Salvador Camarena.
La columna toma prestadas estampas de la Tarahumara en tres
tiempos. Un ayer lejano, un ayer inmediato, un hoy. En los tres tiempos hay,
sin embargo, una constante: la tragedia de un pueblo inocente, como llamara
Fernando Benítez a los rarámuris en su libro Los indios de México.
El ayer lejano. Hace 50 años la editorial Era publicó Viaje
a la Tarahumara, texto de Benítez. Así denunciaba la situación de los indios de
esa sierra: “Ya se les arrebataron casi todos sus bosques y sus tierras. Los
indios que ayer cultivaban parcelas en los angostos valles han tenido que
abandonarlas y emprender la fuga. ¿A dónde? A las cuevas, a las laderas de los
montes, a los cañones solitarios. Esto ocurre diariamente. Ahora mismo,
mientras escribo, las cercas que señalan los linderos avanzan misteriosamente
durante la noche y pequeños grupos de tarahumaras se ponen en marcha hacia los
parajes deshabitados”.
Y así se les engañaba (diálogo):
“–Niño, ven aquí. Dime, ¿qué te dio Robledo por cuidarle sus
cabras siete meses?
–Una estampa de la Virgen. Una estampa milagrosa”.
“Diálogo entre un
jesuita y un indio que compró el fuego. El indio toca suavemente con la punta
de los dedos la espalda del padre Trampas.
“–Trampas –le dice–, ven conmigo. Deseo enseñarte algo que
he comprado.
“–Tú dirás –dice Trampas.
“El indio saca un pañuelo de la faja, lo desenvuelve
cuidadosamente y muestra una lupa.
“–Ah, es una lupa.
“–Así le llamarás tú. Yo la llamo el Dios del Fuego. Mira
cómo prende este montón de hojas secas. ¿No te parece maravilloso? –añade–. Soy
el dueño del fuego.
“– ¿Cuánto diste por ella? –pregunta el padre.
“–Dos bueyes”.
El ayer inmediato. El
año pasado, Dromómanos, en colaboración con el CIDE y Vice News, publicó el
reportaje 'Así expulsa el crimen organizado a los rarámuris de sus territorios'
(http://bit.ly/1TcPjZr). Van dos párrafos: “Desde que Sánchez huyó, El Manzano
se fue despoblando. En marzo pasado un grupo de sicarios allanó otra vez el
pueblo para despojar de sus tierras a los pocos que permanecían allí a pesar
del miedo. La última familia se escondió tres días entre los pinos de las
barrancas con los animales salvajes. Desde la distancia vieron desaparecer su
comunidad. Les robaron el ganado, después la ropa, la comida, les quemaron su
rancho. A éstos sólo les quedaban tres opciones: cultivar amapola, morir o
escapar. Con su huida no quedó ya nadie a quién amenazar”. “‘Lo que se está viviendo en la sierra es
una invasión y un desplazamiento masivo. Es un quítate tú para ponerme yo, y si
no te quitas, te mato. Hay una convivencia de todos con todos (crimen y
autoridades) y lo que menos importa es el ciudadano’, dice Alma Chacón (…)
defensora de los derechos humanos”.
El hoy: 2017. En lo
que va del año, sí, en menos de seis semanas, en la Tarahumara han matado a dos
líderes comunitarios. A Isidro Baldenegro, premiado internacionalmente por su
defensa de los bosques, y quien tenía diez años sin volver a su pueblo
(http://bit.ly/2jLJZz9); y a Juan Ontiveros (http://bit.ly/2llRDht). Ambos de
Guadalupe y Calvo. Antes que ellos, otros once líderes indígenas de la
Tarahumara habían muerto asesinados en los últimos 30 años
(http://bit.ly/2lnTMd4). Y con todos pensando en Trump, y con políticos
sólo interesados en elecciones, la
tragedia rarámuri seguirá. Ayer fueron latifundistas y comerciantes voraces,
hoy es el crimen organizado. Así desaparecerá un pueblo inocente. Frente a
nuestros ojos.
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