Por Pablo
Gómez.
El cambio
político pretende ser de fondo, es necesario que también se modifiquen las
formas políticas y las parafernalias. Los espíritus anticuados no lo admiten y
se aferran a los viejos métodos y rituales.
Algunos
aseguran que el informe presidencial no lo fue en verdad porque no se dijo lo
que ellos esperaban, sino lo que ya se había dicho. Afirman otros que, a pesar
de la ley, lo que importa es el deber ser, por lo que el cambio de la Mesa Directiva
de la Cámara debió hacerse de otra manera, aunque no fuera una opción viable.
Los mensajes del presidente de la República deben considerarse como propagandas
electorales, agregan los convenencieros. Las mañaneras son inventos políticos
irregulares y estéticamente inaceptables, señalan los espíritus más sensibles.
En fin, la vida no puede seguir su buen ritmo sin chayotes ni moches, nos han
estado insinuando ciertas personas muy conocidas.
Un
primero de septiembre (2006) llegó un presidente a las puertas de San Lázaro y
no se le permitió ingresar en el salón de sesiones. Ya sin escolta, ese
presidente entregó sus papeles y se tuvo que retirar. Este hecho inusitado fue una
expresión de la rispidez política a la que ese mismo personaje había llevado al
país. Al año siguiente, llegó otro, subió a la tribuna, no pudo hablar y se
tuvo que ir de regreso a la Casa Presidencial.
La
Constitución obligaba al presidente a asistir al Congreso y entregar un informe
por escrito, pero no señalaba que debía pronunciar un discurso, mucho menos uno
deshilvanado con frases hechas sin tiempo, lugar ni circunstancia.
Pero los
informes se siguen enviando y, desde hace algún tiempo, con ese motivo, el
Presidente de la República invita a Palacio a escuchar su discurso. La nueva
parafernalia no ha resultado mucho mejor que la vieja, pero ahora ya no se
pueden esperar sensacionales anuncios, como durante décadas, sino la
explicación del programa político y su balance, porque la línea del gobierno se
discute día con día. Esto no se quiere entender porque se vive en la añoranza
que ni siquiera es de los últimos años, sino de los viejos tiempos.
De la
experiencia del acto de rendición de protesta ante el Congreso por parte del
actual presidente se pudiera desprender que es llegado el momento de establecer
una discusión sobre el estado del país entre el titular del Ejecutivo y los
legisladores. Un día al año o dos, quizá.
El
Instituto Nacional Electoral ha caído en extremosos escándalos y ridículos. He
aquí el más reciente: sin que mediara queja concreta, se prohibió la
retransmisión de las conferencias de prensa del Presidente de la República en
los estados de Hidalgo y Coahuila, donde habrá elecciones próximamente. La
“maravillosa” comisión encargada de la censura, se colgó de quejas diversas de
otros temas para embargar difusiones de ideas como si fueran propaganda
electoral a cargo del Ejecutivo federal. Claro que el Tribunal revocó esa
resolución y de paso incluyó una llamada de atención a los consejeros facciosos
diciéndoles que no resuelvan lo que no se les pide, pues ellos no son
concurrentes en las elecciones sino, supuestamente, organizadores de
elecciones.
Las
denominadas mañaneras son vistas por muchos opositores como maniobras políticas
y, por otros, como elementos que afean al país. Cuando López Obrador resultó
triunfante en la elección presidencial todos sabíamos que, probablemente,
habría mañaneras porque las hubo cuando él ocupó la Jefatura de Gobierno de la
capital. Ahora, hay quienes han convertido la lucha contra esas conferencias de
prensa en una poderosa motivación política. El ridículo en el que cayó el INE
con su censura frustrada no va a contener las aspiraciones desesperadas de
otros y de aquellos mismos censores.
En San
Lázaro tampoco ha sido sencillo instalar prácticas sin maniobrismo. Una
presidenta que era del PAN, de manera espuria, usó su cargo para desafiar a la
Cámara objetando ante la Suprema Corte un decreto presidencial que regula un
precepto de la Constitución que, además, esa misma diputada había votado a
favor.
El
escándalo parlamentario más reciente tiene muchos precedentes. Si la Ley
Orgánica ordena que la presidencia de la Mesa Directiva corresponda cada año a
un partido diferente tomando en cuenta el número de miembros de cada cual, se
entendía que no cabe una competencia de última hora con reclutamientos de
legisladores para averiguar cual es el tercer grupo, sino que esa ya era una
información conocida durante dos años que lleva la Legislatura. Sin embargo,
parece que la costumbre de la maniobra está tan enraizada que se muestra como
sagacidad y se ejerce en nombre de los más altos intereses nacionales. Un
partido (PT) reclutó a unos seis legisladores, dos de ellos (anteriores
perredistas, pero entonces sin partido) son profesionales del peculado y
defraudadores electorales contra Morena, mientras el PRI le pidió prestado unos
cuatro al PRD para no desbalancearse. Nadie votó específicamente a favor de una
diputada priista para presidir la Mesa sino que fue una aplicación de la ley.
Además, la candidatura del PT no hubiera tenido los dos tercios requeridos ni
sumando todos los votos de Morena y ni siquiera agregando al PES que no estaba
dispuesto a hacerlo. La mayoría parlamentaria, sin embargo, no depende de la
presidencia y cuenta también con la mayoría de votos en la Mesa Directiva de la
Cámara. ¿Para qué tanta maniobra? Vicios de viejos lodos.
Lo que no
afecta vicios, sino modus vivendi, es la desaparición del chayote (remuneración
ilegal de servicios periodísticos con fondos públicos) y de los moches
(asignación presupuestal por la que se cobra subrepticiamente un porcentaje a
la entidad beneficiada). Estas costumbres no pueden sobrevivir si la 4T quiere
poner una barrera entre el pasado reciente de corrupción y un presente de lucha
contra la misma. Pero las presiones siguen presentes para que ambas
“instituciones” sean mantenidas en los lugares donde aún existen y
restablecidas en el nivel federal.
Estas
prácticas son parte de la conciencia y la práctica de generaciones que van de
salida. Mas no estamos en una lucha entre el mal y el bien, sino en un proceso
de eliminación de formas de vivir y estructuras deformadas durante décadas de
envilecimiento. En México, el maniobrismo político, la falta de respeto al
Estado de derecho y la corrupción se despercudían incesantemente con el uso de
un supremo razonamiento justificatorio: recompensa por servicios prestados a la
sociedad.
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