Martín
Moreno.
- ¿¡Pues
quién me los está mandando!?, reclamó enfurecido Andrés Manuel López Obrador en
Veracruz a mediados de junio, después de subir apresurado las ventanillas de su
camioneta y dejar atrás los reclamos enérgicos de manifestantes que con
pancartas, gritos y golpes a la unidad, exigían hablar con el Presidente quien,
olímpicamente, los ignoró.
Y es que los
reclamos públicos a AMLO se multiplican y brotan, inevitables, en cada estado
que ha visitado en los últimos meses. A Veracruz hay que sumarle San Luis
Potosí, Morelos, Tabasco, Sonora, Hidalgo y cualquier sitio que visita. Las
protestas ante el presidente ya son parte del paisaje político de las giras.
Cómo estará el descontento ciudadano que hasta en su natal Macuspana la sonrisa
se le congeló al ser recibido con gritos y pancartas de protesta: ¿Dónde está
la Cuarta Transformación? ¡Lo estamos esperando como aguacero de mayo! (El
Heraldo de Tabasco. Jesús Manuel Domínguez. 1/Marzo/2020).
A López
Obrador le llueven – literal – quejas y más quejas cada vez que se va de gira.
Le reclaman desempleados, despedidos, padres de niños con cáncer, familiares de
desaparecidos, parientes de víctimas de la violencia, ciudadanos sin atención
médica, mexicanos que se sienten inseguros, cercanos a enfermos de coronavirus,
empresarios, comerciantes, campesinos, madres solteras, por feminicidios, y
muchos más.
El reclamo
ciudadano en ascenso era algo que no imaginaba López Obrador en apenas 20 meses
de Gobierno. No estaba en su horizonte. Creyó que la fiesta de su elección en
julio de 2018 iba a ser eterna, y le fallaron los cálculos. Estaba acostumbrado
al aplauso. Sin embargo, del apapacho popular pasó al rechazo ciudadano
generalizado: en la reciente encuesta de GEA-ISA, un 58 por ciento de
ciudadanos desaprueba a AMLO. Y eso lo ha desquiciado.
Al
Presidente se le ve molesto. Desubicado. Desencajado. No sabe cómo reaccionar
ante la furia ciudadana, bien fundada y justificada por los resultados
catastróficos en economía, seguridad, salud, y una pandemia fuera de control.
AMLO se está
hartando del descontento popular, y eso es evidente. Se le nota en el rostro.
Se refleja en sus expresiones. Se le remarca en sus palabras.
El pasado
siete de agosto prefirió bajarse por la puerta trasera del avión que lo
regresaba a la Ciudad de México, tras una gira de trabajo, para evitar posibles
reclamos.
La realidad
terca y rotunda rebasa a López Obrador. Y lo apabulla.
Las diversas
crisis de su gobierno lo han exhibido.
La dura y
amarga realidad lo tiene arrinconado.
Desde
mediados de mayo, en plena pandemia en ascenso, con los muertos cayendo como
moscas y los contagiados multiplicándose por miles, López Obrador reunió a su
equipo cercano en Palacio Nacional y les dio la orden: reiniciar giras y
mítines en los estados, a pesar de la recomendación de la OMS y de la propia
Secretaría de Salud de evitarse reuniones multitudinarias o conglomeraciones
para evitar contagios masivos. Nadie lo contradijo. López-Gatell agachó la
cabeza entonces y calló para no contrariar a su jefe.
¿Por qué le
urgía a AMLO retomar sus giras al interior del país?
Sencillo:
para reposicionar su figura política y volver a la brecha a que la gente lo
arropara, sentir al pueblo y sentirse suyo, ser vitoreado, aplaudido,
endiosado. La pandemia le pegaba en las encuestas y su nivel de aceptación
ciudadana bajaba de manera irremediable.
De ahí, que
AMLO ordenara regresar a las giras. Calculaba que los baños de pueblo que tanto
goza y que tanto explota, lo reposicionarían en las encuestas y todo volvería a
ser como antes.
Pero el
cálculo le falló.
Del apapacho
popular, pasó al rechazo ciudadano.
Tan sólo
bajaba del avión, comenzaban los reclamos. Las protestas. El convoy
presidencial es – hasta la fecha – interceptado y bloqueado por manifestantes,
quienes enojados y desesperados por la mala situación del país, le exigen
respuestas al Presidente. Pero no ha habido tales. AMLO ha preferido subir el
vidrio de su camioneta blindada, fruncir el ceño, huir y encerrarse en su
realidad alterna.
Del “¡es un honor,
estar con Obrador!”, se pasó al “¡solo atiendes a la mamá de ‘El Chapo’!”.
Y eso tiene
perturbado al Presidente, cuyas giras le resultaron un bumerang: en vez de
aplausos, reproches; en vez de palmadas, golpes a su camioneta; en vez de
felicitaciones, hay reclamos.
Son el
resultado innegable de las varias crisis que han estallado por malas decisiones
del Gobierno actual: la crisis económica que comenzó desde 2019, mucho antes de
la llegada del coronavirus que sólo llegó a darle la puntilla al renglón
económico; los recortes brutales e insensibles en apoyos a mujeres y niños; el
desempleo; la falta de respaldo financiero a negocios y micros, pequeñas y
medianas empresas; la inseguridad galopante; la ausencia de atención médica
adecuada por la COVID-19, y varias crisis más.
A AMLO se le
olvidó una máxima de la política: el poder desgasta.
En sólo 20
meses de Gobierno, el México que AMLO dejó en 2018, ya no es el mismo del
México del 2020.
En un
suspiro, a López Obrador le cambiaron a México.
En casi un
tercio de su sexenio, un México que lo festejó en 2018, hoy le reclama y le
reprocha su mala administración.
Por eso, el
Presidente ya no soporta la realidad que está viendo y sufriendo.
Todo aquel
político que sufre de incontinencia verbal, tiene dos problemas: su propia
lengua, y su propia realidad. Y precisamente esa realidad alterna que dibuja en
mente y discurso, es en la que AMLO se refugia para evitar la realidad de carne
y hueso que se padece en las calles de prácticamente todo el país, y que el
Presidente quiere negar con sólo cerrar los ojos.
Un discurso
presidencial imaginario ante una realidad dolorosa.
Una realidad
presidencial virtual, para fugarse de una realidad en blanco y negro.
Una pésima
estrategia para cualquier político y su país: negar la realidad y esconderse en
su propia realidad.
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