multiplicarán) y si se llega a complicaciones
económicas fuertes (que se llegará), estaría probado que los críticos de AMLO
tenían razón cuando planteaban deponerlo o incluso jugueteaban con la
posibilidad de actos violentos contra él. Un razonamiento, como puede verse,
tramposo y venenoso.
No hay, sin
embargo, signos de desgobierno o de inestabilidad adjudicables a López Obrador,
quien mantiene el control del aparato presidencial (anoche, luego de reunirse
con el Consejo Mexicano de Negocios, tuvo una sesión con miembros de su
gabinete, entre ellos algunos de los secretarios que con insistencia se había
asegurado que renunciarían o serían despedidos). Los problemas siguen más o
menos igual, estancados: la violencia criminal continúa desatada en buena parte
del país y los problemas económicos que va causando el Covid-19 están siendo
procesados hasta ahora con cierta paciencia social.
Dos factores
esenciales para mantener algo parecido al sosiego político parecen estar en
sintonía con el mando andresino: las fuerzas armadas, específicamente el
general Luis Cresencio Sandoval, secretario de la Defensa Nacional (el papel de
la Marina ha sido puesto en segundo plano en la actual administración federal)
y Donald Trump, el belicoso presidente de Estados Unidos que seguirá contento
con Palacio Nacional mientras sus exigencias sean atendidas puntualmente por el
virtual vicepresidente Marcelo Ebrard y el propio López Obrador.
Y, mientras
en Oaxaca se pretendía hacer pasar como detención lo que fue la entrega
voluntaria de un ex diputado priista acusado de autoría intelectual de un
ataque con ácido contra una mujer a la que los medios se han referido como la
saxofonista.
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