Jorge Suárez-Vélez.
Las instituciones
no nacen, se hacen; de arriba para abajo, pero particularmente de abajo para
arriba. Parafraseando a Kennedy, no preguntes qué han hecho las instituciones
por ti, pregúntate qué has hecho tú por las instituciones. México nunca tendrá solidez institucional si no la exigimos.
El tránsito
de ser un país de ingreso medio a uno desarrollado, pasa por construir más y
mejores instituciones. Tenemos algunas. Banco de México es una meritocracia
admirable, desde la época de don Miguel Mancera (quien merecería mucho más
reconocimiento por su contribución). La calificación crediticia de México, el
abaratamiento y pesificación de la deuda pública, y el alargamiento de los
plazos de crédito serían impensables si no contáramos con un Banco Central
creíble e internacionalmente respetado.
Inegi es
otra institución sólida. Se ha beneficiado de una sucesión de técnicos
competentes, no políticos, que le dan credibilidad a las estadísticas que
genera, a los números que permiten que propios y extraños sepan cómo evoluciona
la economía del país. En Venezuela o Argentina el Poder Ejecutivo politizó y
sesgó tanto la generación de estadísticas que simplemente dejaron de ser
confiables.
Inversionistas y observadores
simplemente los empezaron a tratar como destinos marginales para la inversión.
Un país incapaz de emitir cifras creíbles, no la merece.
Hay otras.
La Cofece se ha ido volviendo una institución creíble, a pesar de no contar con
el apoyo gubernamental y privado que requeriría. También hemos logrado montar
un sistema electoral con muchos defectos, pero capaz de armar procesos
electorales que reflejen la voluntad del votante.
Sin embargo,
hay alarmante debilidad institucional en
sitios delicados. Nuestro sistema judicial es una vergüenza. Desde los
ministerios públicos hasta las cortes solapamos procesos que más que basarse en
normas y leyes, son una subasta al mejor postor. ¿Cuánto le habrá costado a los
papás de los infames Porky’s el dictamen del juez Anuar González Hemadi en
Veracruz? Ostensiblemente, lo suficiente como para que aguante la vergüenza de
que conozcamos la grotesca justificación de su fallo.
El Poder
Ejecutivo ha hecho demasiado poco, el
imperio de la ley brilla por su ausencia. El Legislativo tampoco hace algo.
¿Cómo exigirle a legisladores de todos los partidos que se han beneficiado por
un 'moche' tras otro que maten a la gallina de los huevos de oro? La corrupción
en México no es cultural, pero sí quizá estructural. ¿Qué pretexto tenemos en
la sociedad civil para no exigir más?
Quienes tienen el poder para forzar
el cambio prefieren un statu quo que les acomoda. ¿Para qué emparejar el
terreno si en este juego no tienen cómo perder?
Quienes tenemos alguna voz pública,
exijamos. Basta de que la administración de Peña juegue con fuego, golpeando a
las pocas instituciones fuertes que tanto trabajo ha costado forjar. Sería
imperdonable dejar al país indefenso ante populistas. A diferencia de lo que éstos
harían, por convicción o ignorancia, el
equipo del presidente sabe lo que está haciendo cuando decide pisotear la ley
al nombrar para dirigir al Inegi a quien simplemente no cuenta con lo que ésta
establece. No dudo de la capacidad de Paloma Merodio, pero es una arbitrariedad irresponsable
imponerla.
Ahora, el
que Agustín Carstens haya pospuesto su salida hasta después de noviembre se
vuelve sospechoso. ¿Querrán que ese lugar lo ocupe alguien de fuera de Banco de
México una vez que el funcionario seleccionado deje de estar en la contienda
por la candidatura del PRI a la presidencia? Tener a un nombramiento político en Banco de México pondría en duda la
autonomía del Banco Central (sobre todo en un año electoral),
independientemente del currículum del nombrado.
Esta administración ha tolerado
déficits demasiado altos, se ha endeudado para incrementar su gasto corriente,
ha consentido niveles de corrupción inmorales, y al hacerlo ha debilitado al
Estado de derecho a límites quizás irreversibles. La flagrante intromisión del
gabinete entero en la elección en el Estado de México deja pésimo sabor de
boca. Si, además, devasta a dos instituciones imprescindibles, no habrá quien
absuelva al presidente Peña de un legado tan negativo, que ni con reformas
estructurales históricamente relevantes podrá compensar.
Si éste no
es un momento para exigir, no sé cuándo sería.
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