Gustavo De
la Rosa.
México se
encuentra en un momento coyuntural histórico porque, aunque en el pasado con
cada sexenio se iban olvidando las corruptelas del sexenio anterior, parece que
con Andrés Manuel se pretende ponerle freno a esa tradición mexicana pero, como
la ilegalidad era parte del sistema, intentar reajustar el camino del país
hacia el Estado de derecho está resultando mucho más difícil y escandaloso de
lo que muchos esperábamos.
El
financiamiento de los partidos políticos siempre ha dependido de sus
militantes, simpatizantes o aliados circunstanciales y se ha realizado a través
de entregas en efectivo de mayores o menores cantidades; la colecta de recursos
en botes por parte de los activistas de los partidos minoritarios era como se
incorporaban muchos jóvenes a sus filas y conseguir apoyos en efectivo era un
logro reconocido internamente. La colecta de recursos entre la ciudadanía era
algo tan común que estaba regulado por la ley en materia electoral hasta la
última versión.
Por eso,
porque la recepción de cantidades no registradas recibidas en efectivo es la
tradición del sostenimiento de los partidos y las campañas, ahora todo mundo se
rasga las vestiduras cuando descubren al de enfrente recibiendo apoyos sin
registro del origen; así como el escándalo por el pecado del otro es el ruido
necesario para no escuchar acerca del pecado propio, el griterío no es la mejor
forma de resolver y terminar con una tradición que viene desde 1810.
Hoy
celebramos el año de Leona Vicario, porque dudo que ella, sabiendo que la insurrección
en contra de los españoles requería de recursos, haya entregado recibos con
copia a la caja real por los financiamientos que consiguió para la labor
independentista.
Aunque las
aportaciones de dinero de origen dudoso sostenían las campañas, se convirtieron
en un foco de corrupción que debía frenarse, pero, en una derivación perversa
de un buen objetivo, sustituir una buena parte del financiamiento privado por
público fue el exceso, pues ahora resulta prácticamente imposible recibir
aportaciones de los particulares para actividades partidarias y electorales, y
al ser exagerados los requisitos para regular esas aportaciones se abre la
puerta a las aportaciones no registradas que acaban por ocasionar el escándalo.
Hipocresía pura.
Ese tema se
debe tratar con toda cordura y madurez, y certeza y honestidad, se debe
determinar qué porcentaje debe venir del financiamiento privado, y facilitar su
registro, y qué recursos vienen del erario, y disminuir sus costos, así de
simple (por cierto, en Estados Unidos se enfrentan similares debates).
Por otro
lado, justamente nos indignamos cuando se aborda el tema de la corrupción
profunda desde Salinas hasta la fecha, y más aún cuando somos informados por
fuentes medianamente creíbles de la transferencia de recursos públicos, a
través de la reforma energética y de la venta de contratos a empresas
fantasmas, al Partido Revolucionario Institucional, o que nos enteramos de las
complicidades de los panistas en todos estos actos de corrupción gubernamental
y en la disposición de recursos públicos para beneficiar a intereses privados y
para alimentar a empresas internacionales como la constructora Odebrecht, que
sólo así puede funcionar en un contexto globalizado de alta competitividad,
bajo las reglas de un capitalismo voraz.
Pero como
hay muchos salpicados, mejor desatan la parafernalia moralina que exige pureza
y transparencia impecable del vecino mientras ellos se cobijan para que no se
conozca el manejo de sus recursos.
Frente a
esta tormenta de acusaciones hay una sola forma de salir adelante, y es por la
puerta del Estado de derecho, entregando la decisión al Poder Judicial quien
deberá ser consciente de la enorme responsabilidad que tiene, mantener su
independencia e interpretar los hechos que se presentan a su juicio conforme a
la ley.
Todos los
que estamos en la política debemos hacer un esfuerzo por terminar de una vez
por todas con este país corrupto y malsano siguiendo a Kant, que definía la
mejor conducta en términos individuales como “obra siempre de tal manera que tu
conducta se convierta en una máxima de observancia universal”, o al menos eso
espero.
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