Enrique
Quintana.
Prácticamente
todas las naciones del mundo sufrirán un decrecimiento durante este 2020.
Quizás China pueda ser la excepción.
Ante esta
circunstancia, muchos gobiernos han emprendido programas de estímulos fiscales.
Igualmente, los bancos centrales han iniciado programas monetarios para tratar
de amortiguar la recesión.
Una visión
simplista pero muy generalizada es que mientras mayor sea el estímulo, también
lo será el impacto económico.
Sin embargo,
las previsiones del FMI nos indican que no necesariamente es así.
Japón será
el país con mayores estímulos fiscales, pues éstos se estiman en un monto
equiparable al 21 por ciento del PIB.
En 2019, la
economía de Japón crecía al 0.7 por ciento y el más reciente estimado del Fondo
es que en este año caiga en 5.8 por ciento y en 2021 crezca al 2.4 por ciento.
Así, Japón
habrá hecho una inversión del 21 por ciento del PIB para dejar a la economía
3.8 por ciento por debajo del nivel que tenía en 2018.
Veamos el
caso de Estados Unidos. Hasta ahora, el estimado es un programa de estímulos
por 11 por ciento del PIB. El año pasado, la economía creció 2.3 por ciento; en
éste caerá 8 por ciento y para 2021 crecerá 4.5 por ciento.
Para
nuestros vecinos del norte, habrá un mayor impacto de un programa que es en
términos relativos la mitad del empleado en Japón, pues si se cumplen las
previsiones, llegaremos al final de 2021 con una economía que estará sólo 1.6
por debajo del nivel de 2018.
Otro caso de
uso poco eficiente de los estímulos fiscales es el de Brasil. En 2019 creció
1.1 por ciento. Este año decidió canalizar estímulos fiscales por 6.8 por
ciento del PIB, pero eso no logrará evitar una caída de 9.1 por ciento este año
aunque espera un crecimiento de 3.6 por ciento el próximo año.
El resultado
es que para 2021, pese al importante gasto fiscal, la economía estará 4.8 por
ciento por debajo de su nivel de 2018.
¿Y cómo está
México?
Como es ya
bastante público, somos de los que menos hemos invertido en estímulos fiscales,
si no es que el país que menos lo ha hecho entre las principales economías.
El
desembolso, según la estimación del FMI, es de 0.7 por ciento del PIB. Casi
nada. En 2019 caímos en 0.3 por ciento y en 2020 caeremos en 10.5 por ciento.
Para 2021, se estima la recuperación en 3.3 por ciento.
Al final de
esta historia, terminaremos en 2021 con un 7.8 por ciento abajo del 2018, pero
casi sin gasto fiscal.
¿Qué hubiera
pasado si en lugar de no tener estímulos fiscales hubiéramos invertido, por
ejemplo, 4 o 5 por ciento del PIB?
No lo
sabemos. Pero es factible que se hubiera podido amortiguar la caída de este año
o potenciar el crecimiento del próximo.
Los datos
del FMI dejan ver que no solamente es relevante el monto de recursos fiscales
que se inviertan sino también la forma en que se haga y la distribución que
tengan.
El pasado
fin de semana el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, dejó abierta la
posibilidad de que en 2021 eventualmente pueden canalizarse más recursos para
estimular la economía.
Eso sería
una buena noticia y permitiría pensar en que podríamos tener un mayor
crecimiento el próximo año.
No obstante,
lo determinante para el desempeño de la economía será la trayectoria de la
inversión privada.
Si en los
próximos meses hubiera señales que generaran mayor confianza y éstas se
combinaran con mayores estímulos a la actividad económica, se podría prefigurar
un mejor desempeño para el próximo año.
No hay garantía
de que así suceda, pero esperemos que el aprendizaje de este año de desastre
haya dejado lecciones.
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