Fernando García Ramírez.
Le escribo
sin conocer los resultados ni las vicisitudes que se hayan presentado en las
elecciones de Nayarit, Coahuila, Veracruz y el Estado de México. Le escribo con la certeza de que, por lo
menos en lo que toca a esta última entidad, ésta ha sido la contienda más sucia
de su historia y uno de los responsables de que así haya ocurrido es usted, por
su actitud negligente.
Usted declinó la solicitud del PAN y
Morena de atraer estas elecciones, dada la parcialidad del Instituto Electoral
del Estado de México. Como árbitro nacional lo hizo usted muy mal. Dejó pasar todas las irregularidades
que puede uno imaginarse. “Las condiciones están dadas –afirmó– para que las
elecciones del domingo sean limpias.”
Compra de votos, retención de
credenciales, regalos masivos y clientelares a los posibles votantes, gastos de
campaña a todas luces exorbitantes, visitas recurrentes de secretarios de
Estado para hacer proselitismo, actividad descarada de funcionarios estatales a
favor del candidato priista, spots abusivos, presencia de dinero negro,
campañas que arrancaron con un año de antelación, amagos de violencia…
Hace mucho tiempo que no escuchaba
hablar de una “elección de Estado”. Durante toda mi juventud y temprana madurez la palabra que
más escuché en tiempos electorales fue “fraude”, que creí desterrada para
siempre.
El fraude era lo común en cada
elección. Robo de urnas, operación carrusel, operación tamal, alteración del
padrón, urnas “embarazadas”, operación ratón loco, muertos que votaban,
desorden en las casillas, en fin, todo el repertorio que durante décadas el PRI
puso en práctica en tiempos electorales.
Lo “normal” era que después de cada
elección se encontraran en basureros y en los lechos de los ríos costales de
votos, medio quemados, rotos, sustraídos de las casillas y sustituidos por
boletas cruzadas a favor del tricolor. Lo “normal” eran las alcaldías tomadas,
las marchas a la Ciudad de México (como la de Salvador Nava), las huelgas de
hambre (como la de Manuel J. Clouthier del 15 al 22 de diciembre de 1988), las
movilizaciones y acciones de resistencia civil, los muertos. Lo “normal”, más
adelante, fue la alteración cibernética de resultados (como en 1988, según
refiere Jorge Castañeda en las páginas finales de La herencia), las mañosas
redistritaciones, la compra de votos, las coacciones laborales, las solicitud a
los votantes para que se fotografiaran en las casilla con la boleta cruzada a
favor del que compró el voto, los rumores de violencia para inhibir la
afluencia a las casillas, y un larguísimo etcétera.
Lo “normal”
era el fraude, que lentamente comenzó a desaparecer del escenario político en
México, primero con la fundación y ciudadanización del IFE, luego con la
alternancia, y más tarde con la sucesiva realización de elecciones pacíficas,
concurridas, donde lo sorprendente era que la gente votara y se respetara su
voto. Muchos creímos que los tiempos del
fraude y la “elección de Estado” habían desaparecido. A usted, doctor Córdova,
le corresponde el muy dudoso honor de haber presenciado, indiferente, el
resurgimiento de “la normalidad fraudulenta”. Gracias a su pasividad y arrogancia han reaparecido fantasmas que
muchos creímos sepultados.
La
democracia es una construcción muy frágil. Requiere en primer lugar de
instituciones sólidas, leyes electorales claras y equitativas, partidos fuertes
y competitivos, pero también de una cultura cívica fomentada en las escuelas
desde edad temprana. La democracia requiere, sobre todo, ciudadanos que crean
en ella, que la ejerzan, que la defiendan. Usted
doctor –por su pasividad y tibieza– no parece encarnar esas virtudes. Está muy
lejos del talante democrático de Salvador Nava, Manuel Clouthier,
Cuauhtémoc Cárdenas y de tantos otros que pusieron en riesgo su vida para
defender lo que usted ahora descuida y dilapida.
Nuestra
democracia no pasa por su mejor momento. Cada
vez es mayor el porcentaje de mexicanos que descreen del sistema democrático. Y
aumentará si los medios reportan que hubo fraude en estas elecciones,
violencia, caos postelectoral, solicitudes de anulación de la elección, y un
árbitro que parece estar viendo esta descomposición como si estuviera detrás de
la barrera.
Tiene usted, doctor Córdova, una gran
oportunidad. Puede ser el sepulturero de nuestra joven democracia o un árbitro
activo, valiente, justo, que arriesgue su alicaído prestigio y meta a los
partidos en cintura; que llame a los ciudadanos a defender lo ganado, que convoque a los mexicanos de
bien a recuperar la confianza perdida gracias a sus acciones de árbitro
comprometido. Sea usted digno heredero
de su padre. Luche por desterrar para siempre la palabra “fraude” de nuestras
elecciones. O aténgase al desprecio de la historia.
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