Adrián López Ortiz.
Llevo meses escuchando lo mismo.
Y repitiéndolo: Enrique Peña Nieto, ya no alcanza. Su integridad (o la falta de
ella) no llena la investidura. Desde la revelación de la “casa blanca” es un
Presidente débil. Cartucho quemado.
Su corrupción y la de su equipo lo pusieron allí, en el pedestal de la
impopularidad. Además, su debilidad discursiva exacerba su fragilidad. Los
mexicanos ya no lo aguantan. Apenas lo soportan. Además de las encuestas,
ese sentimiento puede validarse de otra manera: la mayor parte de los gritos en
las marchas contra el gasolinazo son contra él. “¡Ya márchate!”, es el reclamo
que la rabia ciudadana vocifera. Insisto, no es la gasolina, sino la lista de
agravios que el Presidente concentra.
Es cierto que el gasolinazo levantó una indignación sin precedentes.
Pero ¿qué sigue? ¿Nos quedaremos en el grito y la catarsis del andar pancarta
en mano? ¿Seguiremos mentándole la madre a Peña y acusándolo de todos los
males? No sirve de mucho.
En la práctica, tenemos dos caminos. Uno: seguir en la ira, levantar
“el movimiento”, llevarlo hasta el final; que no es otra cosa que más saqueos,
violencia, pérdidas millonarias y hasta de vidas. Es decir, acusaremos a
Peña de violar la ley mientras nos robamos pantallas planas y servimos de
tontos útiles a los incitadores del caos.
Somos más que eso.
O una alternativa mejor, pero más difícil: que las marchas trasciendan
al siguiente nivel. El aprendizaje de una articulación para dirigir la
indignación a dónde sí le duela a la clase política. Revelar, criticar y
modificar sus esquemas de privilegios económicos y de poder. Allí está el
demonio.
Peña Nieto ya no es el tema. Su
figura se agotó hace tiempo. Se comió a sí mismo y arrastró a su gobierno. Que
no nos arrastre a nosotros. Mientras su equipo se deshace en la sucesión, los
ciudadanos podemos llenar el vacío que dejan. Podemos fijar las condiciones y
las reglas del juego para el 2018.
Por eso, si queremos empujar cambios de fondo, apuntemos al sistema de
partidos, a las leyes electorales, al Congreso, al Poder Judicial y a la
conformación del nuevo Sistema Nacional Anticorrupción.
En lugar de seguir insultando al
Presidente, hay que modificar el “sistema”. No porque no se lo merezca, sino
porque sirve para puro desahogo. La protesta es útil como punto de partida, es necesario evolucionar a la propuesta.
Tenemos que ser efectivos. Trabajar desde lo local y apuntar a lo
nacional. Como hizo un grupo de sinaloenses que se metieron al Congreso y a
pura presión pusieron un punto de acuerdo en el orden del día para que los
diputados renunciaran a sus vales de gasolina. No es mucho, los diputados
todavía tienen otras partidas opacas, pero es una batalla ganada. La
lección es que con objetivos específicos y una postura firme, la ciudadanía
puede dar pasos frente a esa clase política que se niega a cambiar. ¡Le hubieran visto la cara a los diputados!
No lo podían creer.
Esa misma energía hay que ofrecer
en temas más trascendentales de política pública.
Hay muchas batallas que pelear,
vale priorizar y repartirlas. Cito algunas:
1. La iniciativa #SinVotoNoHayDinero para reducir los recursos públicos
que se asignan al gasto operativo de los partidos políticos, impulsada por el
Diputado local Pedro Kumamoto y el Diputado federal independiente Manuel
Clouthier.
2. El acompañamiento desde la sociedad civil para llevar a buen puerto
el Sistema Nacional Anticorrupción y el proyecto para empujar transparencia e
imparcialidad en la designación de funcionarios.
3. Empujar una verdadera autonomía de las Fiscalías Estatales y la
Fiscalía General de la República. Sin ella, nunca reduciremos la impunidad, ni
la corrupción.
4. Reformar y diseñar una nueva Ley de Publicidad Oficial para evitar
el dispendio y que los recursos sirvan verdaderamente para la comunicación
social y no para promocionar perfiles o enriquecer a ciertos medios.
5. Vigilar la correcta implementación del nuevo Sistema de Justicia
Penal Acusatorio a nivel nacional y local.
Los temas pendientes son muchos,
pero primero tenemos que trabajar en realinear los incentivos de la clase
política para que concurran con los de los ciudadanos.
Si quienes deciden por el futuro
del país viven en condiciones abismalmente distintas de quienes caminan por las
calles, el diseño y la construcción de un futuro compartido es imposible. El
patrimonialismo nos puso en esta crisis. Hay que deshacerlo.
Hace mucho que Peña ya no es el tema. Incluso para el PRI y el resto de
la clase política. El tema somos ahora los ciudadanos y nuestra relación con
los gobernantes. Cómo los elegimos y cómo queremos ser representados. No hay
salvadores, ni inmaculados. Resultan tan buenos como los ciudadanos les
exigimos. Esa es la lección y hay que recordarlo siempre en las urnas.
Es un asunto de poder. No el de ellos, sino el nuestro. Tenemos que
aprender que sí podemos.
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