Sanjuana
Martínez.
Mañana cumple 75 años el cardenal
Norberto Rivera. Y por protocolo deberá presentar su renuncia ante el Papa
Francisco, según el derecho canónico. Todo indica, que será aceptada, pero si
no, la Santa Sede confirmaría su complicidad en la protección de quienes han
encubierto a los sacerdotes pederastas.
La historia de complicidad del
cardenal Rivera con los abusos sexuales del clero es larga y contundente.
Empezaremos por hacer un recuento de
sus exabruptos y su desprecio hacia las víctimas.
En noviembre de 2006, la exigencia
era muy clara: retirar mi libro Manto púrpura: pederastia clerical en tiempos
del cardenal Norberto Rivera editado por Random House Mondadori.
El enviado
del cardenal, Hugo Valdemar lo dijo y lo
recupero para la memoria histórica: “Que la editorial sea sensible a este
reclamo y retire ese libro que está propagando una calumnia que ya ha caído por
su propio peso, y que Sanjuana Martínez le pida perdón a la opinión pública que
ha engañado con todas sus mentiras y patrañas”.
El libro en cuestión
fue editado hace once años y
efectivamente causó una violenta reacción de la Arquidiócesis de México.
Primero, porque contaba la verdad de las víctimas de abusos sexuales de
sacerdotes y segundo, porque exhibía la complicidad, el encubrimiento y la
protección que el cardenal Rivera, ofrecía a los sacerdotes pederastas.
No fue fácil. La primera edición se
agotó y la segunda terminó en un almacén. Manto púrpura…, es el segundo texto
de mi trilogía sobre la Iglesia y sus crímenes. Los tres fueron editados por el
escritor y periodista, mi querido Braulio Peralta y tuvieron azarosos destinos. El primero La cara oculta del
Vaticano (Random House Mondadori 2005) contiene mis investigaciones desde el
Vaticano cuando fui corresponsal y lo regalamos hace unos meses, en la Brigada
para Leer en Libertad que dirige la extraordinaria promotora cultural Paloma
Sáiz Tejero, quien tuvo a bien rescatarlo. Y el tercero Prueba de Fe: la red de
cardenales y obispos en la pederastia clerical (Planeta 2007) finalmente se
agotó rápidamente con una corta edición.
La desfachatez del cardenal llegó a
su máximo esplendor cuando fue interrogado por las autoridades de la Corte
Superior de California donde fue denunciado por “conspiración a la pederastia”
y dijo textualmente que se enteró de los crímenes del cura pederasta Nicolás
Aguilar por mi libro Manto púrpura.
Los tres
libros, significan un ejercicio de la memoria. No podíamos dejar de consignar
lo que estaba sucediendo en la jerarquía católica mexicana. Era necesario contar
las historias de las víctimas que iban buscando un espacio en medios de
comunicación que censuraban la información.
El manto púrpura del cardenal
Norberto Rivera cubría la verdad y el cerco de silencio irremediablemente se
extendía, gracias a su poder con la clase política y con el gobierno, mientras,
las víctimas iban cayendo en un hoyo negro de oscuridad e impunidad.
Algunos periodistas, perdimos
nuestros trabajos por defender la libertad de publicar y denunciar lo que
estaba pasando. El cardenal se encargaba de denostarnos, de azuzar el
fundamentalismo católico y de desacreditar la información. Era el precio que
teníamos que pagar por atrevernos a darle espacio a las víctimas.
Las historias se acumulaban y los
espacios se reducían a consecuencia de la férrea censura. No existía aún el
poder de las redes sociales. Fue entonces cuando Braulio me dijo: “Publícalo en libro”.
Me resistí un par de meses, pero finalmente me convenció.
Desde entonces, los casos de
pederastia clerical me han perseguido. El tema me cayó como un jarro de agua
fría y las víctimas me eligieron, confiaron en mi para contar sus historias. Me
comprometí no solo a difundir sus denuncias, sino a acompañarlos en su camino
hacia la justicia. Con inmenso respeto y admiración, los he visto llorar,
sufrir, pero también gritar de alegría con cada pequeño logro, con cada granito
de arena que ha ido cambiando la historia de este país.
Ellos, las
víctimas mexicanas, ellos tienen nombre y apellido. Su rostro de gran dignidad
es también el rostro que exhibe la podredumbre de la Iglesia católica. Ellos,
José Barba, Juan José Vaca, Arturo Jurado, Manuel Fernández Amenábar
(fallecido), Joaquín Aguilar, Eric Barragán, Jesús Romero Colín, Patricio
Bonilla, Sergio Sánchez Merino, Joaquín Rodríguez González, Felipe Valladares,
Efrén y Guadalupe Alva Cortez, Gunnar Mebius, Humberto Abaroa, Lenin Moisés
López Jiménez, Ignacio Martínez, Javier Calzada Tamez… y cientos más, merecen
todo nuestro reconocimiento. Son ellos
los que han ido alzando la voz para evitar que los depredadores sexuales con
sotana sigan dañando a más niños gracias a la protección que les brindan sus
superiores como Norberto Rivera.
El cardenal debe irse. No solo porque
así lo manda la ley de la Iglesia, sino por su infame complicidad en el
deleznable delito del abuso sexual contra menores. Y el Papa Francisco, no solo
debería aceptarle su renuncia, sino también, debería ponerlo a disposición de
las autoridades para que responda ante la ley de los hombres. Hay un estado de
derecho que el señor ha ido burlando continuamente. Hay unas leyes que se las
pasó por el arco del triunfo. Hay unas víctimas que esperan justicia y
reparación.
¿Qué hará el cardenal Rivera cuando
se vaya por la puerta chica? ¿Pedirá perdón a las víctimas que tanto despreció?
¿Colaborará con las autoridades policiacas para dar con el paradero de los
curas pederastas prófugos de la justicia que él ha protegido?
Y lo más importante: ¿qué hará la
Procuraduría General de la República (PGR)? ¿Qué hará la Secretaría de
Gobernación encargada de vigilar los excesos de los ministros de culto? ¿Qué
harán los ministerios públicos, los jueces que llevan los casos de abuso sexual
sin detener a los depredadores con sotana que siguen hoy en día incrementando
el número de cientos de víctimas?
Si la justicia no actúa, si el
cardenal Rivera queda impune, que sea la sociedad quien le reclame su
complicidad, que sean los feligreses quienes le muestren su rechazo, que sean
los católicos decentes quienes le exijan cuentas.
Y rescatemos
la memoria. Cada vez que lo veamos,
recordemos que el cardenal Norberto Rivera, es un pastor del rebaño católico,
devorador de corderos, indolente, soberbio, capaz de incrementar el número de
niños que fueron víctimas de quienes protegió.
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