Gustavo De
la Rosa.
Entre el 25
y 27 de julio sentí que mi salud se complicaba de manera extraña, con síntomas
atípicos a los achaques de la vejez que, a mis 74 años, ya estoy acostumbrado a
sufrir; me alarmé y consulté a un médico amigo de la familia que me aconsejó,
“mejor hazte la prueba del COVID, no vaya a ser el diablo”, así que el 28 de
julio acudí a un lugar especializado en la toma de muestras y su análisis
correspondiente para identificar el virus, y me tuve que aislar de mis
familiares hasta recibir mis resultados.
A principio
de esta semana recibí una llamada de mi médico, quien me dijo con muy buen
humor “resultaste negativo, no tienes COVID; bueno, no tenías COVID el día 28
de julio, ahorita no sé”, y en cuanto me dio la noticia revisé mis actividades
y comprobé que no había grandes cambios en la rutina de aislamiento que he
llevado durante los últimos cuatro meses, así que me tranquilicé.
Sin embargo,
este fin de semana me vi obligado a realizar una serie de actividades
indispensables para mi trabajo en la nueva normalidad y eso me llevó a tener
reuniones en lugares públicos, al aire libre y en sitios cerrados con
refrigeración y recirculación del aire ambiental. Los lugares al aire libre son
calificados de poco riesgo y no me preocupan, pero en las reuniones celebradas
en espacios amplios, aunque cerrados y con refrigeración y recirculación del
aire ambiental, me incomodé, pues son calificados por investigadores como
espacios de mayor riesgo para un eventual contagio.
Ahora me
encuentro otra vez al borde de mi asiento, le llamo a mi médico y me dice, “por
favor ve los mensajes de Gatell, por tu edad simplemente no puedes acudir a
ningún lugar cerrado con refrigeración reciclable, vigilaré tus síntomas en
toda la semana, pero estarás aislado en tu casa o vas a tener que hacer otra
prueba y, de todos modos, aislarte en tu casa”. Protesté, “¿otros 2 mil 800
pesos? No jodas”, él simplemente soltó la carcajada.
Precisamente
cuando uno tiene la experiencia de sentirse, tal vez, quizá, a lo mejor,
contagiado, al ir a realizarse la prueba correspondiente y recibir la buena
noticia de negativo realmente entiende que no le están diciendo que no tiene
COVID, sino que el día que le tomaron las muestras no tenía COVID, es decir, no
lo tuvo en aquel momento, pero actualmente puede tenerlo. Así que a quedarse en
casa y no recibir a los hijos.
Todos hemos
visto que en un lugar donde estamos varios individuos, cada uno con su
cubrebocas, pronto empezamos a jugar con él, nos lo quitamos, no lo colocamos
correctamente, lo subimos a la frente, nos rascamos los ojos y hay quien se lo
quita para estornudar o toser comprobando, de manera práctica, que traerlo no
garantiza evitar el contagio, porque es muy incómodo para usarlo durante más de
cuatro o cinco horas continuas.
Sé que
algunos ciudadanos seguirán diciendo que los consejos de Gatell no sirven,
porque no nos da un concepto mágico que nos permita evitar al 100 % el riesgo
de contagio, y hasta maliciosamente lo acusan del número de fallecimientos, sin
embargo, sabemos que las medidas aconsejadas para esta nueva normalidad pueden
ser insuficientes, pero si las seguimos, sí disminuye el riesgo.
Mientras no
exista una vacuna para prevenirlo y un antiviral para combatirlo, lo único que
podemos hacer es respetar la sana distancia, salir de casa el menor tiempo
posible y usando correctamente el cubrebocas, y no entrar a lugares de alto
riesgo, al menos eso me aconseja mi cordura; pero si la desobedezco y hago lo
contrario, López-Gatell no me contagia, me contagio yo por mi descuido o porque
las circunstancias de mi trabajo y de mi vida me obligan a jugármela día a día.
Entonces, ¿qué hacer?, jugármela, no hay de otra, y de eso no es culpable
López-Gatell, pero ¿qué tal la Alianza Federalista? Pura grilla siniestra, e
inmoral.
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