Enrique
Quintana.
Hay algunos
que piensan que la estrategia del presidente López Obrador para enfrentar la crisis
económica derivada de la pandemia del Covid-19 no tiene ni pies ni cabeza.
Difiero de
esa visión. Creo que la estrategia tiene su razón… aunque ésta pueda no
corresponderse con la realidad.
Como aquí le
comentamos, López Obrador se convirtió en una figura política nacional, entre
otras cosas, a partir de su intensa crítica al Fobaproa.
En su mente,
quedó la imagen –parcialmente correcta– de que se habían utilizado recursos
fiscales a gran escala para rescatar de la quiebra a empresas y empresarios poderosos.
Y, en contraste, el esquema había socializado los costos de este rescate, que
tuvo que pagar la sociedad.
Por eso,
ahora que a él le toca afrontar una crisis económica desde la Presidencia de la
República, está convencido de que no se deben utilizar los recursos fiscales
para rescatar ni a empresas ni a empresarios.
Pero,
además, el presidente supone que el crecimiento de la deuda pública en México
ha derivado en buena medida de la corrupción, del hecho de que se contrataban
créditos para que hubiera recursos para que echaran mano de ellos funcionarios
y proveedores.
La
combinación de estas dos visiones explica en buena medida su programa anunciado
el domingo.
Supone que
el dinero público debe utilizarse para apoyar a los sectores de menores ingresos.
Por eso los recursos habrán de canalizarse principalmente a los 22 millones de
personas que están en los padrones de los programas sociales, así como a dos
millones de microempresas, incluyendo el sector informal. Incluso el apoyo de
los créditos debe estar fundamentalmente orientado a los pequeños empresarios.
Dado que
para impactar en estos segmentos no se requiere de sumas cuantiosas, el
presidente está convencido de que no es necesario tomar más deudas ni tampoco
elevar la carga impositiva.
La jefa del
SAT, Raquel Buenrostro, le ha convencido de que, a través de un mayor
cumplimiento tributario, puede subsanarse la potencial pérdida de tributación
por efecto de la menor actividad económica.
En realidad,
a AMLO no le importa si el PIB cae en 5 o 6 por ciento. Lo que le preocupa es
que los grupos de menores ingresos no pierdan.
Esa visión
del funcionamiento de la economía no va a cambiar.
Lo único que
podría suceder es que las evidencias empíricas le mostraran y que los supuestos
de los que parte son incorrectos, que el dinero no alcanza.
Quizás el
asunto clave sean los ingresos del gobierno.
En 1995, por
ejemplo, con una caída del PIB de 6.3 por ciento, los ingresos tributarios se
desplomaron 20 por ciento en términos reales. Pero el resultado de 2009 fue muy
diferente. El descenso del PIB fue de 5.3 por ciento, pero los ingresos
tributarios crecieron en 7.9 por ciento real.
El
presidente le está dando crédito a quienes le ofrecen datos y juicios que
soporten sus intuiciones. Por eso, está creyendo plenamente en el juicio de la
jefa del SAT.
Me parece
que la clave será lo que se observe en este mes de abril.
Si en las
siguientes semanas se confirman los peores temores de los empresarios y de los
expertos y la recaudación se desploma, no descarte un giro en la manera en la
que este gobierno está encarando la crisis.
El
presidente López Obrador es capaz de ajustar sus juicios, como ya se vio en el
caso de las medidas para contener la pandemia.
El problema
es que hay el riesgo de que ese eventual cambio pueda darse demasiado tarde,
cuando ya poco pueda hacerse para evitar el desastre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.