Jorge Zepeda
Patterson.
El perfil
que ofrece Facebook para poder definirnos se limita a 160 caracteres, alrededor
de 25 palabras, muy poco para construir la imagen que deseamos proyectar de
nosotros mismos. Basta ver el perfil de amigos y parientes para darnos cuenta
de lo mucho que esas descripciones se alejan de la persona que realmente son.
Presunciones aparte, lo cierto es que tres líneas resultan insuficientes para
entender la riqueza y complejidad de un ser humano. Eso, que resulta obvio, no
parece importarnos cuando tal precariedad se convierte en la fuente a partir de
la cual construimos una visión del mundo y formamos una determinada opinión
pública.
La vida es
eterna en cinco minutos decía la canción de protesta de los años setenta “Te
recuerdo Amanda” y en efecto es una eternidad considerando que hoy en día se
destruyen reputaciones y personas en 30 segundos de TikTok o 40 palabras de
Twitter. El problema es que la conversación pública y la manera en que
transcurren los debates a través de los cuales la comunidad construye una
perspectiva de sí misma está gravemente comprometida. No hay manera de abordar
realidades complejas a través de la retacería de mensajes fragmentados que hoy
consumimos.
No solo se
trata de que por lo general cada mensaje es una lamentable reducción de un
argumento o un sentimiento más complejo, también porque ni siquiera damos a ese
mensaje la reflexión necesaria toda vez que va seguido de un verdadero zapping
de muchos otros mensajes.
Lo cual nos
lleva a la alegoría de los elefantes y los ciegos, que no por manida es menos
ilustrativa de lo que estamos diciendo. Según una versión simplificada de la
historia, se le pidió a seis ciegos que determinaran cómo era un elefante
palpando diferentes partes del cuerpo del animal. El hombre que tocó la pata
dijo que el elefante era como un pilar; el que tocó su cola dijo que el
elefante era una cuerda; el que tocó su trompa dijo que era como la rama de un
árbol; el que tocó la oreja dijo que era como un abanico; el que tocó su panza
dijo que era como una pared; y el que tocó el colmillo dijo que el elefante era
como un tubo sólido. Seis versiones ciertas que arrojan una visión falsa de lo
que es un elefante como tal.
La anécdota,
de origen budista, circula desde hace milenios lo cual demuestra que esta
fragmentación distorsionada de la realidad no es cosa nueva. Lo que sí es nuevo
es la celeridad, la masificación, el zapping incesante, la intensidad del odio
y la polarización que propician las redes sociales. Si el fenómeno que
describen los ciegos ya es preocupante, lo convierte en algo mucho más feo la
manipulación sofisticada y el déficit de atención colectiva provocada por la
adicción al scrolling compulsivo. En conjunto es un atentado a la posibilidad
de una conversación madura y responsable de nuestras diferencias. Una cosa es
hablar de la fiesta según la vimos y otra es creer que todos tienen que haberla
visto igual, asumir que no hay posibilidad de que las fiestas sean de otra
manera y, peor aún, calumniar a todo el que no coincida con nosotros. Una cosa
es constatar que la percepción del elefante como un pilar es distinta de la
visión del elefante como un abanico, y otra dar cuchillos a los seis ciegos
para que destruyan a sus colegas porque se trata de imbéciles o corruptos que
no piensan como ellos.
Escribo esta
columna desde hace más de 25 años y se publica en una veintena de diarios en el
país. Desde siempre mis textos, como el de cualquier otro, han generado
reacciones a favor y reacciones en contra de los argumentos expuestos, en
función de la parte del elefante que a cada cual le ha tocado palpar, incluyendo
al autor, por supuesto. Pero de un tiempo acá las cosas han cambiado. El medio
a través del cual llegan esas reacciones ha modificado el mensaje,
literalmente. Antes se trataba de “cartas a la Redacción” y, más tarde, de
correos electrónicos. En ambos casos consistían en ideas o sensaciones a favor
y en contra generadas por la lectura e iban destinadas al autor. Cuando los
diarios digitales empezaron a publicar estas reacciones cambió el destinatario;
ahora los comentarios iban dirigidos a otros lectores: personas que deseaban
compartir sus propias ideas con un público más amplio. Un avance importante.
Con las
redes sociales cambió el sentido de estos intercambios. Primero se usaron para
difundir los materiales que un lector apreciaba; y luego, cada vez más
frecuentemente, para atacarlo. En los últimos meses me he dado cuenta de que
este proceso ha dado una vuelta más de tuerca. Ahora los textos no son leídos
sino simplemente escaneados superficialmente, con el objeto de dictaminar si lo
que estoy diciendo es a favor del elefante pilar o del elefante abanico. Es
decir a favor o en contra de López Obrador. Una vez dictaminado, se convierte
en propaganda por parte de los simpatizantes del tabasqueño o en calumnias y
descalificaciones al autor en el caso de sus críticos. Ningún intento de
abordar los argumentos, contrastarlos, ampliarlos o rebatirlos. Mi caso es solo
un ejemplo, por supuesto. El mismo tratamiento reciben el resto de las
columnas, las noticias, los comentarios. Pero también los propios usuarios.
Todo el que envía un comentario, tuit u opinión se convierte en objeto de una
carnicería. Ya no hay Intercambio de argumentos sino epítetos, párrafos
ignorados salvo para descontextualizar una cita capaz de utilizarse como misil.
Nos estamos convirtiendo en ciegos dispuestos a ofender y destruir a los que no
ven lo que creemos estar viendo. Nos estamos envenenando y odiando por razones
que tienen menos que ver con la razón y más y más con el resentimiento
manipulado, el exceso de desinformación, la mezquindad y la ceguera.
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