Gustavo De
la Rosa.
Una
generación que luchó por la vida colectiva, por amor, paz e igualdad en el
bienestar, por la equidad de género, “por todo para todos, o casi todos” y que
topó con pared más veces de las que avanzó, hoy se acerca a lo único que sí es
para todos, la muerte, la extinción de “todos, o casi todos”; y no puede
resistirse a ella.
Las
necesidades del mundo actual, la economía y la libertad de movimiento de los
jóvenes, resultan prioritarios sobre la necesidad de los baby boomers de
prolongar su permanencia en la tierra; no hay otra salida, la economía no puede
durar detenida más tiempo. Se buscan frases amables para la reapertura responsable
de esta sociedad, que no está preparada para reiniciar ni puede seguir cerrada,
se dice que “se vigilará que se tomen todas las medidas sanitarias para evitar
que regrese la temporada de contagios”, que “las empresas trabajarán con todas
las medidas de protección sanitaria”, pero son imposibles.
Carlos Marx
lo sentenció, el capitalismo “… Desgarró implacablemente los abigarrados lazos
feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más
vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no
tiene entrañas.
“Echó por
encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor
caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada
de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo
todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una
única libertad: la libertad ilimitada de comerciar”. No hay mejor descripción
del mundo moderno que esa.
Los sectores
económicamente productivos, los dueños de los medios de producción decíamos
entonces, necesitan seguir generando riqueza individual; ellos tienen el poder
y son la generación que viene a sustituir a los nacidos después de la guerra y
antes de los Beatles.
Los que pensaron
que la epidemia habría terminado con la globalización se han equivocado, la
globalización es la economía mundial, siempre va a estar por encima del ser
humano y depende de su consumo, a cambio ofreciendo un salario tan mínimo que
va deteriorando poco a poco al individuo, hasta su inutilidad física y
fallecimiento, mientras llega uno más joven a sustituirlo.
El país se
abre porque la economía mundial globalizada lo exige, así como en 1914 exigió
que, en defensa de las patrias, fuera a la guerra, donde más de 20 millones de
seres humanos murieron en las trincheras; y como tal sacrificio no fue
suficiente, 20 años después exigió que volvieran a las armas para conservar la
democracia y las libertades burguesas, cobrando 60 millones más de vidas.
Sin olvidar
las 50 millones de víctimas de la pandemia de la gripe española entre 1917 y
1920, ¿cuántas más vidas ha exigido la economía mundial después de 1945? Corea,
Vietnam, Palestina, Líbano, Irak, Afganistán, Irán, Egipto y ese monstruo
indecente ahora exige la reapertura mundial cuando todavía no estamos listos
los nacidos después de la bomba atómica y antes de los Beatles para salir
porque nos vamos a contagiar, y un 80 por ciento estamos en riesgo de terminar
en el crematorio.
Ya
despedimos a los músicos Óscar Chávez y Little Richard; a los actores Andrew
Jack, de Star Wars, y Mark Blum, de Los Sopranos; al autor del hit I love Rock
and Roll, Alan Merill; al empresario inventor del Resistol 5000, Adolfo Patrón
Luján; al futbolista y entrenador serbio Radomir Antic; a Tom Dempsey, pateador
de futbol americano que implantó el récord del gol de campo de más yardas; el
rapero Ty, el periodista Jose Ma. Calleja, el cantante Yoshio y muchos más, con
menos reconocimiento.
Cada una de
estas pérdidas nos dice que la muerte viene en serio y no bastarán las medidas
de protección para las poblaciones en riesgo; desafortunadamente el reencuentro
con los jóvenes significará para nosotros el encuentro con los mosquitos de la
malaria y parece que llegó el momento de decirnos bye a los baby boomers.
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