Raymundo
Riva Palacio.
Dieciocho de
agosto de 2020 es un día para no olvidar y para luchar, de ahora en adelante,
porque lo que se sembró este lunes no florezca. Este fue el día en que el
presidente Andrés Manuel López Obrador aplastó la ley y demostró que el Estado
de derecho le hace lo que el viento a Juárez, que el debido proceso es una sopa
de la que no come, y que a quienes deben ser guardianes de la ley, los utiliza,
manipula y desecha con desparpajo. El fiscal general independiente al que tanto
presume, luce como su apéndice, y el presidente de la Suprema Corte parece su
operador legal por sus silencios injustificables. Habrá quien aplauda el corto
plazo de la lucha contra la corrupción, pero el largo plazo corrompe la esencia
de nación y mina la certidumbre jurídica de sus ciudadanos.
López
Obrador usó el atril presidencial para referirse a un video donde aparecen dos
exfuncionarios del Senado vinculados a panistas, recibiendo dinero en efectivo.
No hay nada más ahí. Ni quién llevó el dinero, ni quién lo enviaba, ni qué
destino tendrían los recursos. El video se volvió viral en las redes sociales
cinco horas después de que López Obrador le pidió al fiscal Alejandro Gertz
Manero que diera a conocer el que entregó el exdirector de Pemex, Emilio
Lozoya, como prueba de corrupción en el gobierno anterior. La sola sugerencia
presidencial violenta la ley, a la que juró defender sobre la Constitución. Lo
llamó “asunto de Estado”, que es una rara forma de concebirlo al pedir la
difusión del video que para que se respete la ley, hay que violarla.
El
Presidente se dijo sorprendido por la viralización de un video que materializó
su sueño, y apretó la marcha. Aunque jurídicamente el video no prueba nada, y
probablemente tampoco sirva como una prueba ante un juez, López Obrador dio su
propia versión de lo que informaba el video que, por si alguien no lo había
visto, reprodujo en la mañanera: “Este video es bastante fuerte, muestra la
inmundicia del régimen de corrupción que imperaba, porque todo este dinero se
utilizaba para comprar voluntades, conciencias, para comprar votos”.
¿De dónde
sacó el Presidente que ese dinero era para comprar la conciencia de
legisladores? De su imaginación. “La declaración del señor Lozoya…”, agregó.
“Parte de este dinero se utilizó para la aprobación de la llamada reforma
energética, que tanto se promovió, se defendió por medios de comunicación, los escritores,
los columnistas, intelectuales orgánicos”. Con esta afirmación, el Presidente
vinculó el video, que hasta ese momento no era parte del expediente del
exdirector de Pemex. Tampoco forma parte de la declaración de Lozoya, y López
Obrador carecía de pruebas para afirmar que fue utilizado para los fines
corruptores que describió como verdaderos.
López
Obrador tejió una narrativa donde vinculó verdades con verosimilitudes que
injertó en la cabeza de millones de personas. La única verdad es el video donde
se recibe de manera irregular –lo ilegal tendrá que demostrarse–, que incorporó
en las verosimilitudes –las acusaciones de Lozoya que falta que pruebe–, y
acomodó en el marco mental mexicano que ataca todos con la frase de que todo el
pasado, en el universo de los últimos 36 años, fue corrupto. Con esas
imputaciones, el Presidente violó la presunción de inocencia y generó el
llamado 'efecto corruptor'.
Este 'efecto
corruptor' lo desarrolló el ministro Arturo Zaldívar, presidente de la Suprema
Corte de Justicia, en la revisión del amparo directo de Florence Cassez, en
2011, que se quejó de que la autoridad violó el debido proceso y su presunción
de inocencia por no haber tenido la asistencia consular –es ciudadana
francesa–, ni haber sido puesta inmediatamente ante el Ministerio Público, y
haber formado parte de un “montaje” o recreación ante la prensa de su
detención, en un operativo contra una banda de secuestradores, como fue
sentenciada tiempo después por un juez.
En esa
memorable tesis, Zaldívar señaló: “Esta escenificación o montaje tuvo como
objetivo transmitir unos hechos ajenos a la realidad, que (afectaron)… el
reconocimiento del derecho de la presunción de inocencia por el artículo 20 de
la Constitución… un principio general del derecho que (se ha convertido) en un
derecho fundamental que vincula a todos los poderes públicos y que es de
aplicación inmediata”.
La
escenificación que hizo López Obrador ayer con la reproducción del video en
Palacio Nacional, como anexo a sus acusaciones, aniquiló la presunción de
inocencia y el debido proceso, al afirmar que era un acto de corrupción de todo
un sistema –no de individuos, en dado caso–, y que las reacciones que había
generado eran una aceptación de validez. ¿Reconocimiento de qué? La respuesta
se encuentra en el framing, el ángulo o la perspectiva desde la cual se cuenta
una información, que empleó, y que vinculó automáticamente
Lozoya-corrupción-políticos de oposición-reforma energética-compra de votos.
“Siempre lo he dicho”, remató el Presidente. “Es un régimen el que encontramos
en decadencia, con una corrupción generalizada”.
En su
opinión sobre Cassez, Zaldívar precisó: “Las consecuencias de aquella conducta
o conjunto de conductas, intencionadas o no intencionadas por parte de las
autoridades… producen condiciones sugestivas en la evidencia incriminatoria”.
El ministro subrayó: “Es necesario enfatizar que toda acusación debe
sustentarse en evidencia sólida y fiable, obtenida con apego a los derechos
fundamentales. En este caso, (hubo) el efecto corruptor al haber subvertido el
material probatorio (que) impide determinar la culpabilidad de la quejosa”.
Zaldívar
dejó abierta la posibilidad de que las ilegalidades de las autoridades hubieran
sido de manera no intencionada. En el caso de López Obrador, esa posibilidad no
existe. Fue deliberado, con premeditación y dolo, llegando al extremo de
pedirle a quien debe aplicar la ley, que la viole. Este 18 de agosto, no lo
debemos olvidar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.