Por Pablo
Gómez.
En México se calcula oficialmente el
ingreso-gasto de los hogares, pero no se incluye la riqueza patrimonial
acumulada. A esto último se abocan agencias, investigadores, revistas, bancos y
otras empresas.
En su
reciente texto leído el 15 de mayo en el reconstruido recinto del Congreso
Constituyente de 1856-57, Andrés Manuel López Obrador señaló que en el orbe,
según datos de la revista Forbes, “dos mil 095 personas con más de mil millones
de dólares cada una, poseen en conjunto ocho billones (millones de millones) de
dólares; es decir, en los últimos nueve años la élite del poder económico
mundial incrementó su fortuna en casi el doble”. Dijo también que en “1988
éramos el lugar 26 entre los países del mundo con más multimillonarios; en 1994
México escaló el cuarto sitio, solo por debajo de Estados Unidos, Japón y
Alemania”. De 2011 a la fecha, agregó, “se acumuló mucho más dinero en pocas
manos.”
En México, según
la tabla de ingreso corriente, los hogares más pobres (decil I) ingresan, en
promedio, 101 pesos diarios. Los hogares de los súper ricos (decil X) ingresan,
en promedio, 1 853 pesos diarios. Estos datos se refieren, más o menos, a la
pobreza monetaria familiar pero no a la riqueza acumulada también familiar. No
incluyen tampoco los ingresos financieros y de capital que reciben casi
solamente “los de arriba”.
La
inmensa mayoría del país que tiene ingresos muy bajos, bajos, medios y altos
(deciles I al VIII), recibe en su conjunto 3 485 miles de millones al año. Los
muy ricos y súper ricos (deciles IX y X) reciben 3 410 miles de millones
anuales. Esto quiere decir que el ingreso se puede dividir en dos volúmenes
iguales, los más ricos, la minoría insignificante, y todos los demás. Asimismo,
si analizamos los deciles IX (muy ricos) y
X (súper ricos), estos últimos reciben más del doble que los primeros (2
317.6 contra 1 092.4 mmp), aunque son mucho menos que aquellos. La diferencia
dentro de los más ricos es también considerablemente grande (Fuente: ENIGH 2018, INEGI).
En
realidad, no conocemos el monto de la acumulación de capital en manos de los
dos deciles con mayores ingresos y, dentro de estos, a los dueños, ya que entre
los muy ricos existen personas que viven principalmente de su trabajo, es
decir, de su salario.
Las
noticias sobre la riqueza privada acumulada en el país son tal vez un tanto
especulativas. Se ha dicho que 15 mexicanos poseen en conjunto más de 150 mil
millones de dólares, pero tal vez sea más. El fenómeno de la concentración de
la riqueza se expresa en las fortunas de esos 15 individuos, pero no consiste
en eso.
También
existe otro fenómeno muy relacionado, el de la centralización de la producción,
los servicios y el comercio, es decir, las formaciones monopólicas que afectan
gravemente a la economía del país, el cual expresa también la concentración de
la riqueza en general.
Es
preciso abordar en su conjunto el proceso de concentración de la riqueza visto
como un fenómeno estructural. Ha dicho Andrés Manuel en el texto ya referido:
“lo fundamental no es cuantitativo sino cualitativo: la distribución equitativa
del ingreso y de la riqueza”.
Dice la
revista Forbes que el 10 por ciento más rico posee en México el 43.3 por ciento
de la riqueza acumulada. Esta cifra coincide con la de Global Wealth Report
2014. Sin embargo, el Credit Suisse afirma que en México el 1% concentra el 43
por ciento de la riqueza patrimonial: sobre la base de 34.7 millones de
hogares, tendríamos 35 mil familias en posesión de casi la mitad de la riqueza
privada del país.
Quizá el
primer problema técnico es el cálculo de la riqueza acumulada. Este asunto no
es tan sencillo como definir el PIB o realizar la encuesta ingreso-gasto de los
hogares con 88 mil formularios habiendo 35 millones de hogares en el país. El
segundo sería el mecanismo para conocer la propiedad patrimonial de los
capitalistas, ya que carecería de sentido estudiar el patrimonio de las personas,
aunque no concentren riqueza. Un tema importante sería la distinción entre el
mero capital dinero y la inversión física, así como el lugar y las ramas de su
ubicación. Todo ello sería información económica y social, es decir,
conocimiento sobre México, por lo cual no sería desacertado que el INEGI
tuviera esa tarea,
pues se trata del organismo nacional de la estadística.
Toda
política de redistribución del ingreso tiene que estudiar las fuentes y cuantía
de éste, incluyendo, naturalmente, la riqueza acumulada que genera precisamente
ingreso y lo concentra.
Ese
conocimiento tendría que ser parte del análisis necesario para cambiar el
esquema contributivo y, por tanto, las bases del financiamiento del gasto del
Estado. Dice la OCDE, de alcurnia neoliberal, que en los países miembros de esa
organización, como promedio, el 32.5% de sus ingresos provienen de impuestos a
bienes y servicios, mientras que en México, que también es integrante de la
OCDE, ese porcentaje es del 54%. Es cierto, aquí se grava más al consumo con
impuestos recesivos que a los altos ingresos con una política fiscal
progresiva.
Más que las
funciones del INEGI, el punto que parece preocupar a los representantes
políticos de los muy ricos y súper ricos acerca de las declaraciones de Alfonso
Ramírez Cuéllar es el de crear un sistema de impuesto a la renta que grave con
mayor porcentaje a los muy altos ingresos, como en la mayoría de países de la
OCDE, tan admirada por ellos mismos.
La
progresividad fiscal es un principio que está en la ley. La tabla del ISR así
lo establece, pero, en la realidad, es como en Estados Unidos, pues la tasa
máxima es baja y a partir de ella se acaba la progresividad porque no hay
sobretasas extraordinarias para los ingresos gigantescos. Además, hay
deducciones y subsidios fiscales dirigidos, que llevan a que el gran capital
goce de menores tasas efectivas, las cuales terminan estando al nivel o abajo
de las pagadas por los contribuyentes medios.
Por lo
pronto, hay que empezar por una revisión de los gastos fiscales que cada año
elabora la Secretaría de Hacienda por mandato de ley, aunque casi nadie le hace
caso. La mayoría parlamentaria está obligada a seguir combatiendo los
privilegios, incluyendo los fiscales. Se han prohibido en la Constitución las
condonaciones de impuestos, se ha dejado de evitar cobros a deudores fiscales,
se ha combatido la fabricación y uso de facturas falsas y tenemos una autoridad
fiscal honrada. No hay que detenerse, el siguiente paso son los gastos fiscales
que no se justifican, aquellos que fueron concesiones políticas a personas y
grupos minoritarios.
Luego,
pronto, cuando eso de la concentración de la riqueza empiece a tomar
referencias menos especulativas, entonces se podrá proceder a un sistema
progresivo en el impuesto a la renta, lo que llevaría, por cierto, a una
disminución de la elevada tasa que se está pagando por los ingresos medios.
La concentración
de la riqueza patrimonial privada es un fenómeno que, en México, está por
completo ligado al poder. No existe grupo financiero (fusión de capitales
bancario, industrial y comercial) que no haya sido especialmente favorecido por
actos de gobierno que le ayudaron o, de plano, lo hicieron surgir. Desde el
inicio de la política de privatizaciones que empezó poco antes del fatídico año
de 1988, las cosas empeoraron a este respecto porque las grandes empresas del
Estado que se vendieron, en realidad fueron entregas a cambio de mordidas. En
los sexenios siguientes esas movidas chuecas se replicaron. México es uno de
los países que acusan la mayor concentración de riqueza en unos cuantos.
El
pequeño grupo de familias que acapara la mayor parte del ingreso es una
expresión del fenómeno más amplio de concentración de la riqueza, pero también
del extenso entorno corporativo y de poder que han construido los grandes
grupos de capitalistas. Riqueza concentrada es también poder concentrado.
El
impuesto mexicano a la renta es un escándalo mundial. Este es uno de los países
que tiene menor captación recaudatoria en términos del valor de su PIB. En
realidad, el empobrecimiento del Estado es consecuencia, por varios caminos,
del amontonamiento de riqueza e ingreso en unas cuantas manos. El sistema
fiscal está por entero en crisis. Más aún cuando ha llegado un nuevo gobierno
que tiene política social y desea impulsar la inversión pública productiva.
Lo que
amarra todos estos elementos que constituyen el atraso, la pobreza y la
injusticia social es el esquema de poder que predominó. Ellos, los súper ricos,
los fantasmas del decil X de la superficial encuesta del INEGI, los dueños de
los grandes corporativos, el capital financiero (banca, industria, comercio,
servicios) engarzado a través de grandes holdings, ha ejercido el poder a
través de unos representantes políticos surgidos del PRI y del PAN.
Ya
sabemos que esa trama política fue removida de la sede del gobierno federal y
del Congreso. El problema ahora consiste en deshacerla por entero, ejercer otra
forma de poder y hacer que no vuelva a levantar cabeza aquello que llevó al
país a la ruina, al atraso social, la corrupción, la violencia y la pobreza
como emblema nacional.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.