Enrique
Quintana.
¿Podrá el
presidente de la República salir del mundo alterno que ha construido y regresar
a la realidad en la que la mayoría vivimos?
Ayer, una
persona me preguntaba si luego de observar el mal desempeño de la economía y el
crecimiento de la pobreza, no lanzaría el gobierno un programa para reactivar
verdaderamente a la economía y para mitigar el impacto negativo entre los
sectores de menores ingresos.
Mi respuesta
fue que no habría razón para hacerlo.
Los
pronósticos de los expertos indican que el Producto Interno Bruto (PIB) de
México caerá este año en al menos 7 por ciento. Algunos piensan que podría
estar la caída en algo así como en 9 por ciento o incluso más.
Se podría
considerar entonces que, ante tal realidad, el gobierno emprendería
próximamente acciones para evitar un desplome de esas proporciones.
Pero, si el
presidente de la República, que es quien realmente toma las decisiones, ha
determinado que la medición del PIB ya es irrelevante, entonces esa métrica
pierde sentido.
Podríamos
caer en 15 por ciento, y no preocuparse. Si para López Obrador esa variable ya
no significa nada, entonces no habría razón para emprender un programa
específico de reactivación.
Se podría
pensar entonces que lo que verdaderamente puede sensibilizar al presidente es
el crecimiento de la pobreza. Instituciones como el Coneval y la Cepal han
estimado que ésta podría aumentar de modo dramático.
Pero, ayer
mismo, el presidente desestimó esas cifras y señaló que esos cálculos se habían
basado en metodologías del pasado y que ahora las cosas serían diferentes.
El problema
es que, aparentemente, el presidente ha perdido conexión con la realidad, por
lo menos en lo que se refiere a las cifras económicas y sociales.
En este
espacio le comenté en muy diversas ocasiones que una de las cualidades de López
Obrador era su pragmatismo.
Podría tener
inclinaciones ideológicas, pero, al final de cuentas, aparecía un filón
pragmático que lo conducía a tomar decisiones conectadas con la realidad, y en
eso consistía una parte importante de su éxito político.
Hoy, el
problema es que aparentemente ese filón pragmático se perdió.
Hoy,
pareciera que sólo queda la perspectiva ideológica. Eso implica que si la
realidad no corresponde con el mundo que la ideología construye en la mente del
presidente, entonces la realidad no existe.
Uno de los
factores que han contribuido a la percepción de que los demás están mal y él
está en lo correcto es el hecho de que el presidente no se ha desplomado en las
mediciones de popularidad.
Su lógica le
diría que si 'el pueblo' sigue respaldándolo, entonces no puede estar mal.
Otro factor
relevante es la marginación de colaboradores que tienen puntos de vista que
discrepan de los de AMLO.
El ocaso de
la influencia de personajes como Arturo Herrera o Alfonso Romo, ilustra que en
el entorno inmediato del presidente han quedado sobre todo los incondicionales,
aquellos que no le pueden decir 'no' al presidente y, en contraste, quienes
visiblemente tienen opiniones propias y diferentes, han sido relegados.
Quizás la
posibilidad de que el presidente López Obrador de nueva cuenta se conecte con
la realidad radica en las consecuencias políticas de sus acciones.
Pero, no
habrá ningún desafío político electoral que lo ponga a prueba hasta el 2021.
Así que, los
largos meses que correrán desde ahora hasta las elecciones del próximo año van
a ser duros, pues tendremos que lidiar con decisiones construidas en una realidad
alterna.
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