Jorge Zepeda
Patterson.
Esta
semana publiqué en el diario El País una columna en la que señalé actitudes
preocupantes en el comportamiento del Presidente: una arrogancia intelectual y
moral que, entre otras cosas se traduce en una rencilla permanente con los que
difieren con él (desde las feministas hasta los ecologistas, pasando por
intelectuales, empresarios o periodistas) y una tendencia a colocarse a sí
mismo en el pedestal de la historia patria (su obsesión en compararse a Benito
Juárez, su consabida frase de “yo ya no me pertenezco”, su beneplácito a las
zalamerías vergonzosas de los incondicionales de las mañaneras).
Aunque en el
texto dejaba en claro mi apoyo a sus posiciones en contra de la corrupción y a
su cruzada en favor de los pobres y la justicia social, mis palabras fueron
interpretadas como una solicitud de inscripción en las filas de los enemigos de
la 4T. “Por fin recapacitaste”, decía algún comentario; “bienvenido al bando de
los que luchamos por desarraigar el socialismo”, decía otro. Pero el más
frecuente era una reacción que con variantes expresaban un “te lo dije” (AMLO era
un peligro para México o algo equivalente).
En
efecto, yo voté por López Obrador y volvería a hacerlo si las opciones que me
ofrecen son Ricardo Anaya del PAN o José Antonio Meade del PRI. No solo porque
me parece que ambos encabezaban proyectos que bajo distintas modalidades
representan “más de lo mismo”, sino también porque sigo creyendo que el México
de los desamparados ya no estaba en condiciones de soportar un sexenio más de
marginación y desprecio. Estoy convencido de que el país estaría en peores circunstancias
si no existiera un personaje como López Obrador, capaz de encausar política y
democráticamente la exasperación de tantos.
La
derecha no parece darse cuenta de que el verdadero peligro para ellos no es
AMLO sino la fuerza que lo llevó a Palacio Nacional. Los descarrilamientos de
trenes, los linchamientos espontáneos contra supuestos violadores, los llamados
al saqueo son salidas extremas que no solo revelan la impunidad y la ausencia
de Estado de derecho, sino también la rabia y el resentimiento contra un
sistema que durante décadas decidió concentrar los beneficios en el tercio
superior de la población. Optar por un sexenio a favor del cambio, que dé
prioridad a los pobres, no solo es un tema de conciencia social y de ética,
sino también de conveniencia política para los que preferimos evitar un
estallido social. El personaje puede ser anecdótico, ocurrente y provocador
pero lo que representa es real, y existe con o sin AMLO. Excepto que sin él, el
riesgo de una explosión social está a la vista.
Ahora bien,
que hayamos votado por Andrés Manuel López Obrador no nos hace cómplices
incondicionales del régimen, de la misma forma que criticarlo tampoco nos
convierte en opositores. Comparto las banderas que sostiene el presidente, pero
eso no significa que lo crea infalible o que siempre coincida con la manera en
que intenta ponerlas en movimiento. En ocasiones, incluso, me parece que exhibe
actitudes con las cuales obstaculiza sus propias metas, que son las mismas de
muchos que lo hemos apoyado. Que la crítica profesional señale lo que podría
ser desacertado o mejorable, desde una perspectiva distinta a la que se observa
desde Palacio, es útil para enriquecer la conversación pública y extender
puentes entre bandos al parecer irreconciliables empeñados en discutir a tumba
abierta.
El
artículo no gustó a muchos simpatizantes de López Obrador que me acusaron de
darle “municiones al enemigo” o hacerle el caldo gordo a los fifís. Entenderlo
así significa caer en el juego de reducir la sociedad mexicana a dos bandos
condenados a vivir en eterno desencuentro. Entiendo que unos y otros puedan no
estar de acuerdo con mis argumentos, pero rechazaría que simplemente se me
juzgue por rehusar encasillarme en la lisonja incondicional o en la crítica
destructiva.
López
Obrador ha sido un líder consistente y esforzado que encauza el clamor de
muchos a favor de un cambio, pero eso no lo hace ni perfecto ni infalible. El
mayor riesgo para el que se encumbra es la pérdida de perspectiva, sobre todo
cuando se encuentra rodeado de una corte de aduladores, como invariablemente
sucede con todo soberano. Pero igual de dañino es asumir que todo
cuestionamiento es un intento de derrocamiento. Se equivocan sus adversarios
cuando creen que la fuerza social que exige cambios equivale a López Obrador;
eso supondría que liquidarlo políticamente les resuelve el problema sin darse
cuenta del fondo social que hay detrás. Pero, paradójicamente, lo mismo sucede
con muchos simpatizantes de la 4T y en ocasiones con el propio AMLO: creer que su
persona es el movimiento, con lo cual toda crítica a sus actos y palabras
constituye una traición a la causa.
Desde
luego que hay una crítica sistemática dedicada a descalificar y debilitar el
proyecto de cambio que encabeza López Obrador. Sus razones tendrán, pero no son
las mías. No hago mío sus “te lo dije”. Ellos siempre han creído que el país
marchaba en la dirección correcta y simplemente necesitaba ajustes y
correcciones. Nunca coincidiré con eso, incluso si por alguna razón se malogra
la puesta en marcha de la 4T. En tal caso, y espero que no lo sea, habrá que
cuestionar los errores en la instrumentación, la pérdida de brújula, las
falencias humanas. Pero no la intención.
El
verdadero peligro para México, creo yo, es que fracase dramáticamente el
proyecto de cambio, que no se consiga un impulso pendular para aliviar la
situación de los desesperados y que el propio abismo social nos cobre la
factura a todos. Ofrecer un espejo lo más honesto posible para que el soberano
pueda verse de manera realista tendría que ser el papel de la crítica
reflexiva, aun cuando se corra el riesgo de que la imagen no coincida con los
que quieren beatificarlo o, por el contrario, destruirlo.
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