Pablo Gómez.
El mayor
problema de algunos economistas y no pocos periodistas, así como de muchos
políticos, es creer que vivimos una crisis económica en vez de un parón por
decreto de Estado.
No puede
haber crisis económica sin biografía. Todas inician antes de que las personas
puedan darse cuenta del carácter de sus precursores. Siempre hay fenómenos
económicos y sucesivas decisiones políticas que al final llevan a una crisis.
No
conviene confundir un parón económico por decreto con una crisis económica. El
primero es consecuencia de una decisión de gobierno, mientras el segundo es
resultado de una compleja relación entre múltiples factores, con frecuencia
estructurales, acumulados paulatinamente.
Este
asunto no tendría relevancia si no fuera por la necedad de analizar la caída
decretada de la producción y los servicios a través de métodos y herramientas
surgidos de las crisis económicas. Como se trata de dos situaciones diferentes,
se ha producido un problema epistémico. Es decir, hay formas diferentes de conocer una realidad
nueva sólo aparentemente igual a otras anteriores. Mas la baja del PIB en la
dimensión en curso, como producto de un decreto, no es un fenómeno desencadenado
y desencadenante.
La mitad
de los empleos suspendidos durante tres meses se recuperó en un mes. Pocos
creyeron que eso pudiera ocurrir porque sólo recuerdan las crisis económicas,
pero no los parones decretados por pandemia, el último de los cuales quizá fue
en 1918.
No obstante,
frente a la baja de la producción y los servicios se sigue proponiendo que
el gobierno se endeude mucho más de lo programado para cubrir la entrega de
inusitados subsidios fiscales y ofrecer garantías sobre créditos privados. Desde
las oposiciones, nadie propone que se invierta más en infraestructura. Por el
contrario, se quiere que se desinvierta en los proyectos en curso en aras de
brindar subsidios en el pago de impuestos.
La idea
de un mayor endeudamiento público sigue en la primera línea de la discusión
doméstica debido a la insistencia de la patronal y de las oposiciones
políticas. Esto ocurre sin que los proponentes consideren la prohibición
constitucional de contratar crédito para cubrir gastos que no sean de inversión
productiva.
Como la
Constitución no sirve para los propósitos del endeudamiento extraordinario,
veamos si el nuevo mega crédito propuesto pudiera ayudar a la economía a
mediano plazo. Los activos de mexicanos en el exterior, menos los activos
mexicanos en poder de extranjeros, incluida la deuda correspondiente, tiene un
déficit de 52.1%. O sea, los mexicanos tienen afuera poco menos de la mitad de
lo que poseen los extranjeros en activos mexicanos (Posición de Inversión
Internacional Neta –NIIP-). Menos mal que no estamos en el déficit de 73.5 que
tiene España, cuya deuda pública ya rebasó el 100% de su PIB.
Esta
situación es “manejable” a la luz de otros indicadores, según consideran los
analistas del Fondo Monetario Internacional (FMI). Sin embargo, la prima de
riesgo neta de la deuda de México es muy alta, mayor que la de España. Eso es
lo que le duele a los mexicanos porque pagan más por lo mismo. El FMI parece
soslayar que las migraciones de capital desde México no regresan al primer
estímulo, pues se realizan pensando en un futuro indefinido, como lo ha
demostrado la escasa respuesta a las amnistías fiscales ilegalmente decretadas
por el gobierno anterior. Además, los bonistas domésticos se comportan con
frecuencia como externos, así que los acreedores del Estado mexicano residentes
en México pueden al día siguiente aparecer con una cuenta en alguna financiera
estadunidense, como si fueran extranjeros, lo cual se observa con harta
frecuencia desde aquel 1982, cuando “ya nos saquearon”. Tenemos mercados integrados
pero muy diferenciados. El mismo FMI insiste, respecto de México, que “los
grandes pasivos brutos de la cartera extranjera (y buena parte de la nacional,
habría que agregar) son fuente de vulnerabilidad en situación de volatilidad
financiera global.” Lo sabemos de sobra.
Al margen de
esta situación, el NIIP no es tan malo para un país como México. Sin
embargo, ayuda a generar unas tasas de interés usurarias. Cuando en Europa y
Estados Unidos el interés ronda el cero por ciento, México, con 3% de
inflación, tiene una carga pesada que ha orillado a un superávit primario en el
presupuesto, lo cual indica que el Estado está recogiendo de la sociedad más
dinero que el devuelto a ella. Todo en aras de contener la carga de la deuda
que tiende a reproducirse incesantemente por sí misma. La cuestión no reside en
cuánto debes sino en cuánto pagas de intereses. Si se decreta una explosión del
débito, pronto habrá otra del pago de altos intereses y, entonces, se tendrían
que reducir inversiones públicas y gasto social. Ya está cantado por parte de
varias calificadoras internacionales que México perderá el próximo año el
‘grado de inversión’ debido al débito petrolero, es decir, aconsejarán
no adquirir y deshacerse de bonos mexicanos.
El
crédito neto es un anticipo de ingresos y, en términos económicos (empresarial
o estatal), la ocasión de ampliar la inversión siempre que su resultado permita
cubrir el llamado costo financiero (compartir ganancias con los dueños del
dinero), pero, al mismo tiempo, dejar puesto un valor mayor. Si, por el
contrario, el monto de los intereses rebasa la ganancia, entonces se trabaja
exclusivamente para el prestamista y se arroja una pérdida. Este problema se
resuelve en el plano de la economía pública cuando los empréstitos detonan el
crecimiento, en forma directa o indirecta, para generar más producción y, por
esa vía, una mayor masa de impuestos, siempre por encima de los intereses
pagados. Pero eso es justo lo que no ocurre cuando el Estado destina el débito
a cubrir consumos improductivos. Es por tal razón que esto último no está
permitido en la Constitución, la que al respecto siempre fue violada.
El Fobaproa
(IPAB) fue un nuevo endeudamiento por 100 mil millones de dólares,
absolutamente inconstitucional. Deudas privadas convertidas en públicas por
decreto del Congreso. ¿Cómo se “detonó” la economía? De ninguna forma, como no
fuera con una restricción del gasto programable. La alternativa no era dejar
que los dos bancos grandes que seguían vivos quebraran finalmente, sino que los
activos inyectados por el gobierno no fueran regalos sino inversiones públicas
en acciones bancarias sin derechos corporativos, cuyas regalías se acumularan
hasta el momento de su amortización. Con el resto de los bancos que sí
quebraron, el Estado formaría uno solo para resarcir quebrantos a través del
tiempo. Esas propuestas, que presenté en la Cámara de Diputados, fueron
consideradas estrafalarias, según afirmó José Ángel Gurría, entonces secretario
de Hacienda. Japón, y luego Estados Unidos, sí hicieron eso con medianos
resultados, pero al menos no perdieron tanto como México. Más de 20 años
después seguimos pagando intereses mes con mes, pero Bancomer y Banamex (BBVA y
City Bank), poseedores de bonos Fobaproa, disfrutan de enormes ganancias,
porcentualmente mayores que las de sus sedes en Madrid y Nueva York. En México
no hemos tenido banca propiamente dicha sino usura. Así funcionan los esquemas
monopólicos con ausencia de regulaciones del Estado.
El FMI,
que también ha estado indicando que México tome crédito internacional, plantea
que el gobierno lleve a cabo dos acciones: 1) reformas fiscales inclusivas y a
favor del crecimiento, y 2) revitalizar las reformas estructurales a mediano
plazo para mejorar la competitividad y el clima de inversión.
En el
primer tema, el Congreso debería revisar los gastos fiscales para eliminar
viejos privilegios que nunca se han justificado. Sin embargo, la política del
gobierno aconseja esperar para hacer un ajuste en las tarifas sobre la renta,
hacia arriba en los ingresos altos y a la baja en los medios.
En cuanto al
segundo tema, sería muy difícil que cuando Pemex tiene ya un 23% de
rendimiento (antes de impuestos y costo de la deuda), frente a 17% de Chevron,
12% de Total y 10% de ENI, BP, Repsol y Exxon, tuviéramos que volver a intentar
matar a la gallina, que además tiene los menores costos de operación (68%) en
relación con las grandes petroleras mundiales (85%). Toda la deuda de Pemex es
del gobierno desde hace casi 40 años. Para contratar ilegalmente créditos para
gasto corriente, los presidentes le quitaban a Pemex la mayor parte de sus
ingresos y le obligaban a realizar sus inversiones con operaciones de deuda,
las cuales hubieran sido innecesarias bajo un régimen fiscal diferente, sin
dejar de recoger participaciones para el Estado. Así que ahora Pemex tiene que
hacer malabares para cubrir intereses sobre lo que en verdad no debe, para
solventar ilegalidades de los gobiernos anteriores que se fueron sin pagar.
Para hablar
de endeudamiento excesivo, la experiencia de Argentina es aleccionadora, con
nueve ‘default’ en su historia. El último ha culminado mediante un acuerdo con
los acreedores extranjeros. Argentina no podía pagar los intereses de su deuda
externa, con una tasa media de interés de 7% (mayor de la mexicana). Se ha
llegado al acuerdo de reducir el monto del débito en poco más de la mitad y
ubicar los intereses en 3%, lo cual conduce a dejar de pagar 30 mil millones de
dólares durante los próximos 10 años.
La deuda
pública central total de Argentina, unos 400 mil millones de dólares, es
equivalente a 90% de su Producto Interno Bruto (en México es de 52%). Aquel país del sur lleva tres años
en recesión con una devaluación de 80% en los últimos cinco años. Su anterior
presidente contrató 44 mil millones de dólares con el FMI, los cuales se
destinaron principalmente a ‘defender’ el peso, es decir, a cubrir la compra de
dólares que se fueron de regreso con el eterno agradecimiento de los más ricos
del país.
Lo peor
no estriba en los números macroeconómicos sino en el inmenso costo de esa
crisis en términos sociales: otro volver atrás. Esta historia no es diferente a
otras vividas en América Latina, México incluido, donde a partir de los
tesobonos (que no eran otra cosa que deuda en dólares) se precipitó alguna vez
(1994-95) una crisis financiera internacional denominada ‘Efecto Tequila’, pero
conocida dentro del país como “el error de diciembre”. Emigraban los dólares
hacia el norte mientras el Estado iba perdiendo capacidad para garantizar el
cambio de moneda. Como había ocurrido en 1982, no había con qué pagar. El peso
cayó, las tasas internas de interés se revolucionaron, los deudores debían
súbitamente más que el importe del préstamo original, la producción disminuyó
(el famoso PIB), los bancos quebraron, la inflación acabó con gran parte de los
ahorros líquidos y disminuyó la capacidad adquisitiva de los salarios. Al
final, México hizo reconversión de deudas, pero ya había cosechado desgracias
pocas veces vistas.
Para volver
al tema de inicio de este artículo, México no debería cometer los mismos
errores que suelen verse en las crisis económicas y, justo porque no vivimos
una de esas sino un parón decretado debido a un gran problema de salud carente
de causa económica, mucho menos debemos usar técnicas puestas en práctica en el
pasado que han sido con frecuencia dañosas.
Como en
realidad no estamos inmersos en la parte recesiva de un ciclo de la economía,
hay que reconocer a plenitud que la economía no se “mueve sola”, sino que, con
entera pena y mucha esperanza, la manipula el Consejo de Salubridad, y ahora
también los gobiernos locales, para proteger la salud.
De por sí
nuestra deuda crece rápido. No le metamos velocidad sin causa productiva
alguna.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.