Jorge Suárez-Vélez.
EPN muestra los niveles de aprobación preocupantes. Eso es
atribuible a su desempeño, pero también al momento que vivimos.
Peña está paralizado.
Su estrategia de comunicación ha sido paupérrima. Es un error la negativa a
lanzarse contra sus gobernadores, corruptos a un grado obsceno. El manejo de
las finanzas públicas ha sido más que irresponsable, criminal. Y esto
ocurre en medio del surgimiento de populismos, con un menor ritmo de
crecimiento mundial, y con la llegada a la Casa Blanca de un presidente que,
claramente, no nos quiere.
Cuesta trabajo creer que Peña es el mismo presidente que
logró pasar reformas estructurales que ponen a México en una trayectoria
potencial totalmente diferente.
La violenta reacción
al gasolinazo nos permite ver la fragilidad de los avances logrados. Resulta
claro que la reforma energética fue posible (comprando legisladores), pero
que nunca se explicó por qué era deseable. La estúpida estrategia de venderla
como una garantía de que el público pagaría menos por luz y gasolina, ha sido
un error imperdonable.
Nunca fue ese el objetivo. La reforma energética incrementa
exponencialmente el potencial industrial de México al darle a las empresas la
certeza de que tendrán abasto suficiente de energía al permitirles conseguirla
de donde sea, o incluso de generarla. Les permite distanciarse de paraestatales
ineficientes, con objetivos distorsionados, falta de inversión, corrupción y
cuellos de botella, que contaminan las cadenas de suministro e imponen lastres
al crecimiento y barreras a la inversión privada.
La reforma energética nos permite aprovechar nuestra
cercanía geográfica con el productor de gas más barato y cuantioso del mundo.
Permite que el gobierno salga de actividades donde no tiene
nada qué hacer.
La reacción al
gasolinazo muestra que no se entiende el daño causado por décadas de monopolio
de Pemex (de su sindicato y de sus compadres) en la distribución, almacenamiento y comercialización de energéticos,
donde se invirtió mal y poco. Ciertamente, el gobierno federal ordeñó a Pemex
sin reparo.
Pero, cuando vemos las pésimas inversiones que ha hecho la
paraestatal, como la reciente compra de las plantas de Grupo Fertinal, o las
colosales pérdidas que muestra en actividades de refinación, me pregunto qué
elefantes blancos habrían creado. La
flagrante corrupción ha asfixiado a esta empresa. El evidente sobrepago de la
empresa antes mencionada merece investigación profunda porque apesta, como
también lo amerita la admisión de Odebrecht de los enormes sobornos que les
pagó recientemente.
En la crítica al gasolinazo no se entiende que para atraer
inversión privada al sector se requiere de precios que reflejen fielmente las
condiciones del mercado. En la medida que haya diferenciales de precios que
reflejen el costo real de llevar combustible a diferentes regiones, habrá
empresas interesadas en invertir para eficientar la distribución. Pensar que el
gobierno debería de hacer la inversión, o que se debería subsidiar el precio,
es el epítome del absurdo.
Evidentemente, el gobierno debería usar los recursos que
saca de nuestros bolsillos por medio de impuestos para invertir en
infraestructura, en educación pública de calidad, en salud pública, en
programas reales (no clientelares) para combatir la pobreza, en el desarrollo
de ciencia y tecnología, en Estado de derecho. Pero debe quitarse del camino y
dejar que empresas privadas hagan la inversión en sectores como el energético,
asegurándose de que compitan. Al gobierno sólo le compete asegurarse de que la
competencia sea libre, con reglas claras, y con instancias legales eficientes
para dirimir desacuerdos.
Se dice incesantemente que el gasolinazo muestra que la
reforma energética fracasó. Nada más lejos de la verdad. Comprobamos que a los gobiernos
se les acaban los recursos cuando insisten en subsidiar la ineficiencia
eternamente. Acaban sucumbiendo ante estructuras enormes que se vuelven
carísimas y garantizan ineficiencia. Sólo veamos de cuánto es el pasivo laboral
contingente de empresas paraestatales y universidades públicas. Eso sí es para
quitarnos el sueño.
Se dice también que la falta de crecimiento es muestra de
que las políticas 'neoliberales' no han funcionado. ¡Como si éstas hubieran
sido aplicadas! México sufre el costo de
un Estado obeso y gastalón, que da
recursos desmedidos a entidades federativas que los despilfarran. Sufre por
tener una base recaudatoria (de causantes cautivos) demasiado pequeña, con un
sistema fiscal obtuso y absurdo, con
tasas demasiado altas (en relación con los servicios recibidos). El peso de
la economía informal es descomunal, y es un lastre pesadísimo que impide
crecimiento económico, pues no permite capacitación o productividad.
Considerando cuánto de nuestra economía es 'de mercado', ¡es
un milagro que crezcamos en lo absoluto!
El TLCAN ha permitido que una parte del país se
industrialice, y goce de reglas claras al ser parte de tratados
internacionales, y por ende, predecibles. Si todo en México funcionara así,
México crecería más que cualquier país asiático. Las reformas son un paso
pequeñísimo en la dirección correcta. Pero, la extrema impopularidad de este
gobierno pone tanto a reformas como a paradigma, en riesgo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.