Martí Batres.
En un reciente
trabajo sobre los efectos del neoextractivismo en América Latina, Alicia Puyana
Mutis, doctora en Economía por la Universidad de Oxford, nos recuerda que la
riqueza en recursos naturales puede “afectar negativamente el crecimiento”.
Esto se puede explicar por la teoría económica, que apunta al “declive de la
producción de los bienes transables” y a la “reducción de las exportaciones de
los bienes transables no en auge”. Y a partir de la teoría de la “maldición de
los recursos naturales”, que, nutriéndose de la economía política y la ciencia
política, apunta hacia fenómenos como “la corrupción, los conflictos de interés
entre grupos y regiones por capturar las rentas”, la “fragilidad fiscal”, “la
expansión del gasto corriente” y “el relajamiento de las obligaciones fiscales
de otros actores”.
Esta
reflexión es oportuna en México, en el contexto de un debate sobre la política
petrolera y la construcción de nuevas refinerías.
Nuestro
país, ligado a la exportación de petróleo crudo, ha padecido esa “maldición” en
varios momentos, sufriendo caída de otras exportaciones, relajación fiscal de
otros sectores, inestabilidad en sus ingresos por la variación de los precios
del petróleo, expansión del gasto corriente a costa del petróleo, corrupción y
conflictos. A ello debe agregarse la ironía de vender petróleo para comprar
gasolinas.
Hoy vendemos
petróleo crudo barato, obtenemos de ello ingresos disminuidos y gastamos en
comprar gasolinas al exterior.
Por eso, los
ideólogos promercado abogan por terminar de privatizar la industria petrolera,
dejar caer su producción y —ecologistas repentinos— abandonar el barco
petrolero en aras de energías limpias. Aseguran que el petróleo no durará mucho
tiempo y que pronto otras fuentes de energía lo habrán sustituido. Por ello,
concluyen, es absurdo construir una refinería, más aún en estos tiempos de
crisis sanitaria, social y económica.
Sin embargo,
precisamente por todo lo dicho, este es el momento de nuevas refinerías.
El petróleo
seguirá siendo riqueza y energía en el mundo por muchos años más. Eso explica,
en parte, diversas tensiones internacionales en Medio Oriente y Sudamérica.
México tiene
seis refinerías y construyó la última hace 41 años. Estados Unidos tiene 150
refinerías y el año pasado estaba construyendo una más.
México
exporta petróleo crudo, pero importa gasolinas. Con ello se neutraliza en buena
medida su poderío petrolero, lo que, además, tiene como efecto interno el
encarecimiento de los combustibles.
La lógica
del desarrollo económico indica que debe incorporarse valor agregado en las
cadenas productivas, particularmente en las materias primas.
Frente a la
caída de los precios internacionales del petróleo crudo, la mejor estrategia
hacia el futuro es la refinación masiva del mismo. Pemex ganaría más comercializando
procesados petrolíferos, tanto al interior como al exterior del país. Tendría
más valor nuestra gasolina para la economía nacional que el petróleo crudo
exportado. Disminuirían las importaciones y ganarían también los mexicanos en
su calidad de consumidores de gasolina.
En el marco
de la crisis económica y social desatada por la pandemia del coronavirus
Covid-19, la construcción de la refinería Dos Bocas en Tabasco representaría
una inversión pública de alto impacto, de las que hacen falta para detonar
nuevamente el desarrollo.
En
conclusión, la construcción de una nueva refinería, agregaría valor a nuestro
petróleo, disminuiría las importaciones de gasolina, abarataría el costo de las
gasolinas para el consumo interno, respondería estratégicamente a la caída
internacional de los precios del petróleo y ayudaría a defender nuestra
economía frente a la crisis desatada por el coronavirus. Es una buena apuesta
contra la “maldición de los recursos naturales”.
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