Dolia
Estévez.
La reciente
amenaza de Trump de imponer peaje en el cruce de México a Estados Unidos y
gravar las remesas de los mexicanos para pagar el muro, marcó el inicio de lo
que serán 10 semanas de retórica racista y antimexicana para tratar de repetir
la hazaña que lo llevó a la presidencia hace cuatro años. La viabilidad legal y
política de las propuestas es menos importante que el efecto anímico que tengan
sobre su base dura.
El amago
encontró oídos sordos en el gobierno de la 4T que persiste en ignorar los
insultos que vienen del norte, al margen del menoscabo de la dignidad nacional,
con tal de no provocar la furia del león acorralado.
Miles
Taylor, ex funcionario del Departamento de Seguridad Interna de 2017 a 2019,
hizo una serie de revelaciones sobre los arrebatos de “locura” de Trump la
semana pasada. Taylor, quien recientemente rompió con el partido Republicano,
reveló la dinámica interna que atestiguó en la Oficina Oval y otros lugares
privilegiados del poder en torno a lo que describió como la enfermiza obsesión
de Trump con el muro y la inmigración indocumentada.
Trump solía
irrumpir con demandas absurdas que quería se consumaran ipso facto, Taylor
narró. Una de esas fue ordenar el cierre inmediato de la frontera de California
con México en una reunión en el Despacho Oval en marzo de 2019 porque, dijo
Trump, según Taylor, convenía más políticamente que cerrar los cruces en Texas
y Arizona, ya que California es territorio demócrata. La misma lógica aplicó
Trump cuando dio la orden de arrojar a los indocumentados en las ciudades santuario
y estados gobernados por demócratas. Políticamente era más redituable.
En otra
ocasión, en febrero de 2019, en medio de temas urgentes para la seguridad de
Estados Unidos, Trump ordenó a funcionarios del Departamento de Seguridad le
dieran un informe sobre el color del muro. Le interesaba particularmente
conocer los méritos del uso de la pintura en aerosol y cómo iban a recubrir la
estructura de acero. En otra ocasión, llamó a media noche para pedir se
afilaran los picos en la parte superior del muro para que el desgarre en la
piel de los inmigrantes que intentaran treparlo fuera más doloroso y preguntó
cuánto iba a costar hacerlos más filosos (The Washington Post, 18/08/2020).
La locura
antinmigrante de Trump convirtió a la súper secretaría, creada tras los ataques
terroristas de 2001 para proteger la seguridad nacional de actores externos, en
una agencia persecutoria de indocumentados. El resto de la agenda sobre
seguridad interna pasó a segundo plano. El ex funcionario sostuvo que Trump no
tiene interés en saber sobre terrorismo doméstico o interferencia rusa en
asuntos internos. Sólo muro e indocumentados.
Taylor no ha
sido desmentido por la Casa Blanca. El Departamento de Seguridad Interna dijo
que era oportunismo electoral.
Por más
baños de pureza que hoy se dé y por reveladora que sea su denuncia, Taylor no
hace mucho fue fanático devoto del proyecto antinmigrante del presidente que
delata. Por algo fue que la entonces secretaria de seguridad Kirstjen Nielsen,
su jefa, le dio la autoridad para negociar secretamente con Javier López
Casarín, mano derecha de Marcelo Ebrard, el infame programa “Quédate en México”.
La negociación entre Taylor y López Casarín se decidió en un viaje secreto de
Ebrard a Houston en noviembre de 2018 para reunirse con el secretario de Estado
Mike Pompeo y Nielsen, antes de la toma de posesión de Andrés Manuel López
Obrador (Border Wars, Inside Trump´s Assault on Immigration, Julie Hirschfeld y
Michael Shear).
Definir los
detalles, tiempos y cifras de inmigrantes implicó un intenso ir y venir secreto
entre la ciudad de México y Washington, D.C. por parte de Taylor y López
Casarín, extraño personaje que no es funcionario gubernamental pero que actúa
como si lo fuera por obra y gracia de Ebrard. Las pláticas tuvieron lugar en
cuartos de hotel, restaurantes y bares, pero no en oficinas del gobierno. La
clandestina gestión coincidió con la inauguración de AMLO a la que asistieron
Nielsen y Taylor.
Taylor logró
que el emisario de Ebrard cediera a la exigencia de Trump de servir de sala de
espera de los centroamericanos que buscan asilo en Estados Unidos. Ebrard se
creyó las promesas que le hizo el camaleón de Taylor a nombre de Nielsen y
Pompeo de que, a cambio de las concesiones, Washington les daría asilo tras su
espera en México e invertiría 10 mil millones de dólares en Centroamérica.
México cumplió. Washington no.
Taylor no
respondió a mi petición de entrevista pese a que ha estado hablando a diestra y
siniestra con medios estadounidenses tras su deserción. Ha dicho que va a votar
por Joe Biden porque está hastiado de las “locuras” de Trump.
El
sorpresivo arresto de Steve Bannon, cerebro de la estrategia xenófoba que llevó
al triunfo de Trump, es otra prueba de la obsesión del presidente y su cábala
con el tema del muro. La semana pasada, Bannon fue acusado de fraude y lavado
de dinero en una trama de recaudación de fondos presuntamente para pagar por la
construcción del muro. Sorprendido a bordo de un yate de lujo en las costas de
Connecticut, el ex estratega presidencial en el primer año de Trump, se declaró
no culpable y salió bajo fianza tras pago de 5 millones de dólares. De ser hallado
culpable en una corte en Nueva York, la pena máxima serían 20 años de cárcel
por cada uno de los cargos de fraude y lavado que se le imputan.
Desear la
reelección de Trump como lo hacen muchos en la 4T es no entender nada. No es
cuestión de estar del lado de los demócratas sino del sentido común. Los
demócratas pueden ser arrogantes y Biden no ser carismático. Sin embargo, son
la única opción a cuatro años más de un presidente cruel y perturbado, con
probados delirios de emperador y profundamente inepto, y de un partido
Republicano cobarde y sin principios. El país no resiste más. Dice el viejo
proverbio que aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven
loco. Se sabrá el 3 de noviembre.
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