Ricardo
Ravelo.
Las
declaraciones rendidas por Emilio Lozoya y la denuncia de hechos en contra el
expresidente Enrique Peña Nieto y el excanciller Luis Videgaray, presentadas
ante la Fiscalía General de la República (FGR), exhiben el lado más sucio de la
política mexicana.
Las
prácticas perversas utilizadas durante el Gobierno de Peña Nieto son lo más
alejado de la política en estricto sentido y exhiben el retroceso de ciertos
hombres del poder, a grado tal, que parece que vivían en el Neolítico, cuando
la sociedad comenzó a organizarse.
En aquel
periodo prehistórico –etapa plagada de abusos donde se imponía la ley del más
fuerte o del mejor preparado– se entendían los abusos porque no había marcos
legales ni sistemas de organización social, todo estaba por construirse; lejos,
muy lejos estaba la democracia, sistema que, a decir verdad, ni en Grecia se
utilizó en todas las polis –su práctica fue parcial y no total– como sí ocurrió
después de la Revolución Francesa.
Lo que
exhibió Emilio Lozoya ante la FGR es una revelación que en realidad no debe
escandalizar. No dice nada nuevo, ni un pedazo de verdad que no conozcamos
respecto de cómo ha funcionado el sistema político mexicano, regido por el
compadrazgo y la corrupción; una suerte de asalto en pandilla sexenal cobijado
por el pacto de impunidad, una ley no escrita que rige el ejercicio de la
política y del poder en México.
Resulta
curioso adentrarse a los detalles desgranados por Lozoya, por ejemplo, cuando
afirma que se utilizaron unos 100 millones de pesos para sobornar a
legisladores –diputados y senadores– a fin de que, sin cortapisas, aprobaran la
Reforma Energética, el marco regulatorio e instrumento para que el Gobierno
encabezado por Peña Nieto entregara la riqueza energética, mediante contratos
amañados, a los intereses de empresas privadas extranjeras.
La entrega
de dichos fondos, según su dicho, fueron acordados por el entonces Presidente
Peña Nieto, Luis Videgaray –y él mismo como titular de Petróleos Mexicanos
(Pemex)– para acelerar la aprobación del paquete de reformas que el entonces
mandatario festinó a boca llena como un gran paso a la modernización del país.
Y felicitó a los legisladores por pensar en los intereses nacionales. El
cinismo sin fronteras.
Cuando
afirmo que, fuera de estos detalles, no hay nada nuevo en las declaraciones de
Lozoya es porque a muy pocos sorprende que desde la Presidencia de la República
se haya sobornado al Congreso –o a buena parte de los legisladores que
conformaban la pasada Legislatura– porque ha sido una práctica recurrente en
México.
A nivel
estatal, por ejemplo, es posible que haya ocurrido lo mismo cuando los
diputados locales ratificaron la Reforma Energética porque en cada entidad el
Gobernador en turno designa al líder del Congreso y éste recibe órdenes del
mandatario estatal. Si hay una oposición numerosa, recurren a la práctica de
lubricar la tarea legislativa con dinero para que los diputados decidan con
base en “los intereses nacionales”, nada más alejado de la política, distante
el llamado “bien común” que consigna la ciencia política en su esencia y/o
teoría teórica.
Otro ejemplo
de esa práctica sucia es la polémica Ley Bonilla, anulada por la Suprema Corte,
impulsada en Baja California por el entonces Gobernador Francisco Vega
Lamadrid, según denuncias públicas, mediante sobornos millonarios para los
diputados locales.
La historia
que nos cuenta Emilio Lozoya, con independencia de algunas revelaciones, lo
exhiben como un verdadero títere. Fue la marioneta, el cómplice de Enrique Peña
Nieto para cometer los actos de corrupción que ahora denuncia –el caso
Odebrecht y la compra fraudulenta de la planta Agronitrogenados– y, por si
fuera poco, ahora se pone en manos de su nuevo titiritero– el Gobierno de la
Cuarta Transformación– para denunciar actos de corrupción a cambio de salvar el
pellejo y el de su familia cuando la FGR y él como testigo saben de antemano
que los delitos de que acusa a Peña y a Videgaray ya están prescritos.
Esto no
quiere decir que los delitos no se hayan cometido. ¡Claro que se cometieron!
Pero de lo que se trata es de desenredar los detalles y tender una enorme
cortina de humo que acompañará al Gobierno de López Obrador de aquí hasta el 2
de julio de 2021, cuando se celebren las elecciones intermedias.
Y es que un
Gobierno que carece de resultados y navega entre las arenas movedizas de
enormes crisis como la violencia del crimen organizado, el oscuro trance de la
economía, la pobreza y la imparable mortandad causada por la COVID-19 –un
verdadero cataclismo–, el Gobierno de López Obrador tiene que recurrir forzosamente
a un teatro de marionetas como el que se ha montado con Lozoya.
Como show es
bastante divertido, aunque muchos medios de comunicación creen a pie juntillas
que esta investigación va en serio y hasta alucinan con ver a Enrique Peña
Nieto en la cárcel. Que no se nos olvide que la política es un teatro, un juego
y en estricto sentido un arte que consiste en negociar. Hasta los próximos
encarcelados ya están negociados de antemano. Y aquí vale la pena citar al
dramaturgo irlandés, Oscar Wilde, quien en los tiempos aciagos que vivió cuando
fue perseguido por su homosexualidad expresó: “Ni lo fortuito me sorprende”.
Peña Nieto
no irá a la cárcel, pero seguramente alguien que formó parte de su equipo
podría pisarla. Sin embargo, esto no sería nada fortuito sino producto de una
negociación incluso con el futuro encarcelado. En política como en el crimen
organizado, todo es posible.
Basta
recordar una historia que le pone sentido a esta reflexión: Cuando Miguel de la
Madrid fue ungido candidato a la Presidencia de la República, a principios de
1982, se reunió con Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, entonces poderoso
líder del sindicato petrolero.
Hábil en el
arte de la marrullería, “La Quina” siempre ablandó a los candidatos
presidenciales –desde Luis Echeverría hasta José López Portillo– con el cuento
de que ya estaba cansado y pensaba dejar el poder. Todos, sin excepción, le
dijeron: “No, Joaquín, espérate un poco más”. Y él, obediente, respondía: “Lo
que usted mande, señor Presidente.
Tocó el turno
a Miguel de la Madrid. Hernández Galicia lo invitó a Ciudad Madero, Tamaulipas,
su feudo. En una caminata, “La Quina” –quien no quería dejar el sindicato–
soltó el ardid: “Señor Presidente, quiero comentarle en confianza que ya he
pensado en retirarme, ya estoy muy cansado y creo que es tiempo de dejar el
gremio”.
De la Madrid
guardó silencio. “La Quina” retomó el tema con la voz tan suave como un minué.
El abanderado del PRI siguió sumido en el mutismo. De inmediato por la mente
del líder petrolero desfilaron muy negros presagios. Corrió a comentarle a
Salvador Barragán Camacho, su hombre de confianza, lo sucedido y rápido
urdieron otro plan. La construcción imaginativa de que venía lo peor los
enloqueció.
Sabían que
la llamada Renovación Moral era el arma fuerte de Miguel de la Madrid –al final
de ese sexenio la renovación moral resultó una gran farsa, un teatro– y que era
posible que empezara por el sindicato petrolero. Barragán Camacho mandó llamar
con urgencia al tesorero del sindicato, Héctor García Hernández, “El Trampas”,
uno de los hombres más corruptos de la historia de ese gremio, quien por cierto
falleció el pasado 27 de abril en Coatzacoalcos, Veracruz.
Le dijo: Tú
serás ejemplo de la renovación moral de nuestro sindicato, nos vamos a adelantar.
Y le contó: Te vamos a ofrecer en holocausto para aparentar la renovación moral
en nuestro gremio. Y enseguida le detalló el plan: Te destituimos, te acusamos
ante las autoridades, huyes, le echamos tierra al asunto y en dos años vuelves.
Y “El Trampas”
aceptó.
Era una
regla de oro en el sistema priista y en el actual no parece haber cambios. Este
Gobierno es una continuidad maquillada del pasado. López Obrador es un hombre
del sistema: el sistema lo hizo, le permitió crecer y llegar al poder. Él
conoce esta regla de oro. Seguramente habrá presos por la corrupción orquestada
durante el Gobierno de Peña Nieto, por citar sólo al penúltimo Presidente, pero
si eso ocurre ya es un tema acordado. Por eso Peña Nieto ordenó a los
gobernadores no meter las manos en el proceso electoral del 2018 y, así, le
abrió el camino a López Obrador. ¿Esto quiere decir que Peña Nieto resultó un
demócrata? ¿O Hubo pacto?
La Cuarta
Transformación necesita vida y el show es vida, de otro modo sería muy aburrido
sólo escuchar las mañaneras con el mismo sonsonete. Tienen que variar ese bajo
obstinato y el caso Lozoya les permite variar la tonada.
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