Pablo Gómez.
La empresa
estatal mexicana de electricidad, fundada en agosto de 1937 por Lázaro
Cárdenas, se hizo para llevar el fluido a mucho más de la mitad de la población
que carecía de ese servicio y para dotar de infraestructura a la industria. En
aquel año era tan caro que desde un principio se apreció que iba a ser
inevitable subsidiarlo para consumo popular, pero no para el industrial.
Sin embargo, ambas cosas se han hecho durante 80 años.
El
traslado de valor desde la industria eléctrica a empresas privadas y públicas
es inestimable. Es quizá el mayor volumen de subsidio industrial de la historia
del país.
Desde los
años setenta del siglo XX, cada nuevo presidente prometía poner un límite a
los subsidios, incluso a los dirigidos a la población. La solución se fue
decantando hacia la apertura de la industria eléctrica al capital privado,
especialmente extranjero, para que nuevas y modernas plantas elevaran la oferta
y distribuyeran el fluido a través de la red eléctrica.
La
generación de electricidad es altamente rentable. Lo que no lo es consiste en
distribuirla.
La idea
de los neoliberales mexicanos ha sido que la producción esté en manos privadas
y la distribución siga siendo del Estado. Así lo cifraron en la Constitución.
En la
actualidad, la Comisión Federal de Electricidad tiene a su cargo cerca de la
mitad de la generación. Pero como es el gran distribuidor, se encarga de llevar
el fluido eléctrico de los privados a través de su red. El funcionamiento de
ésta es la que requiere un ejército de trabajadores, a diferencia de la
generación.
Por otro
lado, la reserva de electricidad en un país es vital para el funcionamiento
del sistema en conjunto porque éste no puede operar con la generación máxima.
Con una planta que se pare se puede venir todo abajo. La reserva es muy costosa
porque representa un alto porcentaje de la capacidad de generación en exceso
del consumo promedio diario.
En cuanto
a las plantas eólicas y solares el problema es mayor porque su capacidad de
producción es variable, según insolación y velocidad del viento.
El trato
que ha tenido la CFE con las empresas productoras no abarca la participación de
éstas en la cobertura del costo de la reserva de la que dependen ellas mismas.
El Estado
distribuye fluido eléctrico en la cantidad que generan las plantas privadas y
les cubre un precio, pero no les descuenta la parte proporcional de lo que la
CFE debe erogar para mantener la reserva. Esta no es el costo de lo que se produce sino de lo
que se deja de generar para tener garantizado que siempre haya electricidad
suficiente en la red.
En
conclusión, el Estado mexicano sigue en la interminable historia de los
subsidios, sólo que ahora tenemos unos nuevos beneficiarios: te doy subsidio
eléctrico para que hagas negocio en la industria eléctrica.
Dicen
algunos, pero no por ignorancia, sino por conveniencia, que el gobierno actual
está obstruyendo la generación de electricidad mediante tecnología eólica y
solar. Otros,
también interesados, afirman que el presidente de la República quiere un
monopolio estatal de la generación de electricidad, lo cual no tendría nada de
nuevo, pero tampoco es cierto.
Lo que no
se quiere es subsidiar, dentro de la peor de las tradiciones mexicanas, a las
empresas privadas como un medio para garantizarles sus operaciones. Esa ya no debe ser función del
Estado.
Los
subsidios existen en cualquier país. El problema estriba en para qué, a
quiénes, cuánto y hasta cuándo. México tiene una de las peores experiencias en
el mundo justamente en materia de electricidad.
Como dijo el
clásico, “ya nos saquearon; no nos volverán a saquear”. Alguien le
respondió: ¿por qué no? En eso han seguido
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