Martín Moreno.
Una declaración
aislada del dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, el 6 de marzo pasado
en algunos programas de radio, asomó la nariz de una estrategia que, a todas
luces, se antoja tan canalla como perversa: matar físicamente a Andrés Manuel
López Obrador, bajo advertencias escandalosas sobre su “estado de salud” que, a
decir de una andanada enderezada desde el PRI, lanzan, de manera velada pero
indiscutible, un mensaje: AMLO no vivirá para ser Presidente de México.
Sí: ante lo que ya
parece inevitable: que AMLO gane la presidencia en junio de 2018, tras el
hartazgo cuasi generalizado de millones de mexicanos debido al desastre que ha
significado el gobierno de Enrique Peña Nieto – corrupción del Presidente,
de algunos de sus colaboradores y de gobernadores priistas, Casa Blanca, mala
economía, soberbia, Ayotzinapa, ineficacia, más pobreza, etc-, y de cara a la
urgencia de dar un golpe de timón y una sacudida a la manera de gobernar, los priistas comienzan a desempolvar las
tácticas malditas para deshacerse de sus enemigos: matarlos.
El poder priista
mata, como lo ordenó en 1962 cuando el líder opositor Rubén Jaramillo fue
ejecutado en Morelos junto con toda su familia.
El poder priista
mata, como ocurrió con Luis Donaldo Colosio hace 23 años, en Lomas Taurinas,
Tijuana.
El poder priista
mata, como sucedió con José Francisco Ruiz Massieu en septiembre de aquel
nefasto 1994.
Hoy, ese poder priista – con algunos nombres y hombres
sobrevivientes del salinismo y otros agregados del peñismo-, amenaza con otra
canallada: matar, desde ahora, a Andrés Manuel López Obrador, cuestionando su
salud y, por tanto, sus posibilidades de llegar a Los Pinos en 2018.
Otra canallada priista.
“(López Obrador) ha
subido de peso, se le nota cansado y pálido, ya no llega al final de las
jornadas de trabajo. Hay que estar muy atentos a su salud…”, dijo Ochoa Reza en
una entrevista radiofónica.
“Se le nota cansado, rápidamente se pone de mal humor, se ve
disminuido…hay que estar con mucha atención sobre su estado de salud”, repitió
el dirigente priista en otra entrevista. Con
diversas palabras, el mismo sentido de perversidad: que no nos extrañe si se
muere antes del 2018.
Lo dicho por Ochoa
Reza respecto a AMLO, es grave por tres motivos fundamentales:
Primero, porque deja entrever que la salud de López Obrador
no le permitirá contender, al cien por ciento, como candidato presidencial. Pero la perversidad radica, precisamente,
en eso: que son solo palabras huecas, versiones infundadas salidas de la boca
del líder del partido más corrupto, desprestigiado y cuestionado en el país: el
PRI. ¿O acaso en el PRI tienen ya un examen médico de AMLO para asegurar que es
frágil de salud? Son palabras al aire que, a pesar de su ilegitimidad, hacen
ruido insano en torno a la próxima presidencial.
Segundo, porque el
mensaje oculto en las advertencias de Ochoa Reza, es también nítido: AMLO no
debe ser Presidente de México. El
ánimo canalla en sus declaraciones – sin ningún sustento-, está implícito y
carece de cualquier valor ético o moral: si no podemos por las buenas,
pues será por las malas. ¿Cómo? Matando al adversario con anticipación. Como a
Jaramillo. Como a Colosio. Como a Ruiz Massieu.
Tercero, porque, desde ahora, se intenta contaminar el proceso electoral del 2018 que definirá, nada
menos, que al próximo Presidente de México. ¿Cómo? Ensuciándolo al tachar de
“enfermo” – sin pruebas sólidas-, al puntero en las encuestas, al principal y
más importante líder opositor de los últimos 16 años, y a quien tiene más
posibilidades de ser el sucesor de Peña Nieto.
Desvirtuar las
elecciones presidenciales desde ya, inyectando una alta dosis de perversidad y
maldad. La verborrea de Ochoa Reza lastima no sólo a AMLO, sino también, a
quienes aún creen en que la vía para un cambio democrático está en las urnas.
El mensaje de Ochoa es: no voten por un candidato enfermo.
Bien haría Ochoa Reza
en solicitar, primero que nada, un examen médico público, imparcial y
confiable, para Peña Nieto, ya que son populares y conocidas las imágenes del
mexiquense visiblemente demacrado, con los ojos hundidos, el cuello en un
pellejo colgante, la palidez frecuente y la percepción de que está enfermo.
Bien haría Ochoa Reza
en insistir en la captura de los Duarte (Javier y César), de los Borge y
compañía, que saquearon las arcas públicas, en lugar de soltar rumores tan
irresponsables como canallescos.
Bien haría Ochoa Reza
en intentar, aunque le cueste trabajo, ser un político con ética democrática,
en lugar de seguir apareciendo como un bravucón de barrio que esparce rumores.
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