Dolores
Padierna.
Odebrecht,
a través de su filial Braskem y en alianza con la mexicana Idesa, consiguió un
contrato de suministro de etano en condiciones extraordinariamente favorables
para su filial Etileno XXI, en Coatzacoalcos, Veracruz. Odebrecht lo hizo
siguiendo la fórmula que ya había empleado en otros países del continente e
incluso en África: distribuyó sobornos entre altos funcionarios del gobierno de
Felipe Calderón.
A cambio, Pemex
firmó un contrato que ha significado importantes pérdidas para la hacienda
pública. Dicho de otro modo, los mexicanos de 2020 seguimos pagando la
corrupción calderonista.
Enrique
Peña Nieto ganó la elección de 2021 a puro billetazo. Enseguida nombró a Emilio
Lozoya director general de Pemex, no por su talento, sino porque desde la
campaña se había hecho cargo del sector y tenía que cumplir, ya en el cargo,
con los compromisos adquiridos con quienes financiaron la campaña.
“No me
dé, póngame donde haya”, decían cínicamente los priistas de antaño que, por lo
visto, han sido superados ampliamente por sus herederos, que resultaron más
voraces que ellos.
En plena
campaña, Lozoya fue el vehículo para que Odebrecht pagara los asesores
extranjeros de Peña.
Ya en el
poder, entre 2012 y 2016, operó negocios turbios con los amigos o aliados de
Peña Nieto, como la compra de un complejo petroquímico inservible
(Agronitrogenados) y una empresa al borde de la quiebra (Fertinal).
Las
revelaciones y el video aparecidos en estos días dan cuenta de lo que hubo
detrás de la supuesta “voluntad política” y “visión modernizadora” del Pacto
por México y las llamadas reformas estructurales.
No había
auténtico consenso sino vil negocio en el Congreso que aprobó tales reformas
entre 2013 y 2014.
Un trozo de
la historia está en los 120 millones de pesos que el exdirector de Pemex
asegura haber entregado a cinco senadores y un diputado, así como en otros 84
millones que fortalecieron las convicciones de los mismos legisladores y el
secretario de finanzas de un partido.
Doscientos
millones más sirvieron para enaltecer la labor legislativa en la aprobación de
la reforma electoral.
Lo grave
es que son solo ejemplos, retazos de un sexenio en el cual el saqueo y los
negocios multimillonarios fueron la norma.
En busca de
un acuerdo que lo beneficie –junto a sus familiares, a quienes inmiscuyó en la
trama corrupta–, Lozoya ha señalado que actuó por órdenes del presidente y
el titular de Hacienda.
Las
revelaciones se han extendido al sexenio de Calderón y también a la influencia
transexenal de Carlos Salinas de Gortari, quien habría participado en un
esquema de tráfico de influencias en el caso de Agronitrogenados.
Algunos
analistas pretenden equiparar las investigaciones que se llevan a cabo
actualmente –los casos de la ‘Estafa Maestra’, de Alfonso Ancira y Juan
Collado, así como el multicitado de Lozoya– con los ajustes de cuentas
sexenales del pasado.
No hay
comparación que valga, porque aquí no estamos frente al típico chivo expiatorio
que ayuda a apaciguar los gritos en la arena, sino frente a la confirmación de
que el sistema político que estamos desmontando se erigía sobre redes de
complicidades que permeaban todas las estructuras de poder, de arriba a abajo y
de un lado a otro.
La trama
Lozoya, en efecto, revela que la asociación delictuosa entre altos
funcionarios y consorcios empresariales, así como el financiamiento ilícito de
las campañas (evidente y denunciado, ignorado por autoridades electorales que
se dicen defensoras de la democracia).
La
elección de 2018 fue el primer gran paso para sacar a la cleptrocracia
gobernante.
Hoy la
justicia comienza a procesar a la clase política empresarial podrida que
mantuvo secuestradas a las instituciones del país por más de tres décadas, que
se enriqueció groseramente con los recursos de la nación.
México
espera atento y vigilante que se aplique a fondo la justicia, sin excepciones,
sin reservas ni componendas. La restauración del Estado de derecho y la
democracia pasa por clarificar y exhibir la espesa corrupción de sexenios
anteriores y castigar a los culpables. No hay de otra.
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