Raymundo Riva Palacio.
Nunca antes en la historia de
Cancún se había vivido lo que sucedió el martes. Un comando de 10 personas con
fusiles de asalto y granadas atacó la sede norte de la Fiscalía de Quintana Roo
y el Centro de Control Comando, Cómputo y Comunicaciones, el sistema de video-vigilancia
municipal conocido como C4, en una operación de asalto rápido y repliegue, que
generó una persecución que dio lugar a 10 balaceras en el centro de la ciudad,
que causaron terror y un rápido blindaje de las Fuerzas Armadas en la zona
hotelera para evitar que la violencia se extendiera al sur de la ciudad. Detrás de esta acción desafiante se
encuentra el crimen organizado, que ha puesto a prueba al gobierno de Carlos
Joaquín, que lleva 100 días en la administración.
La llegada del nuevo gobernador
no rompió con el statu quo, como él mismo ha sugerido, al afirmar que la
violencia en Cancún, como un día antes en un bar en Playa del Carmen, está
relacionada directamente con su política en contra del crimen organizado. No
hay razones objetivas para pensar que así sea, porque aún no empezaba a
desplegar la estrategia para combatir al crimen y comenzaba recién su
coordinación con la Secretaría de Gobernación. Lo que sugiere el asalto a Cancún es que el crimen organizado está
midiendo su fortaleza o la debilidad institucional, así como su determinación y
capacidad de respuesta frente al narcotráfico. Esbozaron también, por el tamaño
de la afrenta, que no hay ningún vaso comunicante entre el gobernador y los
cárteles de la droga, y que a golpe de tiros, como suelen hacerlo, buscarían un
acuerdo para poder seguir operando en la península.
El crimen organizado echó raíces en Cancún sobre la base de sus fusiles
en 2005, cuando el 7 de septiembre de ese año asesinaron al comandante de
Seguridad Pública de Playa del Carmen, Carlos Hiram Rodríguez Alvarado, que
significó, de manera clara, el final de la hegemonía que había mantenido el
otrora poderoso Cártel de Juárez desde
los 90 en esa ciudad, en la secuela
criminal que dejó el llamado Maxiproceso, que provocó la captura del
exgobernador Mario Villanueva y la detención de más de 100 miembros de esa
organización.
Esa muerte evidenció que la plaza
de Cancún había entrado en disputa, particularmente con Los Zetas, que pagaron
al jefe de policía en Cancún, Francisco Velasco, para asesinar al general
retirado Mauro Enrique Tello, 24 horas después de haber sido nombrado asesor
para temas de seguridad, en 2009. La infiltración del narcotráfico en las
instituciones se estaba consolidando, y provocó también la detención del
exalcalde de Cancún y candidato del PRD a la gubernatura, Gregorio Sánchez, por
los delitos de narcotráfico y lavado de dinero, que fue liberado tiempo después
por un tecnicismo: en su expediente había fojas que no habían sido firmadas.
Tras esos años de violencia quirúrgica, los cárteles de las drogas se
repartieron el mercado en la Rivera Maya. Los informes de seguridad federal
indican que existe una pelea entre dos facciones, una que forman la alianza
táctica entre el Cártel del Pacífico (o Sinaloa) –a través de su grupo de
sicarios Los Pelones– y sus viejos enemigos Los Zetas, en contra de la nueva
amenaza, el Cártel Jalisco Nueva Generación, que es una escisión de los
sinaloenses. La disputa es por todas las actividades del crimen organizado. Los
Zetas controlan el narcomenudeo y las redes de tráfico humano –principalmente
de cubanos–, que son las más redituables, pero la lucha es también por la
extorsión, el cobro por protección a hoteleros, restauranteros y propietarios
de antros, así como la prostitución.
Lo extraordinario de la violencia en Cancún este martes es lo inédito.
Situaciones similares sólo se habían registrado en Michoacán, cuando en un
intento por rescatar a Arnoldo Rueda, La Minsa, jefe de asesinos de La Familia
Michoacana, atacaron la delegación de la PGR y las instalaciones de la Policía
Federal en Morelia; o en Guerrero, cuando en Acapulco entraron a las oficinas
de la Procuraduría General de Justicia Estatal, y los matones del cártel de los
hermanos Beltrán Leyva asesinaron a ministerios públicos y secretarias. Pero igualmente excepcional es la soberbia
de quien cree que no le va a pasar nada al haber realizado una operación de
esta envergadura en Cancún, cuya zona hotelera, a unos 20 minutos de donde
fueron las balaceras, está resguardada por el Ejército, la Marina y la Policía
Federal.
La afrenta no es sólo grande por la impunidad que mostraron los
criminales, sino por lo que representa Cancún para la economía nacional. Ese
destino es el que recibe más turistas del exterior (cuatro millones al año), y
el segundo, después de la Ciudad de México, al sumar turistas nacionales
(6.2 millones). La magnitud de lo que representa internacionalmente este ataque
lo da su preferencia en el mundo. Cancún recibe más turistas internacionales
que todo Colombia o Perú, y el mismo número que Chile. Al sumar al resto de la
Rivera Maya (13.3 millones de visitantes), la zona tiene más turistas
extranjeros que India, Egipto o Suiza –que es un país de cruce–, y un número
similar al de visitantes a Brasil y Argentina. Es el mejor destino turístico de
México, cuyo aeropuerto recibió, en 2016, 21 millones de pasajeros, en 57
aerolíneas desde 26 países.
El desafío que hizo la delincuencia organizada en Cancún no es sólo
contra el gobernador, sino al gobierno federal y al país. Es inadmisible, y en
las condiciones actuales, imperdonable que la fuerza del Estado no aplaste a
los criminales.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.