Adela
Navarro Bello.
Al
Presidente de la República ya le urge salir del Palacio en el que vive. Hace
unos días informó que había solicitado a la Secretaría de Salud reiniciar sus
giras, le es importante, como en el pasado, ser el Presidente del corte de
listón. Quiere, necesita, en medio de la peor crisis sanitaria que se haya
vivido desde principios del siglo XX, supervisar sus obras insignes, la
construcción del Tren Maya, la del Aeropuerto de Santa Lucía, y además,
inaugurar sus bancos del bienestar.
Después de
seis días, la Secretaría de Salud, es evidente, no le ha dado luz verde para
que reinicie sus giras por los estados de la República. No es para menos, en 24
horas, las trascurridas del 18 al 19 de mayo de 2020, de acuerdo a la
Secretaría de Salud, se detectaron 2 mil 713 casos nuevos de contagio de
COVID-19 en México. La pandemia está lejos de ser domada, como él mismo lo
anunció semanas atrás.
La realidad
es que en México no hay condiciones para levantar la cuarentena, mucho menos la
jornada de sana distancia. El Subsecretario de Salud había dicho que las dos
primeras semanas de mayo serían las más críticas para la dispersión de la
COVID-19 en el país, pero eso ya está rebasado. En Baja California, los últimos
dos días, los nuevos casos de contagio han superado los 300 y los 200 por cada
24 horas.
Desafortunadamente
en México, la información relacionada con los contagios del SARS-CoV-2 la ha
centralizado el Gobierno, por lo que es difícil conocer la situación real de
contagios en el país. Hemos sabido por esfuerzos periodísticos y de
organizaciones civiles, que en entidades federales específicas, esa información
está manipulada. Recientemente, la organización Mexicanos contra la Corrupción
y la Impunidad, con base en una investigación periodística, informó que las
muertes a causa del nuevo coronavirus en las Ciudad de México eran el triple de
lo reportado por la autoridad local y federal, se basaron en actas de
defunciones que especifican como un elemento para la causa de muerte el
contagio de COVID-19.
En Baja
California desde el inicio de la pandemia fue evidente cómo en los hospitales
públicos, los principales reconvertidos para tratamiento de pacientes con
COVID-19, la cifra de infectados se manipuló al catalogarlos como neumonía
atípica en lugar de contagio del coronavirus. Ayer mismo, el 19 de mayo de
2020, el Secretario de Salud de la entidad informó que en el Hospital General
de Tijuana había un 33 por ciento de disponibilidad en camas para pacientes de
COVID-19. Pero la cifra está alejada de la verdad. Médicos de ese hospital han
compartido que se encuentran al tope de su capacidad, no solo en lo que a camas
disponibles se refiere, sino a la atención médica. A lo mejor en algún momento
quedan algunas camas debido al fallecimiento de pacientes, pero no hay personal
suficiente para atender nuevos casos.
El Gobierno
de la República en mayor medida controla la información que se da a conocer
sobre los contagios, y por alguna razón, desde el inicio de la pandemia, México
fue uno de los países que decidieron no realizar suficientes pruebas para
detectar el avance de la infección. De acuerdo a la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico, México ha aplicado 0.4 pruebas por cada
mil habitantes, lo que lo sitúa en el último lugar de los países integrados a
la OCDE, cuyo promedio de análisis realizados es de 22 por cada mil habitantes.
Hacerse una prueba
en México suele ser engorroso. Para empezar es un monopolio del Gobierno, dado
que este debe autorizar a laboratorios y hospitales privados aplicar las
pruebas. En el colmo de la burocracia, hay entidades en las que se debe llenar
un formulario para que el Gobierno Federal autorice la realización de la prueba
en un centro de análisis u hospital privado.
En este
contexto, no se sabe a ciencia cierta cuál es el número real de contagios en
México, tampoco cuántos en un hospital están siendo tratados por COVID-19, pues
siguen anotando en muchos casos que se trata de neumonías atípicas.
En la peor
crisis de su incipiente Gobierno, el Presidente Andrés Manuel López Obrador
optó por la opacidad respecto al alcance de la pandemia por COVID-19 en México.
Al no realizar pruebas suficientes, los números presentados diariamente no son
certeros. Al catalogarse muchos de los contagios como neumonías atípicas, la
cifra de casos positivos también es inconsistente. Ello le permite al
mandatario nacional declarar que ha domado a la pandemia o que la curva se está
aplanando, cuando lo que sucede es que en México ni se han realizado
suficientes pruebas, ni los casos en hospitales se han contado debidamente,
esto sin considerar aquellos que, asintomáticos, se encuentran en sus hogares.
En este
contexto nacional, los números de México son pero muy inferiores a los de otros
países con menos población, mejores servicios de salud, y más pruebas y
hospitalizaciones. Es el caso de Francia o España, países que con una tercera
parte de la población de México, o poco más (40.9 millones y 66.9 millones
respectivamente), el primero ha sobrepasado en tres meses y medio desde su
primer contagio los 140 mil casos positivos, mientras el segundo, también en su
tercer mes y medio, contabiliza más de 230 mil casos. México, cuyo primer
positivo al contagio se dio a conocer el 27 de febrero, y con una población que
supera los 126 millones de habitantes, acumula, oficialmente, 54 mil 349 casos
positivos.
México, con
poco más de dos meses y medio del primer caso de contagio registrado, sin las
suficientes pruebas aplicadas, y con una saturación hospitalaria palpable todos
los días a través de la mirada de las familias de los infectados, se presta
para que su población salga a la calle de nueva cuenta. Medidas que en otros
países con mayores avances en la aplicación de pruebas, la atención médica y el
combate a la dispersión, apenas están considerando tomar y de manera
escalonada.
Con una
alerta de no usar un cubrebocas por parte del Gobierno federal, desde el inicio
de la pandemia y la Jornada de Sana Distancia, en la República Mexicana desde
el Gobierno central se urge a la reactivación de las labores económicas y
sociales entre su población. Con todo y que hubo más de 2 mil casos positivos
en las últimas 24 horas, y que ciertamente la población no entró en una
cuarentena de manera eficiente, el Presidente de la República lo que quiere es
salir del Palacio Nacional, y que las empresas hagan lo propio de forma
gradual. Ha dicho que no intervendrá en los estados y municipios, delegando las
medidas de contención sobre el coronavirus a los gobiernos locales.
En
determinados casos han informado en los Estados que la salida a las calles
podría tomar tiempo. Y dejando de lado las diferencias políticas, uno de los
gobernadores que públicamente dijo que veía difícil que en su estado regresara
la normalidad o a la nueva normalidad el 1 de junio, como lo propone el
Gobierno de la República, fue precisamente uno de Morena, el de Puebla, Miguel
Barbosa, quien declaró que “estamos en el peor momento de la pandemia. Y
estamos crecientes en esta horrible realidad. Así es que por lo que a mis
atribuciones corresponda, esto no va a ocurrir”, dijo.
Muchas
empresas fueron obligadas a cerrar labores para salvaguardar la salud de sus
empleados y de la población transitando en las calles, pero ahora, a menos de
tres meses del primer contagio, la dirección marcada desde Presidencia, con los
números inciertos de la Secretaría de Salud respecto a la gravedad de la
dispersión del coronavirus COVID-19, se ha dicho a las empresas, que, tomando
consideraciones específicas para intentar detener la propagación en los centros
de trabajo, pueden comenzar labores de nueva cuenta. Y ahí van.
Quizá tenga
que ver con que, a diferencia de otros países, como los aquí mencionados, el
Gobierno de Andrés Manuel López Obrador se ha negado, de manera sistemática, a
promover programas oficiales de apoyo a las pequeñas y medianas empresas para
evitar su quiebra o contribuir a que mantengan los empleos comprometidos hasta
antes de la dispersión del virus en el país. El cierre de varios sectores de la
actividad económica en México, llamados no esenciales, y una serie de
decisiones tomadas desde el Gobierno de la República, han llevado a que la
economía del país registre una contracción del 1.6 por ciento en el primer
trimestre de este 2020, de acuerdo a información del Inegi, lo cual resulta
alarmante considerando que en octubre de 2019, sin pandemia en ninguna parte
del mundo, México había decrecido 0.5 por ciento.
Evidentemente
la urgencia de salir de Palacio del Presidente López Obrador es para retomar lo
que mejor sabe hacer: la calle. Pero también parece estar detrás la caída en la
economía mexicana, y el crecimiento en el desempleo, oficialmente se estima que
en los primeros meses de este año se han perdido más de 680 mil empleos en el
país.
También hay
que anotar que ante la reactivación económica en Estados Unidos, por órdenes de
Donald Trump, desde dicho país prácticamente se le ha ordenado a México
reiniciar actividades en sectores productivos que son parte de su cadena de suministro.
Esto, a pesar de que, según la Secretaría de Salud de Baja California, 435
empleados formales y obreros de maquiladoras que nunca frenaron actividades han
dado positivo al virus. López Obrador no ha dado explicaciones al respecto y
nadie parece habérselas pedido desde este lado de la frontera.
México, por
mandato oficial, se apresta para retomar actividades el 1 de junio, sin haber
contenido la dispersión del nuevo coronavirus, sin contar con un eficiente
programa de detección del COVID-19, con una deficiente infraestructura
hospitalaria, en la cual el único logro es el personal médico que ha dado la
batalla, y además sin haber establecido una cultura social para contener un
rebrote del virus con medidas de autoprotección, adecuaciones en espacios
públicos, en centros de reuniones, y en sitios de trabajo, más allá de
recomendaciones básicas también dictadas desde el Gobierno federal.
Ante la
urgencia de salir a las calles en México parece que la vida en sí, no valiera
nada.
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