Adrián López
Ortiz.
Desde
finales de 2016, analistas y organizaciones expertas en materia de seguridad
levantaron la alerta: el país había detenido los homicidios a la baja y,
todavía más grave, la tendencia creciente empezaba a mostrar una velocidad
preocupante.
Ahora el nuevo Índice de Paz México
2017 (IPM), elaborado por el Instituto para la Paz y la Economía, lo confirma:
la paz de México se deteriora por primera vez en cinco años en un 4.3 por
ciento. Es decir, 2017 ha sido el año más violento en la gestión del Presidente
Peña Nieto.
El incremento de 18 por ciento en los
homicidios durante 2016 explica por qué México ocupa uno de los últimos lugares
en el Índice de Paz Global. 61 por ciento de ellos se cometieron con arma de fuego, lo que de alguna
manera implica la mano del crimen organizado.
Pero no solo
eso, la violencia le costó a México la
exorbitante suma de 3 billones de pesos y 17.6 por ciento del PIB. Algo así
como 25 mil pesos por cada mexicano.
Los estados
más pacíficos fueron Yucatán, Nayarit y Tlaxcala; los más violentos: Guerrero,
Colima y Sinaloa.
Si bien la seguridad ha sido uno de
los grandes retos del país, el IPM debe servirnos para redimensionar el tamaño
y la complejidad del problema al que nos enfrentamos, una amalgama de
violencia, inseguridad, violación de derechos humanos e impunidad.
Herramientas como el IPM deben ser
útiles no solo para reflexiones de analistas y periodistas, sino también para
los tomadores de decisiones de los distintos niveles de gobierno en materia de
seguridad, procuración de justicia, educación y política social.
Si el problema es complejo, crónico y
hasta cultural, entonces habrá que abordarlo con perspectivas
transdisciplinarias y no con el “sentido común” que nuestros gobernantes presumen.
Lo primero para recetar la medicina correcta es conocer lo mejor posible la
enfermedad.
Todavía más si la enfermedad permeó
en la política gracias a la corrupción. Para ejemplo, el Fiscal de Nayarit
venido a narco.
Por eso,
entre los enormes retos en política económica, educación y relaciones
exteriores que enfrenta México, habría que incluir la pacificación de México
como prioridad. No podemos pensar en
atraer talento e inversiones si no generamos condiciones mínimas de paz.
Habrá que repetirlo mucho: la paz no
es un fin en sí mismo, sino una condición básica para el desarrollo y el
bienestar. No hay progreso donde predomina la violencia o el miedo.
Sobre lo
anterior, rescato un hallazgo que me
parece fundamental del IPM: durante 2016, 19 estados del país mostraron tasas
de homicidio más altas que en 2011, el que fuera hasta ahora el año más
violento desde que el índice se elabora. Es decir, en 2011 los homicidios se
encontraban más concentrados en los estados de pugna entre los carteles y donde
el Presidente Calderón decidió declarar la guerra contra las drogas. Este nuevo
hallazgo explica una dinámica diferente: la violencia se propaga.
Parte de esa “metástasis” puede
explicarse en los niveles de impunidad por arriba del 90 por ciento en
homicidios dolosos. Otra parte en la intención de los carteles por apropiarse
del narcomenudeo y el control de “la plaza”. Tal vez haya que explorar también
en la pulverización de los carteles en células más violentas y pequeñas.
El resultado es que regiones
históricamente pacíficas han empezado a “contagiarse” de violencia, unas más
rápido y otras a cuenta gotas; mientras que las históricamente violentas como
Sinaloa o Tamaulipas siguen prácticamente igual.
Cada vez que hablo del tema con
alguien, el sistema luce tan podrido y el panorama resulta tan desolador, que
la conversación termina siempre en la misma pregunta: ¿tenemos remedio?
Yo creo que
sí, pero el camino para la pacificación será lento, tortuoso y conflictivo.
Implica, como dice el experto Michael
Reed, desnudar verdades pero también mentiras.
Es hora de que en México empecemos a
construir “otra verdad” en torno a las atrocidades del crimen organizado, el
narcotráfico y la narco-política. Es hora de pensar más a través de conceptos como policía,
regulación, paz, reconciliación, verdad, justicia y memoria; que de conceptos
como ejército, prohibición, seguridad, retaliación, secrecía, impunidad y
olvido.
Después de
todo, una bomba se desactiva cortando un cable a la vez.
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