Martín Moreno.
El viernes 27 de
enero de 2017, Enrique Peña Nieto reconoció formalmente su derrota, de manera
oficial, ante Donald Trump. Claudicó y, de paso, comprometió a nuestro país, al
aceptar que la construcción y el pago del muro fronterizo sean parte de una “discusión
integral” entre México y EU, de acuerdo al comunicado gubernamental. Es
decir: el muro ofensivo estará dentro de
la agenda bilateral. Ganó Trump.
El muro va. Y será
discutido. Y así lo aceptó ya, oficialmente, Peña Nieto. Otra vez nos jodió
el Tío Sam. ¡Gracias, señor Peña!
Eso sí: para que la
nula credibilidad de Peña no se acabe de perder ante el miserable y vergonzante
respaldo ciudadano que registra (12%); para que los mexicanos ya no se
enfurezcan; para que los periodistas, analistas y académicos críticos dejen de
molestar, Peña y Trump “acordaron” no hablar públicamente de la construcción
del muro. Es decir, sólo será tema privado, a espalda de todos
A la incapacidad del
gobierno mexicano, sumemos la censura. ¡Pero que no nos extrañe! Si es la especialidad de la casa
mexiquense: censurar. Rechazar críticas. Castigar a sus críticos. Rasurar
temas. ¿Qué a los mexicanos les molesta lo del muro? Sencillo: dejemos de
hablar del muro.
Es una vergüenza cómo
el gobierno peñista ha fracasado frente al mequetrefe de Trump. De hecho, ni
siquiera lo ha enfrentado. Tampoco lo han sabido ni podido encarar. Paralizados por el miedo al bravucón
naranja, Peña, Videgaray y compañía, desaprovecharon momentos claves, de oro,
ante la embestida de Trump.
¿Cuáles fueron esos momentos claves para que Peña Nieto y su
gobierno fueran derrotados y sometidos por Trump?
Revisemos:
Primero, cuando el candidato republicano visitó a México.
Esa fue la primera oportunidad desaprovechada. Y ocurrió justo cuando Peña
tenía enfrente a Trump, con todos los reflectores a su lado. Peña debió exigir
entonces, frente a frente, una disculpa pública a Trump para los mexicanos,
ante todo el mundo. Arrinconarlo. Presionarlo, y enviarle el mensaje de “no te
tenemos miedo”. Hacerle caso a Enrique Krauze, que acertadamente recomendó: “A
los dictadores no se les apacigua, se les enfrenta”. Pero como Peña Nieto no es
un estadista que lea, que consulte a intelectuales, que se abra a pensamientos
universales y solamente escuche a Luis Videgaray y se limite a su aldeana
formación de priista mexiquense, pues no supo cómo actuar ante Trump. Y perdió.
En su cobardía, Peña Nieto se mostró débil ante el republicano quien, astuto,
se lo almorzó. Y ahora, a enfrentar las consecuencias de la pequeñez del
Presidente de México.
Segundo, al momento en el que Donald Trump intervino
abiertamente para obligar a la empresa automotriz Ford a cancelar sus
inversiones en San Luis Potosí. Justo era en esa coyuntura para que Peña Nieto
pasara a la acción, recurriendo a instancias internacionales e interpusiera una
controversia comercial ante la Organización Mundial de Comercio (OMC), tocando
las puertas de la ONU e involucrando a organismos mundiales, ante la abierta
agresión comercial que ya estaba dañando a México. Pero Peña y su gobierno se
cruzaron de brazos, sometiéndose ante el Imperio, ante la sonrisa burlona de
Trump que gozaba al ver la cobardía vergonzante de su pusilánime vecino.
Tercero, cuando Trump tomó posesión como Presidente de EU.
Ese fue otro momento crucial en el cual, tras la crucifixión que Trump hizo de
México en su mensaje estelar, Peña debió haber salido y encararlo en cadena
nacional. Por supuesto nadie está hablando de declararle la guerra a EU. No.
Eso sería suicida. Pero sí lanzarle una frase parecida a: “¡Puedes construir tu
muro en tu territorio, pero con los mexicanos no cuentes! Lanzarle una arenga
en la que quedara más que claro que México no le tiene miedo a Trump. ¡Algo
digno, carajo! Pero no. Tanto es el postramiento de Peña con Trump, que ya
metió a “discusión integral” el tema del muro agraviante. ¡Vaya humillación!
Cuarto, al momento en el que Peña Nieto nombró secretario de
Relaciones Exteriores a su amigo, confidente y cómplice, Luis Videgaray. Envió
al funcionario que descarriló a la economía nacional, a descarrilar a la
diplomacia, en un proceso de aprendizaje ignominioso. Craso error. En lugar de
Videgaray, Peña debió designar a otro diplomático de peso, experiencia y
trayectoria, en lugar de la vapuleada salinista Claudia Ruiz Massieu Salinas.
Elegir a un internacionalista que hiciera contrapeso verdadero a Trump y a la
maquinaria yanqui. Pero no. Se volvió a caer en el aldeanismo político. El
mundo cabe en Toluca. Es tanto el pavor que tiene ya el Presidente mexicano a
la acción de gobernar que, paralizado, solamente alcanzó a designar al
“Vice-Garay” como Canciller, ante el
rechazo nacional, pero con el beneplácito de Trump. Hoy enfrentamos las
consecuencias de la debilidad peñista: rendidos ante el avasallamiento del
mandatario estadounidense.
Hoy, Peña Nieto y su
primer equipo – cada vez es más reducido porque cada vez el Presidente escucha
menos-, quieren sacar raja política de sus propias debilidades, arengando a los mexicanos a unirse en torno
a una “unidad” de arena, ficticia, que solamente le servirá a Peña como tablita
de salvación para intentar aferrarse a una presidencia que ya se le deshace
entre las manos.
La verdadera unidad
nacional no debe manifestarse en torno al Presidente cobarde e ineficaz, ni
subiendo la bandera nacional como avatar en TW o FB. Eso es patrioterismo
ramplón, mientras seamos incapaces de salir a protestar por nuestro mal
gobierno. Por la corrupción del Presidente. De sus amigos. De sus compañeros de
partido. Por la impunidad que nos atropella. Por la complicidad que nos
agravia.
La unidad nacional
radica en fulminar, primero, a la clase política gobernante que ya claudicó y
que está más preocupada en cubrirse la espalda cuando deje Los Pinos, que en
medio enderezar a un país que naufraga sin liderazgo ni esperanza.
Lo demás, es patrioterismo ramplón.
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