Salvador Camarena.
El domingo fui invitado a ser jurado en un Hackathon
realizado por la organización Ethos (http://www.hackathonethos.org/).
Fue emocionante
atestiguar cómo decenas de jóvenes dedicaron su fin de semana a desarrollar un
prototipo de aplicación electrónica para combatir actos de corrupción.
El proyecto ganador –que calificará positiva y negativamente
a los agentes del Ministerio Público– tendrá 300 mil pesos para desarrollar su
aplicación.
De verdad fue un
ejercicio alentador, agradecible. Salvo –ya sabían que iba a poner un pero, y
es un gran pero– por una constante: los proyectos partían de la lógica de que
los corruptos son los policías, o los funcionarios, o los gobernantes. En una
palabra, los corruptos son los otros.
En esa visión no hay
una línea que conecte en el acto corrupto a todos los que participan en él, a
los cómplices que no son el policía de tránsito sino el conductor que, o bien
cede a la extorsión o bien propone la mordida para burlar la sanción; al
empresario que busca ganar a la mala el contrato; al ciudadano que corrompe al
funcionario.
El jurado destacó tan errada idea. Por supuesto que en
ningún momento se culpó a los chavos de esa limitante, y nos quedaba claro que
ellos repiten un patrón que es necesario combatir: México es corrupto, pero yo no.
Porque cuando se
habla de corrupción en nuestro país nadie se da por aludido. Nadie. Van dos
ejemplos.
1) Cierto que estamos
ante el descomunal embate del troglodita del norte, pero la semana pasada hubo
una noticia de suma gravedad. México bajó en un año 28 lugares en el índice de
Transparencia Internacional (TI).
En el mapa que Transparencia Internacional hace a partir de
consultar a diversas organizaciones globales, México sale con apenas 30 puntos de 100 (en 2015 tuvimos 35), y por tan
bajo nivel le corresponde un color rojo.
En el reporte de TI relativo a las Américas, se destaca que a pesar de las reformas y de
algunos compromisos empresariales para combatir la corrupción, México es el
país con “la mayor caída” en el continente. (http://bit.ly/2kAixln)
2) Ayer en el diario El País Gustavo Gorriti publicó el
artículo Lava Jato en español (http://bit.ly/2jSVtOK). Comienza así: “El caso
Lava Jato ya ha cruzado las fronteras, pero sin alcanzar todavía la fuerza
huracanada con la que está cambiando la historia de Brasil. Por ahora su presencia es la avanzada de lo
que podrá venir; y las acciones y reacciones en los distintos países en este
punto expresan el estilo con el que los protagonistas de la corrupción
sistémica de esas naciones maniobran para capear y sobrevivir la tormenta, si
se desata; o para desactivarla, si se puede”.
Gorriti destaca que tras saberse algunos detalles de la
maquinaria de corrupción de Odebrecht, que alcanzó a doce países, han ocurrido
acciones judiciales en Panamá, Perú, y en menor grado Argentina y Venezuela.
¿Qué menciona Gorriti
de México? Nada. Cero. Quizá porque
lo merecemos, porque a pesar de que desde diciembre se informó en Estados
Unidos que hubo millonarios sobornos de Odebrecht en México por 10.5 millones
de dólares, el tema no ha pasado de algunas columnas
(http://bit.ly/2jwEwsQ), pocas notas y
tímidas declaraciones gubernamentales.
En pocas palabras,
somos igual que nuestros jóvenes. O peor: ellos son iguales a nosotros, a
la clase política y a la sociedad que no han hecho un escándalo de la caída de
28 lugares en el índice de TI, y menos de la revelación de los sobornos de
Odebrecht. Porque para nosotros la corrupción, esa peste, son los otros.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.