miércoles, 11 de enero de 2017

La indignación espera respuestas.

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El año 2017 ha comenzado con profunda indignación y desconcierto entre los mexicanos. A las preocupaciones, cada vez más justificadas, por los efectos negativos de las políticas de Trump hacia México se han sumado problemas internos que afectan de manera más inmediata el ánimo y la vida cotidiana de los ciudadanos: el alza considerada exorbitante en el precio de la gasolina, el espectáculo de los congresistas adjudicándose directamente beneficios inmerecidos, la corrupción que aflora de manera escandalosa en diversos niveles. Todo ello configura un panorama político interno que presagia disturbios y reclamos difíciles de controlar.

La respuesta gubernamental ha sido insuficiente. Se ha eludido con notable indiferencia explicar las causas del aumento en la gasolina que repercute, sin lugar a dudas, en los precios de muchos otros bienes y servicios.

Por otra parte, se ha decidido un cambio en el gabinete que lleva a uno de los mejores amigos del presidente, Luis Videgaray, a la Secretaría de Relaciones Exteriores. Semejante cercanía es un arma de dos filos. Videgaray ha tenido fuertes responsabilidades en el diseño y aplicación de un gobierno que, de acuerdo con las encuestas, tiene uno de los niveles más bajos de aceptación. ¿Sólo es responsabilidad del presidente o también de su equipo más cercano?

El descontento que invade a la mayoría de los mexicanos no es repentino. Se venía gestando desde hace más de 30 años, cuando tuvo lugar el claro distanciamiento entre la política gubernamental y las necesidades de la mayoría de la población: a partir de entonces el crecimiento económico se estancó en niveles inferiores a lo que requerían las necesidades de una población creciente, la capacidad adquisitiva de los salarios se deterioró, a pesar de la inversión en diversos programas sociales la pobreza no disminuyó y quedó atrapada en ella cerca de 50% de la población. El México desigual lo es todavía más en el siglo XXI.
Es irritante y patética la incapacidad del presidente y de su secretario de Hacienda para responder respecto de los motivos que obligaron a los incrementos en el precio de los combustibles. Una personalidad tan bien preparada como José Antonio Meade podría articular un buen discurso para transmitir los problemas internos y externos que lo hicieron inevitable. Eso implica, claro está, reconocer que hubo errores políticos serios, como haber afirmado, con fines de propaganda, que la reforma energética reduciría el precio de los combustibles.

Ningún secretario de Estado habla sin anteponer un reconocimiento al presidente o pronunciándose más allá de lo que fija la oficina de comunicación social de la Presidencia. A pesar de los grandes avances en la libertad de expresión, la organización de la sociedad civil y la lucha partidaria, la cultura cortesana ante el presidente sigue dominando en México.


Ahora bien, el regreso de Videgaray coloca sobre la mesa, de manera urgente, la comunicación social y la transparencia de la acción gubernamental ante la ciudadanía. Cuando van de por medio acciones de grandes consecuencias para el futuro del país no bastan frases intrascendentes como “defender los intereses nacionales” o pronunciamientos afectuosos como “vengo a aprender de ustedes”.

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