Salvador
Camarena.
En la
terminal dos del aeropuerto de Ciudad de México, antes de pasar al área de los
filtros de seguridad, te hacen llenar una hojita. En ella apuntas si has tenido
síntomas generalmente asociados a Covid-19. Pones tu nombre y firmas. Te llevas
la hojita. Al llegar a tu destino, al menos en el vuelo que yo tomé, te avisan
que debes presentar la hojita. Pero ya en tierra nadie te la pide. ¿Se acuerdan
cuando llenábamos formas migratorias que nunca sabíamos qué hacían con ellas?
Pues peor, porque acá tú mismo la tiras a la basura. ¿Es esto la nueva
normalidad o la vieja disfuncionalidad de los trámites en México?
Viajar. Ese
caro anhelo, más aún por el encierro recomendado para prevenir contagios. Hoy,
viajar por avión somete al pasajero a nuevas dosis de paranoia y estrés.
Cubrebocas, gel y pantalla. Uno no quiere contagiarse, pero tampoco ser foco de
contagio. Si la hojita esa sirviera, quizá –más allá de la aerolínea– alguna
instancia podría avisarnos si en nuestro traslado hubo alguien que resultó
positivo a los pocos días del vuelo. Pero si la hojita la tiré, y si yo no
reportara mi padecimiento, ¿alguien más sabría? ¿Se podría activar la alarma?
En el vuelo
de regreso te enteras que puedes llenar el formulario –no más hojita– mediante
código QR. Esto tiene más lógica. Las autoridades saben que viajaste, en qué
vuelo y cuándo. Estás obligado a mostrar que llenaste el formulario electrónico
antes de abordar y, sobre todo, nadie necesita pedir el código a nadie más: las
autoridades saben dónde estuviste. ¿Las secretarías de Salud, tan malas como
han sido para hacer pruebas y tan omisas que son para intentar rastreos, harán
algo con la información que ya uno les dio vía internet?
Muchas
ciudades del país necesitan que la gente las visite para que parte de su
economía se reactive. No estoy de acuerdo en que se haga la Feria Internacional
del Libro de forma presencial, pero entiendo la resistencia a cancelarla desde
ya (pues no sólo es el grupo de la Universidad el que sufriría pérdidas, sino
Guadalajara completa: los días del año que más cuartos de hotel se rentan, los
miles de viajes en taxis o Uber’s cancelados, los millones que no se gastarán
en restaurantes y servicios varios).
El dilema no
debería estribar entre quedarse en casa o “ser valiente” y salir de viaje. Una
vez más nos hace falta una política pública medianamente funcional, que
implique pruebas y capacidad de rastreo, que piense en minimizar riesgos y en
bajar costos.
Si alguien
que viaja luego resultase positivo con síntomas, es un imperativo ético
notificar a quienes vio o visitó de su condición covidiana. Pero dejar eso al
individuo es incorrecto.
Por qué no,
si privilegiamos la vía electrónica (y dejamos las “hojitas” para personas de
bajos recursos sin celular de última generación), poner un correo electrónico a
la semana para monitorear a esos viajeros (si uno miente u oculta la verdad a
una autoridad estaría metiéndose en un problema no sólo ético). Por qué no
incentivar las pruebas diseñando alternativas de pruebas baratas (gratuitas
para quien pueda demostrar que es viaje de necesidad, no de placer), para que
aquellos que pretendan viajar puedan hacerse una revisión a priori y a
posteriori.
Se trata de
buscar que lugares como Oaxaca capital, desde donde redacto estas líneas,
tengan más pronto más gente, pero que esa gente no traigamos, además de unos
cuantos pesos a la alicaída industria hotelera y gastronómica, enfermedad.
Se trata de
no esconderse al viajar, sino al contrario: evitar que el estigma de ser un
viajero en tiempos de Covid no se traduzca en riesgos que pudieran o prevenirse
o atajarse a tiempo.
La pandemia
no se irá de un día para otro. Y en todo caso nuestra economía, y si me apuran,
nuestra salud mental, no aguantará a que esa fecha llegue.
Abrir, o
viajar, no debería ser un asunto de “intrépidos” o “irresponsables”. Si el
gobierno federal estuviera en lo suyo y no en denostar las 24 horas del día,
quizá podría diseñar mecanismos para que más gente pudiera apoyar a otra gente,
viajando, sin por eso estar jugando todos a la ruleta rusa implícita en las
hojitas de síntomas de Covid-19 que nadie recoge, revisa, sistematiza y utiliza.
Nadie.
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