Ana Cristina
Ruelas.
Desde hace
varios años el movimiento de organizaciones de la sociedad en defensa de los
derechos humanos ha adquirido fuerza y relevancia en nuestro país. El desamparo en el que nos dejaron las
autoridades estatales para la garantía de derechos civiles y políticos, pero
también económicos, sociales y culturales hizo que grupos organizados fueran
avanzando pasito a pasito en su reconocimiento y exigencia.
Históricamente
a nivel regional y también en México, las organizaciones de base que muchas
veces trabajaron en conjunto con las distintas iglesias, respondieron ante la
falta de respuesta del Estado y fueron referentes en distintos movimientos
sociales que miraban para el desarrollo de los pueblos. Con el tiempo fueron
surgiendo otras organizaciones, apartadas de los religiosos y políticos.
El movimiento
organizado de derechos humanos se convirtió en muchos casos en un acompañante
de las más grandes luchas por la justicia y la verdad, por la dignidad y la
libertad, pero también por la defensa de la tierra y el territorio de las
comunidades sujetas a la explotación, a la corrupción y la impunidad que deriva
de los grandes proyectos estatales que sólo brindan beneficios para los de
arriba, y terminan rompiendo los tejidos y lazos comunitarios de los de abajo.
Durante el
sexenio de Peña Nieto, por ejemplo, una batalla importante que dio la sociedad
civil acompañando a la comunidad Yaqui de Sonora fue por la defensa del Rio
Sonora, el cual estaba siendo sujeto a un proyecto estatal que amenazaba la
subsistencia de este pueblo originario. También sucedió con el proyecto
hidroeléctrico la Parota en Guerrero que hasta la fecha se mantiene suspendido
gracias a la lucha y defensa que las comunidades junto con las organizaciones
de la sociedad civil. De continuar, ese proyecto habría inundado 17 mil
hectáreas de selva, de 36 comunidades integradas en 16 núcleos agrarios y el
desplazamiento directo de 25 mil personas e indirecto de 75 mil.
Obviamente,
el trabajo que implica la organización, la defensa, las campañas, entre otras
acciones de visibilidad e incidencia, no se paga solo y las personas que
dedican su vida a la defensa de derechos humanos reciben un salario, en algunas
ocasiones digno, en otras no tanto. Anteriormente, las organizaciones
eclesiásticas lograban solventar estos gastos con el apoyo de sus diócesis y
feligreses, sin embargo todas las demás, las que no tienen una afiliación
religiosa o política, debían encontrar fondos de diversas fuentes: la
filantropía, la cooperación internacional, las rifas, el boteo, las galas.
En México, a
comparación de los países del norte y Europa, el desarrollo de la filantropía
como una forma de trabajo de las empresas es algo reciente. Son muy pocas las
compañías que se comprometen con una causa y apoyan el desarrollo de los
diversos movimientos reconociendo que son procesos de muy largo aliento que a
veces no logra rendir lo frutos esperados, o bien, que pueden generar tensiones
con otros actores políticos y económicos por las agendas que trabajan. No obstante, nuestro país si ha sido sujeto
de diversos apoyos de la cooperación internacional, que se traduce – en
palabras muy simples- en apoyos de otros países para impulsar el desarrollo
económico, político y social, fortalecer en conjunto los valores democráticos y
combatir aquello que nos está haciendo daño: desigualdad, exclusión, impunidad
y la corrupción. En nuestro caso, esos apoyos se traducen, muchas veces, en
apoyos técnicos y económicos no solo a las organizaciones, si no también a las
instituciones del Estado y al sector privado.
Por ejemplo,
una muestra de cooperación internacional
ha sido el desarrollo del Mecanismo de Protección a Periodistas y Personas
Defensoras de Derechos Humanos, el cual ha obtenido apoyo de los gobiernos de
Estados Unidos de América y de la Delegación de la Unión Europea a la vez que apoyan
a organizaciones de la sociedad civil como ARTICLE 19 para el impulso de
talleres de prevención de violencia y campañas de reconocimiento de la
importancia del periodismo y la defensa de derechos humanos. Los proyectos de cooperación muchas veces buscan
que cada parte de la sociedad se haga cargo del desarrollo y bienestar de las
distintas poblaciones, por un lado el Estado, por otra parte la sociedad civil
y, por otra, el sector privado. Otra vez poniendo como ejemplo al mencionado
Mecanismo, su viabilidad y fortalecimiento ha sido posible gracias a un Consejo
Consultivo de sociedad civil que forma parte de la Junta de Gobierno que es
máximo órgano de toma de decisiones.
En resumen,
la sostenibilidad del trabajo de la mayoría de las organizaciones de la
sociedad civil en México depende de fuentes de financiamiento extranjeras. No
es ningún secreto y tampoco es algo por lo cual éstas se deban sentir
avergonzadas. Pero esto no sucede así como así, cada organización debe
presentar una serie de documentaciones tanto a las organizaciones
filantrópicas, a las delegaciones de los países y a México. También se debe
cumplir mensual y anualmente con una muy basta lista de requerimientos del
Gobierno mexicano para la transparencia y la rendición de cuentas basadas en la
llamada “Ley Anti Lavado”(de dinero) y la Ley del Impuesto sobre la Renta. El
SAT tiene una serie de portales en los cuales se hace cargo de verificar que
todas las organizaciones cumplan puntualmente con estos requerimientos.
Todo esto en
referencia a la irresponsabilidad política del Presidente de inferir que un
grupo de organizaciones operan de manera opaca y en base a intereses
extranjeros para frenar el proyecto del Tren Maya. La semana pasada, su
Coordinación de Comunicación Social, aparentemente, tuvo que solicitar una
investigación externa para verificar las fuentes de financiamiento de las
organizaciones que están haciendo incidencia para frenar el mega proyecto hasta
en tanto no se verifique el impacto a la población, se consulte con las
comunidades que se verán afectadas y se prevean los mayores beneficios para
estas. Esta narrativa estigmatizante es cada vez más recurrente en cada vez más
países de la región: Guatemala, El Salvador, Colombia, Ecuador, son un botón de
muestra.
Las
declaraciones del Presidente -para las cuales sólo le bastaba recurrir al SAT
en lugar de solicitar una investigación externa- solamente ratifican la falta
de reconocimiento de la importancia de la defensa de derechos humanos en un
país donde el Gobierno nunca ha dado resultados y, más aún, de la necesidad de
que todas y todos los ciudadanos seamos parte de los asuntos públicos,
controlemos a las autoridades y avancemos hacia una democracia participativa.
Su afán por desacreditar el disenso con base en información manipulada lo
convierte en el cáncer del que él tanto se queja: en la fuente de
desinformación y la raíz de la polarización.
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