Enrique
Quintana.
¿Es acaso
imaginable una empresa cuyas pérdidas en un trimestre sean de 562 mil 200
millones de pesos?
Esto
significa que cada día transcurrido en los primeros tres meses del año, Pemex
perdió 6 mil 178 millones de pesos. O por cada hora que pasaba, la pérdida fue
de 257 millones de pesos.
Las cifras
parecen de fantasía.
¿Cómo fue
posible que se generara una pérdida de esta dimensión?
Hay dos
razones.
La primera
es que la operación de una empresa petrolera como Pemex en este momento, casi
inevitablemente conduce a los números rojos en virtud del bajo precio del
crudo.
No tenemos
información suficientemente desglosada, pero debe existir una gran cantidad de
campos en los cuales el costo efectivo de extraer petróleo, no sólo a boca de
pozo, sino incluyendo los gastos generales, por sí misma, genera pérdidas.
La pérdida del
segmento de exploración y producción fue de 457 mil millones de pesos, 81 por
ciento del total.
Además, el
informe que fue presentado ayer también refleja un margen negativo en la
refinación, de 12 por ciento, lo que condujo a una pérdida de 80 mil millones
de pesos en el segmento de Transformación Industrial, lo que antes se conocía
como refinación.
Sobre la
base de estos datos, no hay argumento financiero que pueda sustentar la
rentabilidad de construir una nueva refinería.
Todo esto se
ha dicho con insistencia y es absolutamente cierto.
Pero, algo
que no podemos perder de vista es que una buena parte de las pérdidas de la
empresa derivan del efecto cambiario. Fueron 469 mil millones de pesos.
Durante
mucho tiempo Pemex se utilizó como un vehículo para que el gobierno mexicano
obtuviera recursos sin tener que endeudarse directamente, por eso hoy la deuda
financiera de Pemex es superior a la del propio gobierno y el patrimonio de la
empresa es negativo en 1.25 billones de pesos.
Pemex
recibía recursos y el gobierno federal los extraía a través de un esquema
fiscal confiscatorio. Y eso daba manga ancha a la administración de la empresa.
Y el
gobierno podía tener un sistema fiscal en el que la base gravable fuera muy
baja al compararse con otros lugares del mundo.
Por
conveniencia política se dejó que un muy importante segmento económico simple y
llanamente no pagara impuestos por estar en la informalidad.
Por una
parte es el 52 por ciento de los trabajadores informales, pero por otra es el
22.5 por ciento del PIB del sector informal, que le da la vuelta a contribuir.
Pero además
tenemos un sistema fiscal lleno de agujeros que permite que con una buena
planeación fiscal se pueda pagar un porcentaje efectivo muy bajo del Impuesto
sobre la Renta para las empresas, lejos del 30 por ciento que supuestamente se
aplica.
En esto
tiene razón el actual gobierno. Hay muchas empresas que pagan mal. Pero esto no
sólo lo ha afirmado la administración de López Obrador sino ha sido una
constante de los últimos tres a cuatro gobiernos.
Hoy Pemex
está metida en un grave problema del que no va a ser fácil salir.
Sin embargo,
lo peor es que pronto el gobierno completo, las finanzas públicas, podrían
meterse en un problema semejante si no se aborda con seriedad y rigor la
necesidad de una reforma fiscal.
El problema
es que se trata de un tema que sistemáticamente ha rechazado el gobierno de
López Obrador, obstinado en que combatiendo a la corrupción basta para generar
los recursos que el Estado necesita.
Y esto lo
puede llevar al abismo. El problema es que arrastraría también al país
completo.
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