Salvador Camarena.
Cuando sea grande, quiero ser como
José Ángel Gurría. No me refiero a vivir en París, aunque eso no estaría nada
mal.
Me
refiero a otras cosas. Por ejemplo, me gustaría ser un mexicano que viene a
México y cobra por, desde los corredores del poder, advertir de lo mucho que el
país debe hacer, que en términos generales me hagan caso, que a pesar de ello
la situación no mejore gran cosa y que, sin embargo, siga yo teniendo el oído
de los gobernantes para insistirles en lo bien que van en medio de todo lo que
no avanzan, por lo que la única receta es que me sigan invitando a que les siga
dando consejos.
Qué buena chamba, ¿no?
Quiero darme una escapada del
invierno parisino, como la semana pasada hizo Gurría, que en su calidad de
secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE) vino a presentar el informe 2017 sobre México.
Venir y emocionarme como lo hizo él,
a quien en medio de la enorme irritación social por el gasolinazo no se le
ocurrió mejor cosa que exaltarse (busquen el video) al hacer la defensa de ese
aumento. La única crítica que la OCDE
tendría, exclamó, es que la medida no se haya tomado con mayor prontitud.
(http://bit.ly/2igaaNz)
Ser como Gurría que, a contrapelo
por las críticas a los privilegios de la clase política, puede venir a México a
dictar cátedra sobre el deber ser económico y que nadie le cuestione –porque
las nuevas generaciones no lo saben o porque es convenenciera la memoria– el
que sus palabras sean las de alguien que tras haber laborado unos cuantos años
en Nacional Financiera salió de ahí con una pensión vitalicia.
Tener
los reflejos de Gurría, quien cuando se reveló eso de la pensión vitalicia
–porque no van a creer ustedes que él notificó oportunamente a la ciudadanía
sobre esa graciosa prestación que en 1999 era de 43 mil pesos (unos cuatro mil
300 dólares al tipo de cambio de entonces) –, tener sus reflejos, decía yo en
mi envidia, para responder a los cuestionamientos diciendo que iba a donar ese
dinero a dos beneficencias. Y 'sanseacabó'. ¿Habrá hecho esas donaciones?
(http://eluni.mx/2irGBdn)
Por cierto, ¿a poco la OCDE no dice nada sobre los países que jubilan de por vida a
burócratas que, como Gurría en Nafin, sólo trabajaron unos cuatro años en una
institución gubernamental?
Por eso quiero ser como Gurría.
Emocionarme
con el gasolinazo –festinar la cancelación a mansalva del subsidio, sin
paliativos para sector alguno que no sea el gubernamental– y no tener nada que
opinar sobre el estado en que se encuentra Pemex, esa misma petrolera que está
en los huesos y sumida en escándalos de corrupción a pesar de que su OCDE
prometía, por ejemplo desde 2011, que con su ayuda “se transparentarán los
procesos de adquisiciones y compras públicas en el sector energético abarcando
a Pemex”. (http://bit.ly/2jNKKES)
Ser
como él, cuya institución en enero de hace dos años resaltaba el crecimiento y
las prácticas de transparencia de México. “Se están haciendo las cosas bien, se
va a la excelencia”, declaró. (http://bit.ly/2jokTGq) ¿Onde habrá quedado esa “excelencia”?
Ser como Gurría para venir a México
a exigir un comportamiento ejemplar sin menoscabo de que mi gestión en la OCDE
haya sido cuestionada: The Economist lo
balconeó por pedir boletos para el futbol y cenas gratis (http://bit.ly/1VWQ0XT).
De verdad quiero ser como él, a
quien nadie cuestiona “oiga, Ángel, ¿y
por qué si según la OCDE vamos tan bien, por qué estamos tan mal?”
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