Arnoldo
Cuellar.
La
comprobación más clara de que el Gobernador Diego Sinhue Rodríguez Vallejo
ha decidido asumirse como un mero encargado de despacho y no como el Jefe del
poder Ejecutivo de Guanajuato la exhibe su actitud frente al Fiscal que él
mismo eligió y que simplemente formalizó el Congreso mediante el pase
automático: Carlos Zamarripa Aguirre.
Salvo las
historias que Zamarripa construye para documentar su pretendida excelencia,
como las certificaciones a modo o la buena relación con alguna parte de la
burocracia policial norteamericana, todos los demás indicadores son
desastrosos: Guanajuato es, renglón a renglón, un estado más violento, más
inseguro, más caótico y más desestabilizado que cuando Carlos Zamarripa asumió
el cargo en 2009.
Las
violaciones a los derechos humanos se mantienen y escalan, la tortura ha
regresado, como lo reconoce incluso la insulsa Procuraduría de los Derechos
Humanos que padecemos. En los últimos años tenemos ejecuciones extrajudiciales
como la de Leonardo Reyes Cayente, que caen en un terreno no solo de impunidad,
sino de complicidad del procurador con su compadre el secretario de seguridad.
Cualquier
abogado penalista lo reconoce en privado, aunque ninguno se arriesga a sufrir
un veto de los funcionarios de Zamarripa: la Fiscalía no es neutral en la
investigación de delitos, las averiguaciones no caminan sin influencias o sin
dinero; la Fiscalía es hoy un monstruo burocrático con infraestructura
ostentosa, pero no es más eficiente que la vieja Procuraduría.
Sin embargo,
Diego Sinhue decidió creerse todas las complacientes leyendas tejidas por
Zamarripa, Alvar Cabeza de Vaca y Juana de la Cruz Martínez, la operadora
política de este tándem, para ratificarlo como Procurador y permitir su
ratificación como Fiscal mediante el pase automático que Miguel Márquez nunca
derogó como era la exigencia de su propio partido a nivel nacional.
¿Por qué
un Gobernador de
menos de 40 años que goza de la posición que innumerables políticos de su
partido y de otros partidos nunca ostentarán decide no ejercer el poder que
le ha otorgado el pueblo de Guanajuato para generar una propuesta propia, con
sus propios riesgos, pero también con su impronta personal?
Sencillamente,
puede ser que porque no se lo permiten, lo cual nos lleva a otro terreno.
Tras 30 años
en el ejercicio del poder, Acción Nacional (PAN) muestra el agotamiento de
un proyecto político exitoso que logró ciertamente transformar a Guanajuato,
pero que no se hizo cargo de las consecuencias del crecimiento.
El sistema
métrico sexenal, concepto acuñado por Daniel Cosío Villegas para conceptualizar
al PRI, tenía una regla no escrita de renovación generacional, mediante la
figura del tapado. Antidemocrático en sí mismo, porque dejaba la elección de un
gobernante a una sola persona, el sistema construía equilibrios cuando el nuevo
Presidente se despojaba de las herencias de su antecesor y no pocas veces los
sometía a persecución. Ese esquema de renovación les dio una gran longevidad:
casi 70 años de continuismo salpicado de rupturas sin trauma.
El panismo
gobernante en Guanajuato, durante dos décadas, logró un avance democrático
sustancial, que incluyó la generación de una base política autónoma que logró
imponerse a dos intentos de dedazos presidenciales: el de Vicente Fox con Javier
Usabiaga y el de Felipe Calderón con José Ángel Córdova.
Sin embargo,
lo que nunca se previó ocurrió en 2018. El dedazo imposible de parte de
presidentes de la república en la era panista fue construido por un Gobernador
prácticamente sin oposición, con la base del PAN ya corrompida y controlada
mediante las nóminas del estado y los municipios.
Fue el
primer dedazo “priista” dado por un Gobernador panista en Guanajuato.
Recordemos que Oliva no pudo heredar a Gerardo Mosqueda como hubiera sido su
anhelo y que Márquez surgió como candidato de una rebelión encabezada por
Fernando Torres Graciano y la propia Juana de la Cruz Martínez contra el
proyecto de Mosqueda quien a la postre incluso debió dejar la Secretaría de
Gobierno.
Antes ni
siquiera se pensaba en ello: Juan Carlos Romero impulso románticamente a Luis
Ernesto Ayala para frenar a Oliva y terciar frente a Usabiaga, en realidad
pareció más una ayuda a quien había sido su Secretario de Gobierno y jefe de
campaña. Fox impulsó desesperadamente a Romero para frenar a Eliseo Martínez y
lo logró de la mano del Yunque frente a la conspiración de Ramón Martín Huerta
que no prosperó.
Ese PAN, de
los noventas y del 2000, mostraba entereza democrática, vida interna y una sana
disputa de corrientes que desapareció en la última década, de la mano de Miguel
Márquez. Solo un Gobierno que hizo de la corrupción su sello a través de las
compras y el tráfico de influencias podía lograr esa hazaña.
La
designación de un político emergente y de perfil bajo era necesaria para evitar
cualquier riesgo de ajuste de cuentas.
Diego
Sinhue ejerce un encargo que cada vez se vuelve más complicado y lastra
cualquier posibilidad de que su gestión adquiera destino propio. Podría
sacudirse esa herencia si tuviera ya no digamos voluntad y talento político,
sino una mínima ambición y deseo de trascendencia.
No parece
así. Su defensa a ultranza de Carlos Zamarripa, su ceguera para ver las
fallas del Fiscal y la forma en que compromete su propia suerte, revelan al
político que no toma decisiones, sino que obedece instrucciones.
Es
lamentable que un partido de tradición democrática como el PAN haya llegado a
este nivel. Sin embargo, su suerte no debe arrastrar a Guanajuato. Este
territorio es más grande que la cíclica decadencia de sus políticos, como ya se
ha visto en el pasado.
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