Ricardo
Ravelo.
Como
luchador social, candidato presidencial y ahora como Presidente de la República
Andrés Manuel López Obrador fue un severo crítico respecto del uso de las
Fuerzas Armadas para combatir al crimen organizado y, en particular, el
narcotráfico.
En los
archivos electrónicos existen múltiples versiones en las que López Obrador fijó
su posición sobre este delicado tema; fue un crítico asiduo de Felipe Calderón
cuando éste se enfundó el uniforme militar –que, por cierto, le quedó grande
–para declararle la guerra al narcotráfico, guerra fallida, pues hasta hoy no
sabemos qué diablos combatió Calderón porque, con todas sus ramificaciones
perniciosas, el crimen organizado, lejos de ser exterminado, se extendió a todo
el continente latinoamericano.
Calderón no
sólo simuló una guerra, sino que permitió la más atroz corrupción de su
Secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, quien encabezada la
secretaría de Estado que manejaba a su antojo el cártel de Sinaloa, la
organización criminal con la que el Gobierno de Calderón pactó, según sostienen
las investigaciones de Estados Unidos.
En resumen,
con todo y el uso de las Fuerzas Armadas, el narcotráfico no pudo ser abatido
en el sexenio calderonista; los funcionarios acusados de servir al crimen,
procesados y encarcelados, salieron libres porque la Procuraduría General de la
República (PGR) nunca pudo acreditar los delitos que les imputó. En todos los
casos, la entonces procuradora, Marisela Morales –experta en fabricar
expedientes con falsedades –la institución utilizó testigos protegidos que
mintieron, por ello, nunca pudieron probar sus acusaciones.
En tanto la
justicia brilló por su ausencia en el Gobierno de Calderón, las Fuerzas Armadas
hicieron de las suyas en todo el país: asesinaron a personas inocentes,
desaparecieron a otras; muchas víctimas de la violencia atroz terminaron en
fosas clandestinas y se les hizo pasar como criminales para justificar la
acción brutal del Ejército. Hacia la segunda mitad de ese Gobierno, las Fuerzas
Armadas ya no detenían a los delincuentes: los asesinaban, en muchos casos,
argumentando que fueron atacados y tuvieron que repeler el fuego, pero en otros
múltiples eventos sangrientos los militares accionaban sus fusiles con toda
crueldad. Aquello parecía una guerra entre criminales. Esto fue una verdadera
carnicería que, por desgracia, sigue impune a pesar de que cientos de delitos
de lesa humanidad, donde Felipe Calderón es señalado como responsable, duermen
en los archivos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Todo esto
viene a cuento a propósito del decreto que esta semana firmó el Presidente
Andrés Manuel López Obrador para regresar a las Fuerzas Armadas al combate
contra el crimen organizado. Ni siquiera fue anunciado con antelación: el lunes
11 amanecimos con la información en el Diario Oficial de la Federación, donde
se anunciaba que el Ejército y la Marina retornaban al campo de batalla para realizar
tareas policiacas.
Con
independencia de que existe una urgencia nacional por el desbordamiento de la
violencia, lo cierto es que esa decisión coloca al Presidente ante el reflector
y lo exhibe como un hombre fragmentado que dice una cosa y termina haciendo
todo lo contrario, insostenible en sus decisiones, el mandatario muestra
prístinamente su incongruencia. En términos bíblicos se diría que López Obrador
es un hombre de doble ánimo, la fuente que emana agua dulce y salada al mismo
tiempo, la contradicción, el conflicto insalvable que, tal parece, él no ve y
le parece normal su proceder.
A principios
de su mandato, claro el diagnóstico de la inseguridad en el país, sometió a la
aprobación del Congreso el proyecto para crear la Guardia Nacional. Había
razones para construir este cuerpo de élite: catorce cárteles se disputaban –y
se disputan todavía –el control del mercado de drogas y las rutas de trasiego.
Las policías no eran confiables para ser tomadas en cuenta en el combate al
crimen. Hasta ahí todo el mundo estaba de acuerdo.
Vino el
debate de la militarización: que si la Guardia Nacional será una estructura
militar, que si el mando será civil o no, que si se el Ejército iba a tener el
control total del país…Finalmente se determinó que el mando fuera militar y el
cuerpo de élite estuviera constituido, en su mayoría, por civiles.
Se dijo
entonces que con la Guardia Nacional se cubriría todo el territorio y año tras
año el número de sus efectivos se incrementarían, conforme fueran aprobados los
exámenes de sus nuevos integrantes; que se calculaba que en tres años o, a más
tardar hacia el final del sexenio, la Guardia estaría totalmente integrada para
operar como una verdadera policía profesional que garantice seguridad en el
país. Aunado a esto, el país se dividió en varias regiones, con un mando en
cada una, a fin de que se fuera pacificando el país, primer objetivo del
Gobierno de la Cuarta Transformación.
Por ello, la
Policía Federal fue disuelta. No había nada que hacer con una estructura corrompida
que terminó al servicio del narcotráfico.
La Guardia
Nacional entró en operación a principios del año pasado en el sur de Veracruz,
principalmente en el corredor petrolero Minatitlán-Coatzacoalcos, después de
una oleada de matanzas que sacudió a esa región. Esa fue la prueba de fuego del
nuevo cuerpo policiaco, pero la zona no entró en calma, por el contrario, hasta
la fecha sigue tomada por el crimen.
Lejos de
frenar la violencia y a los cárteles del narcotráfico, la Guardia Nacional ha
resultado ineficaz ante el flagelo del crimen organizado. El país sigue
atenazado por la violencia de alto impacto y lejos, muy lejos se ve la
posibilidad de que el Gobierno de López Obrador pueda resolver este problema.
Más bien, lo está administrando, lo justifica, lo acepta, pero no lo resuelve.
Simplemente no hay resultados.
Ahí siguen
operando abiertamente los catorce cárteles en el país. Sinaloa, Cártel de
Jalisco, Cártel del Noreste, Los Rojos, Guerreros Unidos, ente otros, son los
más poderosos. Nadie puede con ellos.
A este
fracaso se suma el hecho de que el Gobierno de López Obrador, como hemos
consignado en este espacio, sigue sin construir una política criminal eficaz e
integral que no solamente considere la atención de lo que el mandatario llama
“las causas” sino que implemente, por ejemplo, un proyecto para desmantelar el
patrimonio que dispone el crimen organizado y que está en manos de políticos y
empresarios.
No existe,
hasta ahora, un mapa de ese patrimonio ni un diagnóstico respecto de dónde
están invertidos los capitales de los grupos mafiosos. El combate eficaz al
crimen forzosamente debe contemplar decomisarles el dinero, quitarles sus
empresas, destruir las redes mafiosas en estados y municipios. Este proyecto se
antoja como para que sea tan grande como el que puso en marcha Colombia e
Italia en los años más críticos que estos países vivieron frente a la guerra
contra el crimen.
El combate
al crimen no es sólo perseguir a pequeños narcos en las calles. Eso es
perseguir lo que comúnmente se llama “la morralla” . El proyecto anticrimen va
contra la clase política vinculada, la que brinda protección, la que ha amasado
capitales: ahí están los Yunes Linares, Los Herrera Ale en la Comarca Lagunera,
Los Zaragoza Fuentes en Chihuahua, gaseros y señalados como lavadores del
cártel de Juárez; en Jalisco operan decenas de familias en el lavado y el
narcotráfico que, al mismo tiempo, hacen política. Y así está todo el país.
La lista es
enorme, pero el Presidente no habla de estos vínculos empresariales y políticos
con el crimen; tampoco habla de la narcopolítica ni se ha referido nunca al
problema que priva en los municipios: más del 80 por ciento de las
demarcaciones del país están gobernadas por políticos que, al mismo tiempo,
forman parte de un grupo criminal. Estos son los responsables de que las
policías municipales estén contaminadas.
Evidentemente,
estas acciones de desmantelamiento criminal no se hacen con las Fuerzas
Armadas: se efectúan con la ley en la mano, con la Unidad de Inteligencia
Financiera trabajando a tope, con la Fiscalía General de la República integrando
carpetas de investigación y procesando casos y consignando expedientes bien
estructurados.
Si realmente
el Presidente quiere resolver el problema de la violencia debe golpear estas
estructuras, quitarles el dinero y desarticular las redes criminales que están
bajo la protección de la política. También debe haber una vigilancia estricta,
a través de la UIF, para revisar los recursos que reciben los candidatos a
puestos de elección popular, porque muchos legisladores y gobernadores llegaron
a sus puestos financiados con dinero de la mafia y, por ende, sirven a esos
intereses. No les importa el país sino sus negocios ilegales.
El uso de
las Fuerzas Armadas no es una decisión atinada. Dice Ricardo Monreal, el
Presidente de la bancada de Morena en el Senado, que debemos confiar en los
militares. Pero ¿cómo confiar cuando existen expedientes impunes en la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos por delitos de lesa humanidad y no se ha
castigado a nadie?
El riesgo
que existe con las operaciones de las Fuerzas Armadas en tareas policiacas es
que se incrementen las violaciones a los derechos humanos, se repita el
holocausto que se vivió en el sexenio de Felipe Calderón, donde hubo más
muertos que combate real al crimen organizado.
Al
Presidente no se le entiende, cambia de dirección y no se sostiene en una
postura clara y congruente. Esto es consecuencia de su fragmentación interior:
tal parece que su voluntad lucha con otra parte suya que lo atenaza en un
eterno conflicto.
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